lunes, 25 de abril de 2011

Catenaccio y lucha de clases. Entrevista a Toni Negri

Una pequeña frivolité, rareza o lo que se quiera. Negri conversa en junio de 2006 con los periodistas de Libération Renaud Dely y Rico Rizzitelli. Fútbol, fordismo y lucha de clases son algunos de los tópicos que van tratándose a lo largo de la entrevista.

Traducción: Diego L. Sanromán.

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¿Cómo puede ser que usted, filósofo marxista, pensador de la radicalidad y del altermundismo, anime al Milán AC de Silvio Berlusconi?


¡Pues es que no puedo salirme de mi pellejo! ¡Soy esclavo de mi pasión! ¡Es como cuando la mujer de uno se pone en plan puta: la amas de todos modos! Antaño, un hombre de derechas y uno de izquierdas estaban unidos bien al Inter, bien al Milán AC. Era paralelo a su compromiso político. Ahora es más confuso. No hay que tomarse muy en serio la organización económica de un club. Yo amo al Milán AC porque se trata del club de mi padre, y del de mis hijos. Participé en la creación de las Brigate rossonere (1), que no tienen nada que ver con las Brigadas Rojas; fue antes, en los años '60. Éramos seguidores de izquierda que nos instalábamos en el fondo sur del estadio. Tengo tres hijos y todos son ‘milanistas’. Mi hija se casó con un interista, lo que supuso un gran problema (sonrisas). Me hizo feliz que se separasen. De todos modos, el fútbol no es más que un juego…

Para Berlusconi, ¿ser propietario del Milán AC es también cosa de juego?

En parte sí. Sin duda, espera utilizar el club para conseguir fuerza en política. Pero es difícil desplazar la simpatía, el apoyo en el deporte hacia la política. Se mantiene una frontera. Berlusconi es un perro rabioso. Sin embargo, siempre ha sido lo bastante prudente para no mezclar demasiado los dos. Sabe que puede volverse contra él si el equipo pierde.

Pero también la política está en el deporte. El estadio del Milán se llama Giuseppe Meazza, el capitán de la Squadra fascista de 1938…

El fascismo jugó mucho con el fútbol, como todo el mundo en aquella época. Eche un vistazo a las fotos del equipo: todos tenían el brazo levantado. Es el deporte nacional y se trataba de una dictadura. El fascismo italiano se corresponde con un momento preciso, la entrada en el fordismo, en la industrialización forzada y generalizada.

Un jugador como Di Canio, del Lazio de Roma, sigue haciendo el saludo fascista hacia las tribunas…

Se trata de racismo, de provocación… ¡como Le Pen! Entendámonos, no quiero defender el ‘fascismo histórico’… Pero el caso es que se adaptó a una determinada situación de desarrollo italiano, a una transición. Igual que el estalinismo se adaptó a ciertas transformaciones de la sociedad rusa. Pero tanto los fascistas como los estalinistas de hoy en día son unos cabrones. El Lazio es un equipo vinculado a la extrema derecha. Gianfranco Fini, antiguo vice-presidente del Consejo, es su protector. Otros equipos, infinitamente más simpáticos, están vinculados a la extrema izquierda: es el caso del Livorno. Si quieren divertirse, vayan a verlos. Son muy originales… Son nostálgicos, de ultraizquierda.

¿También en el fenómeno hooligan se trata de política que invade el deporte?

No es un fenómeno particular del deporte. Los fascistas intentan dar la vuelta a las cosas positivas que hace la gente. Lo hacen con las relaciones sociales creadas por los progresistas, y lo hacen igualmente con el fútbol. Pienso que el fascismo está en la base del hooliganismo. Pero se trata, antes que nada, de un fenómeno asociado a la violencia urbana. Por ejemplo, el drama de Heysel llegó de fuera. Fue como un meteorito que cayó sobre el estadio. Tal vez el fútbol sea un terreno favorable, pero es preciso distinguir entre terreno favorable y causa. La causa es exterior. El fútbol es inocente.

Con ocasión del referendum sobre el tratado constitucional europeo, usted llamó a votar ‘sí’ desde las páginas de Libération (3) porque el tratado, según usted, contribuía a ‘destruir esta mierda del Estado-nación’. ¿Y en el fútbol? ¿Se inclina usted del lado del G14, que pone en cuestión la existencia de las selecciones nacionales?

Cuando hablo del fin del Estado-nación, no hablo del fin de lo local, de las pasiones. El espacio europeo es muy importante para constituir una potencia contra los estadounidenses y el liberalismo. No se ha hecho nada de esto, ¡y ésa es la razón de que estemos en la mierda! Sostengo que tenía razón. Pero soy amigo de Chávez y estoy contra las naciones. Estoy a favor de Europa, ¡pero también de la Squadra Azzura! ¡Viva el fútbol y viva Maradona! (Risas). Aunque si Bruselas nombrase un comisario para formar un equipo europeo, no estoy muy seguro de que estuviese de acuerdo. Incluso si se tratase de Capello…

En Francia, esta separación entre política y fútbol es más delicada…

Yo, por mi parte, acepto la contradicción y la gestión desde el interior.

¿Cómo?

¡Me divierte hacer la revolución! ¡Me divierte ir al fútbol! Cuando uno tiene energía, la pone por todos lados. Nunca he comprendido a la gente que separa estos dos universos. En Italia, había grupos que hacían tales razonamientos. Eran los católicos, gentes con una concepción extremadamente purista. ¿Por qué los intelectuales italianos o ingleses hablan con facilidad de deporte mientras que los franceses se han sentido incómodos durante tanto tiempo? ¡Porque los intelectuales franceses son gente absurda, que vive fuera de la realidad! Son inteligentes y capaces de construir sistemas porque están en lo universal. Nosotros, sin embargo, vivimos en una realidad más concreta, más viva, más biopolítica. El deporte es muy importante para revelar la consistencia material de las relaciones sociales y de las pasiones en niveles que no son elementales, pero sí las primeras configuraciones fenomenológicas de lo real. Buf, disculpe la jerga…

¿Por qué es el fútbol, en su opinión, un deporte universal?

Su gran logro está en que hace que la gente hable entre sí, aunque como deporte sea bastante aburrido. Como el cine, el teatro o la ópera. Por otro lado, tiene el mismo sentimiento melodramático que la ópera. Con un personaje, el entrenador, que desempeña un papel fundamental. De él nació mi amor por el fútbol. Tuve una gran aventura (sic). Se trataba de Nereo Rocco, el inventor del catenaccio a la italiana. A finales de los años '50, entrenó al Trieste, y después al Padua. Aquí, con un equipo medio, inventó una forma de juego defensivo a la italiana, el juego a la italiana más aburrido, el más duro, el más feroz. Más tarde, llevó el mismo juego a Milán. Y Gianni Brera, periodista, durante los años '60, de Il Giorno, un periódico socialista y progresista, lo teorizó, viendo en él un cierto carácter nacional.

Philippe Séguin, gran conocedor del fútbol, decía estar de acuerdo con los cronistas marxistas de Le Miroir du football que explicaban, en los años '70, que el catenaccio era el sistema de juego más reaccionario que existe. ¿Qué tiene que decir al respecto?

¡Jamás permitiría a un reaccionario de derechas como él hablar mal del catenaccio! (Risas). Gianni Brera decía que el catenaccio estaba asociado al carácter de los italianos, un carácter duro, de campesino, del terruño. El catenaccio constituía el equivalente del rugby en el fútbol. Era la lucha de clases: uno es débil y tiene que defenderse. Justo lo contrario de lo que dice Séguin. El catenaccio nació en Venecia, una tierra que la gente, en los años '50, se veía obligada a abandonar para emigrar porque no tenían qué comer; fueron las grandes migraciones de los albañiles o de los vendedores de helados hacia Bélgica, Suiza, la línea del Rin. El catenaccio se corresponde con la naturaleza de esas regiones del norte, de emigrantes fuertes, duros, fieros porque tenían hambre.

¿Era usted fan de la Squadra Azzurra en el tiempo en el que, durante los años 60-70, fue usted profesor de la Universidad de Padua?

Yo era fan del equipo de Italia cuando ganó en 1982. Me encontraba en prisión. Fue el único día en que nos abrazamos con los guardianes. Nos habían autorizado a que hubiese una quincena de detenidos en la misma celda para ver el partido. Y cuando el partido acabó, abrieron la puerta y nos abrazamos. ¡Resultó un poco equívoco! (Risas). El fútbol tiene una lógica muy diferente del resto del mecanismo de la sociedad. Es muy peligroso pensar que pueda ser un elemento de mistificación en las relaciones sociales. En última instancia, la alegría producida por una victoria… Pero, para los tifossi, no se trata de un partido sin más. En Italia, un acontecimiento deportivo desencadenó, en 1948, toda una retórica nacional: la victoria de Bartali en el Tour de Francia. La guerra civil era una amenaza porque Togliatti, el líder del PCI, había resultado herido en un atentado político. El Presidente de la República telefoneó a Bartali para pedirle que ganase. Y esa victoria exaltó el elemento de unificación nacional contra lo que era un elemento de conflicto extremadamente duro en el país tras aquel atentado fascista contra el jefe del Partido Comunista.

¿Una victoria como la de 1982 puede exaltar los sentimientos de la nación contra el extranjero?

No creo, no. Puede haber momentos dramáticos en la historia de un país, de los que ni siquiera se libra el deporte, pero es algo absolutamente excepcional. El fútbol no es muy nacionalista. Si echa usted un vistazo a los clubes italianos, ¿cuántos jugadores nacionales quedan en los equipos? No muchos, ¿verdad? Y mire a los franceses. ¡Están por todos lados, los franceses!

Eso es porque el dinero se ha impuesto a la nación. ¿Qué opina usted de las consecuencias de la sentencia Bosman? En principio, se trata de un ‘derecho sindical’ a favor de un jugador machacado por el sistema…

¡Un retroceso ‘sindical’ que determina la liberación del mercado! Se trata de la desregulación del mercado nacional y, en consecuencia, de la constitución de un mercado mundial… europeo, en realidad. El único modo de equilibrar esta situación capitalista es constituir sociedades populares y de accionariado popular. Es necesario apoyar la posibilidad de alternativas en este terreno a través de los poderes públicos; de lo contrario, está la alternativa revolucionaria. ¡O se destruye el capitalismo o se constituyen sociedades de inversión popular!

Todos los jugadores franceses que se mueven por Italia están desconcertados por la importancia de la táctica durante los entrenamientos…

Se debe a que los italianos son ‘maquiavelianos’ (sic). El maquiavelismo consiste en arreglártelas con lo que tienes entre las manos. Nadie como los franceses para sentirse estupefactos ante esta insistencia en la táctica. Los franceses nunca han sido ‘maquivelianos’; siempre han sido teóricos de la razón de Estado, lo que es diferente. Pero si los italianos pensasen un poco menos, ganarían más a menudo. Sus resultados no son extraordinarios; no son, desde luego, como los brasileños… Y eso que los franceses no han empezado a ganar partidos hasta fechas recientes, mientras que los italianos ya los ganaban desde los años '30 con la mano de Piola (4), ¡algo así como la mano de Maradona!

¿Por qué está la historia deportiva italiana tan llena de rivalidades: el Milán AC contra el Inter, el Roma contra el Lazio, Coppi contra Bartali, Moser contra Saronni, etc.?

La unidad italiana se remonta sólo a 1870. La historia de Italia es una historia de ciudades: Florencia contra Pisa, Venecia contra Milán, Roma contra Nápoles, etc. La lengua italiana no llegó a constituirse hasta los años '30, bajo el fascismo y a través de la radio. Hasta entonces, no se podía meter en un mismo regimiento a la gente del Valle de Aosta y a los sicilianos. ¡Cuando se les pedía avanzar, algunos retrocedían! La historia del país es reciente; la historia de las ciudades, sin embargo, es muy antigua y es una historia de clases.

Su mujer es interista y dice del Inter: ‘Pierden todo el tiempo, y eso es magnífico’… ¿Cómo la mítica derrota de Hungría en 1954 (5)?

¡Cuidado! Se trata de un francesa que ha vivido mucho tiempo en Italia y que, antes que yo, tuvo un compañero que era seguidor del Inter. Se ha creado una especie de nostalgia de los Nerazzurri. El Inter tiene una imagen de equipo extremadamente ‘pensador’, en el que la gente tiene más en consideración el interior que el exterior. Hungría es el gran equipo del fútbol ‘danubiano’: un estilo extremadamente delicado, jugado más a través de las líneas que de las masas. El gran fútbol italiano es una síntesis de dos orígenes: el fútbol ‘danubiano’ y el fútbol argentino. Los danubianos son las líneas; los argentinos, los individuos. Y de ahí procede lo que el periodista Brera llamaba ‘la raza campesina italiana’. Es preciso poner juntos estos tres elementos, y ya tiene usted la síntesis dialéctica perfecta, las masas del fútbol italiano.

¿Va todavía al estadio cuando está en Milán?

No, prácticamente nunca. Cuando me encuentro en París, voy a ver los partidos a casa de un amigo. Somos un grupo de antiguos exiliados, nos reunimos los martes o los miércoles. Entre nosotros hay un cocinero, dueño de un gran restaurante de París. Comemos muy bien y vemos el partido. Hay gente del Milán, otra del Juventus, así que nos peleamos. Recreamos una especie de gran comedia clásica italiana…

No habla usted jamás del fútbol francés…

En 1954-1955 pasé un año en Francia, en la ENS; no imaginaba que el fútbol existiese en Francia en aquella época. Aquí es un producto del colonialismo. ¡Cuidado, no quiero ser lepenista diciendo algo así! No quiero expulsar de Francia a los jugadores de color, pero, en Francia, el fútbol nació de los italianos de la inmigración.

Francia es el único país de Europa occidental en el que prácticamente todas las capas de la inmigración han jugado en la selección nacional. ¡El primer jugador negro inglés no llegó a su selección hasta 1978!

Así que ¡viva la integración a la francesa!

Notas:

(1) Asociación culta de seguidores del Milán AC creada en los años '60 y que existe todavía hoy.
(2) Antiguo ministro del gobierno de Berlusconi. Renovó la extrema derecha a comienzos de los años '90 para transformar al MSI neofascista en la Alianza Nacional ‘postfascista’.
(3) 13 de mayo de 2005.
(4) Autor de 30 goles en 34 partidos con el equipo de Italia, dos de ellos en la final de la Copa del Mundo de 1938 (4-2 contra Hungría), Silvio Piola se hizo famoso con un gol metido con la mano en 1939 contra los ingleses (2-2).
(5) Entre 1950 y 1955, la selección de Hungría no perdió más que 1 partido de 33 jugados: la final de la Copa del Mundo contra Alemania (2-3), a la que había sometido a un severo correctivo en la primera vuelta (8-3).

Publicada originalmente en otubre de 2007. Tomada de http://colaboratorio1.wordpress.com/