domingo, 5 de julio de 2020

"Que la industria del fútbol no descubra que puede prescindir de los espectadores": Bielsa

El entrenador Marcelo Bielsa considera "injusto" dejar de valorar lo que el aficionado representa.


Marcelo Bielsa dijo en una rueda de prensa que desea "que la industria del fútbol no descubra que puede prescindir de los espectadores".

El técnico argentino, actual entrenador del Leeds United en la segunda división del fútbol inglés, se refirió a la reanudación de las ligas europeas sin público en las gradas debido a la pandemia del coronavirus.

"Sinceramente no recuerdo haber pasado por una situación de este tipo de jugar sin público. Sería injusto no valorar lo que el aficionado representa para cada equipo", explicó.

Con la declaratoria de la pandemia, la mayoría de ligas de fútbol profesional suspendieron las competiciones. Algunas de ellas se han reanudado sin la presencia de hinchas en los estadios, como el caso de Inglaterra.

Esta situación excepcional ha sido criticada por agrupaciones de aficionados, que consideran que jugar a puerta cerrada protege los intereses económicos de las transmisiones televisivas, mientras deja de lado a los hinchas y los reduce a telespectadores.

martes, 16 de junio de 2020

Napoli-Juventus: historia de un choque cultural que se transformó en clásico

“Ganarle a la Juve no era sólo un partido -dijo alguna vez Maradona-. Era ganarle al Norte rico y próspero”. La antipatía es anterior al enfrentamiento en la cancha entre Diego y el francés Platini: se remonta nada menos que a 1861, con la unificación del país.


Por Roberto Parrottino
Tiempo Argentino

“¿Tenés dos chicas?”, le pregunta por teléfono Maradona a una mujer. Son las tres y media de la mañana del 7 de enero de 1991. La mujer, integrante de la Camorra, la mafia napolitana al mando del clan Giuliano, le dice que sí, y que espere, que no corte: su hijo lo quiere saludar. “¿Qué pasó en Turín, Diego?”, le pregunta. El día anterior, Napoli había perdido 1-0 ante Juventus. “Una desgracia -le responde-. Son unos hijos de puta”. La comunicación es intervenida por las autoridades locales. “Operación China”. La relación Italia-Maradona se había roto en el Mundial 90. En septiembre es condenado a 14 meses de prisión por tenencia de cocaína. Y luego de un doping positivo abandona la ciudad por la puerta de atrás.

Una rivalidad que antecede a Maradona

El Reino de Piamonte, cuya capital llegó a ser Turín, unificó en 1861 a Italia, hundió tras una guerra de diez años al Reino de las Dos Sicilias, cuya capital era Napoli. Robo de riquezas, desindustrialización, abandono y migración de trabajadores. De ahí que, como escribió el antropólogo francés Christian Bromberger, un triunfo de Napoli ante Juventus se considera “una especie de revancha de un Sur víctima de un Norte desdeñoso”. Juventus, el club de la automotriz FIAT (Fabbrica Italiana Automobili Torino), propiedad de los Agnelli, es presidido hoy por Andrea Agnelli, hijo, sobrino y nieto de presidentes. En 2017, Agnelli fue suspendido un año por entregarles entradas para la reventa a los ultras, vinculados a la 'Ndrangheta, la mafia calabresa. Porque los negocios sucios no son patrimonio del Sur de Italia.

“Ganarle a la Juve no era sólo un partido -dijo alguna vez Maradona-. Era ganarle al abogado Agnelli y al Norte rico y próspero”. El Sur de Italia -el mezzogiorno- había ganado un sólo scudetto antes de la llegada de Maradona: el Cagliari, en 1970. El Napoli con Diego gana dos Serie A (1987 y 1990), la Copa Italia 1987, la Copa UEFA 1989 y la Supercopa de Italia 1990. “Chi non salta juventino è”, cantan los napolitanos, y “velan” a Juventus en cajones bianconeros. Es la respuesta a los cantos racistas en los estadios del Norte. “Sentí qué olor, se escapan hasta los perros/ están llegando los napolitanos/ los colerosos, terremotati/ que con el jabón nunca se lavaron/ Napoli mierda”. En 1981, antes de que pasara de Argentinos a Boca, Juventus buscó a Maradona. El presidente Giampiero Boniperti viajó a Argentina. Ofreció 1.300.000 dólares a cambio de un préstamo por un año. Pero el pase se cayó: la FIAT atravesaba uno de los mayores conflictos sindicales de su historia. La familia Agnelli era también dueña de los diarios Corriere della Sera y La Gazzetta dello Sport. En 1984, ya con Diego en Napoli, le preguntaron a Gianni Agnelli, tío de Andrea, por qué no lo había contratado. “No somos tan ricos para tenerlo -dijo-, ni tan pobres para necesitarlo”. Era la Juventus del francés Michel Platini.

El coronavirus invirtió los papeles históricos entre Norte y Sur. Con epicentro en la región de Lombardía, muchas personas escaparon hacia el Sur. Se cerraron fronteras internas. Tres regiones del Norte (Emilia-Romaña, Piamonte y Lombardía) concentran el 70% de los casos de Covid-19, mientras que las seis regiones del Sur suman menos del 8%.

El duelo hoy

La actual Juventus, con Cristiano Ronaldo como estrella, hegemoniza la Serie A: ganó los últimos ocho scudettos. En el medio inauguró su moderno “Juventus Stadium”. El Napoli conserva el viejo y raído San Paolo. Pero lejos está de otros tiempos en los que llegó a jugar en la tercera división después de una quiebra económica. Rescatado por el productor de cine Aurelio De Laurentiis, Napoli fue cuatro veces subcampeón de Juventus. En 2012 hasta le ganó la final de la Copa Italia. Y en el actual equipo juega el delantero belga Dries Mertens, que en la reanudación del calcio post pandemia se convirtió en el máximo goleador histórico del club (122 goles), superando a Marek Hamšík (121) y a Maradona (115). Juventus tiene como entrenador a Maurizio Sarri, de paso exitoso por Napoli. Y a Gonzalo Higuaín, que “traicionó” a Napoli en 2016, y es hoy imagen de papeles higiénicos que se venden como souvenirs en la ciudad. “El abogado Agnelli -recordó por aquellos días Maradona- me cortejaba como un enamorado, me puso un cheque en blanco sobre la mesa. Pero no podía traicionar el amor de los napolitanos. La relación con Higuaín ha terminado, pero nunca lo hará conmigo”.

De aquellos duelos históricos entre Napoli y Juventus queda “el gol imposible” de Maradona en el San Paolo en 1985, anterior a los títulos. El 3 de noviembre se cumplirán 35 años. Tiro libre indirecto dentro del área. Stefano Tacconi en el arco de Juventus. La barrera adelantada, a casi cinco metros en lugar de los 9,15 reglamentarios. Sin ángulo. “No importa, tocala que yo me arreglo”, le dice Maradona a su compañero Eraldo Pecci. La última victoria de Napoli ante Juventus había sido 12 años atrás. Una caricia de zurda. Gol y triunfo 1-0.



“Juventus-Napoli es un choque cultural entre dos Italias muy lejanas y que entienden la vida y el fútbol completamente diferente -dice Antonio Moschella, periodista napolitano y tifosi de Napoli-. Y aquel momento fue la sublimación del acto de rebeldía del pueblo napolitano, siempre frustrado por su impotencia contra los tiranos del Norte. Si el Napoli mira hoy sin miedo y a los ojos a Juventus, es gracias a aquel gol de Diego”.

Tomado de: https://www.tiempoar.com.ar/nota/napoli-y-juventus-se-disputan-la-copa-italia-los-antecedentes-de-una-rivalidad-historica

sábado, 6 de junio de 2020

Cuentos de fútbol: Atiguibas (Julio Ramón Ribeyro)


En el viejo estadio nacional José Díaz -ahora ampliado y modernizado- viví de niño y luego de muchacho horas inolvidables. Con mi hermano vimos desfilar por la grama pelada de la cancha a los más renombrados clubes del fútbol de Argentina, Brasil y Uruguay. Y también del Perú, hay que decirlo, pues entonces teníamos grandes jugadores y equipos que realizaron hazañas memorables. En las Olimpiadas de Berlín del 36, para poner un ejemplo, estuvimos a punto de campeonar luego de vencer a Austria por 4 a 2. Pero a Hitler no le gustó la cosa: que negros y zambos de un país como el Perú derrotaran a rubios teutones era para él no sólo un traspié deportivo sino un revés ideológico. La FIFA, presionada por el Führer, ordenó que se anulara el partido alegando que la cancha tenía no sé cuántos metros más o menos de largo. Nos retiramos de las Olimpiadas, con lo que salvamos nuestra dignidad, pero perdimos el campeonato.

En esa época, cuando venía un equipo extranjero, había que ir al estadio a las diez de la mañana, si uno quería encontrar sitio en las tribunas populares. El partido de fondo era a las cuatro de la tarde, de modo que para que el público no se aburriera se jugaban antes unos diez o doce partidos preliminares: calichines, infantiles, juveniles, equipos de barrio o clubes de segunda y tercera división. Todo ello bajo un sol de plomo, pues las temporadas internacionales eran en pleno verano. Los espectadores tenían que ponerse viseras o fabricarse gorros con papel periódico. Y la mayoría de ellos llevar su almuerzo en bolsas o paquetes, si no querían desfallecer de hambre a mitad de la tarde. Las tribunas se convertían así no sólo en una galería atestada de hinchas síno en un gran comedor público o picnic distribuido en las graderías. Y en un tráfico de vendedores ambulantes, pues siempre faltaba algo que comer o que beber o que fumar y entonces entraban a tallar los mercachifles que se deslizaban por las gradas ofreciendo empanadas, butifarras, anticuchos, cigarrillos al menudeo y botellas de cerveza y gaseosas. Cuando el partido estaba que ardía, se deslizaban agachados, casi reptando, pues de lo contrario eran blanco de insultos y proyectiles, si no eran simplemente echados a empujones por encima de las cabezas de los espectadores hasta aterrizar al borde de la cancha.

Un detalle para completar el ambiente de las tribunas populares de entonces: la de "segunda", a la que íbamos mi hermano y yo, era de cemento hasta las diez primeras gradas y de madera hasta la parte más alta. No había en ellas baños ni retretes. Después de horas de ver fútbol y de beber, el público quería orinar. No quedaba más remedio que subir hasta la última grada y mear por encima de la baranda sobre el espacio de tierra situado entre las tribunas y las altas paredes que cercaban el estadio. Quien en esos momentos se arriesgara a caminar por ese lugar tenía asegurado su duchazo de orines. Pero lo más frecuente era que los meones no pudieran subir hasta la última grada porque había mucho público o porque ya no se aguantaban y entonces buscaban un orificio en las graderías de madera y adoptando posiciones grotescas metían su pito por allí y se aliviaban entre las risas y bromas de los hinchas. En esa época no iban mujeres al estadio. El fútbol era sólo cosa de machos.

El grito surgió en medio del tenso silencio que reinaba durante el partido entre el popular club nacional Alianza Lima y el visitante argentino de turno, el San Lorenzo de Almagro. Los negros del Alianza acababan de empatar a un gol con sus rivales cuando la voz resonó en lo alto de la tribuna de segunda:

-¡Atiguibas!

Era la primera vez que escuchábamos ese grito. El público lo recibió con risotadas y el partido continuó, cada vez más angustioso pues los argentinos amenazaban sin descanso el arco aliancista. Pero cada cinco o diez minutos volvía a escucharse el grito:

-¡Atiguibas!

Y el ambiente se relajaba.

Pronto los argentinos concretaron su dominio: el corpulento Lángara, centro delantero vasco del San Lorenzo, marcó tres goles seguidos, el último de ellos con un cañonazo desde treinta metros. Ya no había nada que hacer, habíamos perdido. Dejamos las tribunas con el rabo entre las piernas justo cuando un último "¡Atiguibas!" resonaba en el estadio y lograba apenas hacernos sonreír.

A partir de entonces, no hubo match internacional o de campeonato, en el que este grito no se escuchara en el estadio, estuviese el partido aburrido o apasionante, fuésemos ganando o perdiendo, despertando siempre hilaridad en el público. ¿Quién lo lanzaba? Su autor era al parecer inubicuo, alguien que estaba un día en una tribuna y luego en una diferente. Mi hermano y yo, a fuerza de ir al estadio, logramos localizar el origen del grito en la parte alta de la tribuna de segunda y a veces en la tribuna de popular norte, pero no distinguimos al sujeto que lo lanzaba. La voz era potente, ronca, una voz borrachosa o negroide. Pero el estadio estaba lleno de borrachosos y negroides. ¿Qué significaba además esa palabra? Nadie lo sabía. Todos a quienes preguntamos, en el estadio o fuera de él, decían haberla escuchado pero ignoraban su significado.

Una tarde al fin logramos ver al gritón y en circunstancias más bien sombrías. Fue durante un partido muy esperado en el cual el campeón nacional Universitario de Deportes -del cual mi hermano y yo éramos hinchas furiosos- recibía al campeón brasileño Sáo Paulo. Como el uniforme de ambos equipos era blanco, Universitario por cortesía con el visitante cambió el suyo por una camiseta verde. Ver salir a nuestro equipo con una camiseta de otro color nos dio mala espina. Había de por medio además un duelo entre centrodelanteros: Leonidas, llamado el Diamante Negro brasilero, y Lolo Fernández, el Cañonero peruano. Apenas sonó el silbato se escuchó un estruendoso "¡Atiguibas!" que puso a todos de buen humor. Y el buen humor aumentó cuando nuestro equipo abrió el marcador gracias a un tiro libre de Lolo Fernández. El primer tiempo terminó a nuestra ventaja, pero al comenzar el segundo el Diamante Negro se destapó. Era un negro de frente muy despejada, casi calvo y de físico esmirriado, pero diabólicamente técnico, inteligente y mañoso. En apenas veinte minutos sus jugadas sembraron la confusión en nuestra defensa y el Sáo Paulo anotó cinco goles seguidos. El último de éstos fue como un detonador: el público pasó por encima de las alambradas e invadió la cancha, no se sabía si para agredir a los brasileros o para linchar a los peruanos. El árbitro dio por terminado el partido y ambos equipos huyeron hacia los camerinos custodiados por la policía. Fue entonces cuando sonó un "¡Atiguibas!" lastimero en medio de las graderías que se despoblaban y pudimos ver en lo alto de la tribuna de segunda, nuestra tribuna, a un mulato bajo, regordete, de abundante pelo zambo, que hacía bocina con sus manos y lanzaba un postrero "¡Atiguibas!", justo cuando fanáticos de la mala entraña hacían fogatas con periódicos, las tribunas de madera empezaban a flamear y nosotros teníamos que abandonar el estadio a la carrera.

No sólo las fogatas nos impidieron esa tarde acercarnos al mulato gritón, sino el abatimiento. Quien no conoce las tristezas deportivas no conoce nada de la tristeza. Esa vez, como muchas otras veces, salimos del estadio con la muerte en el alma, desesperados de la vida, sin saber cómo podríamos consolarnos del fracaso de nuestro equipo. Éramos aún muy chicos para buscar olvido en las cantinas y por supuesto no lo bastante maduros para encajar filosóficamente una derrota. No nos quedaba otra cosa que sufrir durante días o semanas, hasta que el tiempo aplacara nuestro dolor o una victoria de nuestro equipo nos devolviera la alegría.

Una victoria, eso tardaría en venir, pero al fin la tuvimos e inolvidable, uno o dos años más tarde, cuando llegó a Lima precedido por inmensa fama el Racing Club de Buenos Aires. Acababa de ganar el campeonato argentino, habiéndose mantenido invicto en los últimos veinte partidos. En su plantel todos eran estrellas, pero sus figuras más descollantes eran el arquero Rodríguez, el defensa Salomón (un metro noventa y cinco por cien kilos de peso) y el alero ízquierdo Ezra Sued. Universitario de Deportes, en cambio, había terminado tercero del torneo nacional y su célebre Cañonero Lolo Fernández, nuestro ídolo, estaba lesionado y quedaría en el banco de los suplentes.

El partido comenzó a las cuatro de la tarde, precedido por un estruendoso "¡Atiguibas!" que resonó esta vez muy cerca de nosotros. El Racing era realmente una máquina de hacer goles. En apenas diez minutos su centro delantero Rubén Bravo, gracias a pases milimétricos de Ezra Sued, perforó dos veces la valla de nuestro equipo. La delantera de Universitario, conducida por el flaco Espinoza, se estrellaba sin remedio contra el gigante Salomón. En el estadio reinaba un silencio pavoroso y ni siquiera el zambo gritón, a quien ubicamos ahora pocas filas más arriba, se atrevía a lanzar su arenga.

Al promediar el primer tiempo el entrenador de Universitario decidió hacer entrar a Lolo en reemplazo del flaco Espinoza. Su aparición en el campo, con su redecilla en la cabeza y un ancho vendaje en el muslo, despertó aplausos atronadores y un alentador "¡Atiguibas!". Y entonces se produjo el milagro. Lolo Fernández marcó cinco goles, pero cada uno de ellos fue una obra de arte, un modelo de fuerza, técnica, coraje y oportunismo. El primero fue un cañonazo de quince metros, al empalmar a la carrera un centro a media altura que le envió el alero izquierdo. El segundo una "palomita" entre las piernas de Salomón, impulsado con la cabeza, casi al ras del suelo, un centro-tiro de su hermano Lolín. El tercero fue simplemente un golpe de taco, de espalda al arco, aprovechando una bola que vacilaba en el área de castigo. En la segunda parte del encuentro, Racing de entrada marcó un gol, con lo que igualó tres a tres y sembró pánico en la hinchada. Los platenses se volcaron con ardor en el campo de Universitario, decididos a defender su prestigio de campeón argentino. Pero Lolo estaba en su tarde gloriosa: aprovechando un tiro de esquina se elevó por encima del gigante Salomón y envió un cabezazo que rebotó delante del arco y penetró en la valla. Minutos más tarde, durante un nuevo contraataque, recibió un pase en el centro del campo, avanzó velozmente con el esférico y sin detenerse envió desde fuera del área un violento tiro rasante que venció la valla argentina por quinta vez. El arquero Rodríguez, de pura rabia, se quitó la gorra y la arrojó al suelo. Fue un signo de claudicación: el Racing, desmoralizado, aceptaba su derrota. En los minutos finales se limitó a jugar a la chacra para evitar un nuevo gol. El match terminó en medio de hurras, cantos y chillidos de júbilo y entre éstos el infalible y sonoro "¡Atiguibas!". Como esta vez el mulatón estaba a nuestro alcance, mi hermano y yo tratamos de abordarlo para compartir nuestra emoción y sonsacarle de paso el sentido de su enigmático grito. Pero una turba de hinchas borrachos que blandían botellas de cerveza lo rodearon y en ruidosos tumultos se perdieron por una de las oscuras escaleras que descendían hacia las puertas de salida.

Seguimos yendo al viejo estadio durante años, más por costumbre que por pasión. Las derrotas nos hacían aún sufrir y los triunfos gozar, pero con menos intensidad que antes. Éramos ya mozos, descubríamos el amor, el arte, la bohemia, la ambición, otros ámbitos donde invertir nuestros sueños y cobrar otra calidad de recompensa. Öbamos a la segunda en grupo, tomábamos cerveza, llegábamos incluso a burlarnos piadosamente de nuestros ídolos, Lolo Fernández entre otros, que se acercaba a la cuarentena y fallaba lamentablemente hasta tiros de penal. Y el "¡Atiguibas!" seguía resonando, con menos frecuencia que antes, es verdad, pero seguía resonando, despertando siempre la risa del público y nuestra curiosidad. Una especie de fatalidad impedía sin embargo que abordásemos la fuente del grito, el zambo borrachoso, a pesar que lo tuvimos algunas veces tan cerca que pudimos ver su encrespada melena, su tosca nariz un poco torcida y su cutis más morado que negro, marcado por cráteres y protuberancias, como un racimo de uvas borgoña muy manoseado. Gresca, tranca o llegada de la "segundilla" (público al que se abría las puertas del estadio media hora antes que terminara el partido y que inundaba las tribunas de segunda) lo sacaron siempre de nuestra órbita. Es así que terminé por no ir ya más al estadio y luego por abandonar el país sin haber podido resolver el secreto de este grito.

Muchos años más tarde, en uno de mis esporádicos viajes al Perú, me aventuré por el Jirón de la Unión, convertido ya en calle peatonal atestada de ambulantes, cambistas, vagos y escaperos. Me abría paso difícilmente entre la muchedumbre cuando divisé en el atrio de La Merced a un pordiosero de pie al lado del pórtico con la mano extendida. Su rostro me dijo algo: esa nariz asimétrica, esa pelambre ensortijada ahora grisácea y sobre todo ese cutis morado, violáceo, como de carne un poco pútrida. ¡Acabáramos, era Atiguibas! ¡La ocasión al fin de abordarlo, de acosarlo y de averiguar el significado de esa palabra que durante años traté en vano de conocer! Me salí del río de peatones y me acerqué al mendigo que, según noté, tenía un pie envuelto con un espeso vendaje sucio. Al sentir mi presencia alargó más la mano cabizbajo:

-Alguito no más para este anciano enfermo. Su voz ronca era inconfundible.

Inclinándome le murmuré al oído:

-Atiguibas.

Fue como si lo hubiera hincado con un alfiler. Dio una especie de respingo y levantó la cabeza, mirándome con los ojos muy abiertos.

-No me digas que no -continué-. Te conozco desde que iba al estadio de chiquito. La tribuna de segunda, allí arriba. ¡Cuántas veces te he oído gritar! Pero ahora me vas a decir lo que quiere decír Atiguibas. He esperado más de veinte años para saberlo.

El mulato me observó con atención y alargó más la mano.

-Sí, pero me sueltas unos verdes.

Tenía en el bolsillo un billete de cinco dólares y otro de cien.

Le mostré el de cinco. Hizo un gesto negativo con la cabeza.

-Veinte dólares.

Protesté, diciendo que eso era una estafa, que si no fuera porque estaba en Lima de paso no le hubiera ofrecido ni un solo dólar, pero el mulato no cejó.

-Bueno -dije al fin-. Voy a cambiar estos cien dólares. Espérame aquí.

El mulato me retuvo.

-Esos cambistas son de la mafia. Venga conmigo acá adentro. Yo conozco al sacristán. Él paga bien.

Entré a la iglesia guíado por él, que se desplazaba sin mucha dificultad a pesar de su pie vendado. El templo a esa hora estaba casi vacío, frecuentado sólo por algunos turistas y beatas e iluminado por los cirios que titilaban ante algunas imágenes. Pasamos delante de varios confesonarios desiertos hasta llegar a una puerta lateral que estaba entreabierta.

-¿Tiene el billete allí? Me espera un instante. Le entregué los cien dólares y di unos pasos hacia el sagrario para apreciar de más cerca las tallas barrocas del altar mayor, pero a los pocos metros me detuve atenazado por la sospecha y volví rápidamente hacia la sacristía. En esa pieza no había nadie, ni tampoco en la contígua, ni en la siguiente que, por una pequeña puerta, reconducía a la nave lateral. Ya ni valía la pena echarse a buscar al mulato, que no era ni cojo ni mendigo. De pura cólera lancé un estruendoso "¡Atiguibas!" que resonó en todo el templo alarmando a las viejas dobladas en sus reclinatorios. Y creí comprender el sentido de esa palabra cuando al salir de la iglesia me sorprendí diciéndome que ese mulato pendejo me había metido su atiguibas.

(Del libro Cuentos completos, Alfaguara, 1994)

domingo, 31 de mayo de 2020

El fútbol homenajea a George Floyd: los festejos que pidieron justicia

Achraf Hakimi, Weston McKennie, Jandon Sancho y Marcus Thuram son algunos de los deportistas que han exigido justicia por George Floyd.


Las protestas a raíz de la muerte de George Floyd, el ciudadano negro estadounidense de 46 años que fue asesinado esta semana por un policía de Minneapolis, están provocando grandes estallidos sociales en varias ciudades norteamericanas.

Pero muy lejos de estas movilizaciones que generan conmoción en Estados Unidos hay otro tipo de demostraciones de repudio y condena al asesinato, que se dan en el marco del deporte, como se observó durante el fin de semana en la Bundesliga alemana.

Este domingo, durante el partido en el que Borussia Monchengladbach goleó por 4 a 1 a Unión Berlín, el delantero francés Marcus Thuram protagonizó una escena que enseguida llamó la atención, tras anotar un gol: puso la rodilla izquierda sobre el césped y plantó el brazo derecho en su muslo derecho, bajando la cabeza reflexionando. Permaneció cinco segundos así antes de levantarse para seguir jugando.


En la celebración de primer gol de su cuenta personal, el hijo del legendario defensor Liliam Thuram, utilizó el mismo gesto que popularizó el jugador de fútbol americano de San Francisco 49ers, franquicia de la NFL, Colin Kaepernick, en 2016, para denunciar la violencia policial en Estados Unidos y en apoyo del movimiento 'Black Lives Matter' (las vidas de los negros importan).

Actitudes como la que tomó Thuram también se dieron el la Liga alemana de otras maneras. Uno de ellos fue Weston McKennie, el estadounidense jugador de Schalke 04, que el sábado llevó un brazalete en el que pedía justicia por su compatriota asesinado.

En el triunfo de Borussia Dortmund por 6 a 1 sobre Paderbornse dieron también dos situaciones alusivas al asesinato. El jugador inglés Jadon Sancho, autor de tres goles, festejó uno de sus tantos sacándose la camiseta y mostrando una remera con la leyenda "Justice for George Floyd" (Justicia por Geoge Floyd). Achraf Hakimi, su compañero de equipo, también celebró su gol con un pedido de justicia haciendo una cruz con sus brazos en alto.

La manifestaciones que se vieron por parte de otras figuras del deporte se pudieron ver en frases como la que dejó la ex estrella de la NBA, Kareem Abdul Jabbar, que escribió una estremecedora columna: "Se abrió la temporada de caza de negros", publicó en Los Angeles Times. También conmovió la publicación de Twitter que dejó la joven tenista negra Coco Gauff.

Otros deportistas reconocidos que se hicieron sentir en sus redes sociales fueron el basquetbolista LeBron James y el futbolista Kylian Mbappé, que también pidieron justicia y castigo para Derek Chauvin, el efectivo de la policía de Minneapolis que acabó con la vida de Floyd. El agente fue destituido de la fuerza y afronta una posible condena de hasta 30 años de prisión.

Tomado de lanacion.com.ar

domingo, 17 de mayo de 2020

"No hay fútbol sin hinchas": protestas en la Bundesliga tras su reanudación

Aficionados se resisten a convertirse en meros telespectadores.



Por Claudio Mauri
La Nación

Futbolistas y directores técnicos que reanudaron este fin de semana la competencia oficial en la Bundesliga coincidieron en señalar que sintieron nostalgia por los hinchas, que disputar los partidos a puertas cerradas no fue lo mismo, que el fútbol deja de ser un integrador social. El regreso a la actividad en Alemania, mientras en otros países europeos se pulen los protocolos para que la pelota empiece a rodar en junio, estuvo fuertemente condicionado por las necesidades de los clubes de seguir contando con los ingresos por derechos de televisación. En la Bundesliga, las entidades ya cobraron toda la temporada, pero si no completan las nueve fechas que restaban desde la cancelación por la pandemia del coronavirus debían devolver 300 millones de euros.

Grupos de hinchas de diversos clubes europeos, organizados para elaborar un manifiesto titulado "Paren el fútbol, no hay fútbol sin hinchas", se resisten a convertirse en meros telespectadores, se oponen a que la industria se vuelva a poner en marcha sin que se los tenga en cuenta como actores presenciales en los estadios. Y exponen que "el negocio del fútbol" los deja de lado.

Esos simpatizantes disconformes ocupan los sectores populares en los estadios y comparten tendencias políticas: son de izquierda y proclaman consignas anticapitalistas. En el estadio de Colonia, que este domingo recibió al Mainz, se dio una situación ambivalente. Por un lado, un grupo de hinchas protestó en las inmediaciones del Rhein Energie Stadion, donde exhibieron pancartas con las inscripciones "Nuestro dinero es más importante que tu salud" y "Bundesliga a cualquier precio". Incluso se registró algún incidente que motivó la intervención de la policía. Pero dentro del estadio, sobre los asientos de varias plateas reposaban las camisetas y bufandas de alrededor mil hinchas que se distancian de los más contestatarios.

St. Pauli, club que en sus estatutos consagra principios antifascistas, antirracistas y antisexistas, con hinchas que en 2017 hicieron un acampe en contra de la cumbre del G20 en Hamburgo, jugó este domingo por la segunda división con un cartel reivindicativo, según informa la agencia AP: "El fútbol vive de los hinchas. Reformas ya". El sábado, en la cancha de Augsburgo se podía leer: "El fútbol sobrevivirá. ¡Su negocio está enfermo!". En Berlín, donde Unión Berlín, un club de clase obrera que ascendió en la última temporada, recibió a Bayern Munich con hinchas en las adyacencias, pero sin manifestaciones.

En la semana, una encuesta del Instituto Demoscópico Infratest entre más de 1000 personas había dado por resultado que el 56 por ciento de los consultados prefería que la Bundesliga no se reanudase, mientras un 31 por ciento estuvo en favor, un 12 se mostró desinteresado por el fútbol y un 1% no respondió. La mayoría, más que reparar en la ausencia de simpatizantes, hacía hincapié en que el fútbol no debía contar con un trato preferente por sobre otras actividades económicas del país.

Manifiesto

En Italia, alrededor de 150 tifosi, que representan a la mayoría de los clubes, crearon un movimientos que día a día suma adherentes de España, Francia, Alemania, Portugal, Rumania, Bosnia, Austria, Bulgaria y Grecia. Todos ellos firmaron el documento público "Paren el fútbol, no hay fútbol sin hinchas", cuyos párrafos más salientes son los siguientes:

"Los Gobiernos declararon el bloqueo total, protegiendo así lo más valioso que tenemos: la salud pública. Consideramos que la paralización absoluta del fútbol europeo es más que razonable. En cambio, quienes lo manejan han expresado un solo objetivo: comenzar de nuevo. Creemos firmemente que solo los intereses económicos entran en juego. Esto se confirma por el hecho de que los campeonatos deberían comenzar de nuevo a puerta cerrada, sin el corazón de este deporte popular: los hinchas. Pedimos a los organismos competentes que mantengan suspendidas las competiciones, hasta que ir a un estadio vuelva a ser un hábito libre de riesgos para la salud colectiva. Hoy el fútbol se considera más como una industria que como un deporte. Las televisiones de pago mantienen a los clubes bajo control, en un sistema basado única y exclusivamente en los intereses comerciales y personales. Si no se reduce, provocará la muerte del fútbol. Todo esto tiene que cambiar. Estamos listos para tratar con los que están en funciones, para devolver el fútbol a sus orígenes, para volver a vivir nuestra mayor pasión en primera persona, para asegurarnos de que esto se convierta nuevamente en UN DEPORTE POPULAR".

La semana pasada, tifosi de Torino, vinculados con la clase trabajadora de Turin, ciudad cuya burguesía está representada por Juventus, hicieron una pintada en contra de los dirigentes: "El verdadero virus que hay que erradicar es a ustedes, que quieren volver a jugar".

Mientras algunos hinchas están disgustados con la vuelta del fútbol a puertas cerradas, la televisión alemana tuvo récords de audiencia con los encuentros del sábado. Registró un 24,7 por ciento de share, que representa más de seis millones de televidentes, de los cuales 3,7 millones son de pago. En sistema abierto se transmite lo que se denomina como "carrusel", con imágenes en vivo de todos los partidos. Christian Seifert, CEO de la Bundesliga, respiró aliviado: "Sin partidos, no hay dinero de la televisión. Y sin esos ingresos, varios clubes van a ir a la bancarrota dentro de pocos meses".