sábado, 10 de abril de 2021

Con fuegos artificiales, sabotean minuto de silencio por el príncipe Felipe



Seguidores del Celtic, al parecer de la barra Bhoys in Green, lanzaron fuegos artificiales en las inmediaciones del estadio de su equipo, durante el silencio decretado por la Federación Escocesa de Fútbol por el príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel II, quien falleció el pasado 9 de abril a los 99 años.

En el Celtic Park, donde el cuadro local recibía al Livingston, se escucharon fuertes estruendos en repudio a la figura de la corona británica, pues el Celtic tiene una fuerte identificación con el republicanismo y el independentismo.

Medios locales referenciaron que Felipe, duque de Edimburgo, cuando visitaba Escocia, solía aterrizar con su helicóptero personal en el césped del Ibrox Park, estadio de los Rangers, rival del Celtic y con fuertes vínculos con el unionismo británico.

El encuentro culminó con una contundente victoria del Celtic por 6-0.

domingo, 13 de diciembre de 2020

El año de la pandemia fue también el de los deportistas organizados

El signo de 2020 fue el de los torneos en “burbujas”. Pero estrellas del fútbol, la NBA, el tenis y la Fórmula Uno salieron de la burbuja que a veces los aísla y humanizaron el deporte con reclamos colectivos.


Por Roberto Parrottino
Tiempo Argentino

Pierre Webó le preguntó seis veces al cuarto árbitro Sebastian Coltescu: “¿Por qué dijiste 'este negro'?”. París Saint-Germain-Estambul Başakşehir empataban sin goles el martes por la última fecha del Grupo H de la Champions. El árbitro, por indicación del rumano Coltescu, había expulsado al camerunés Webó, asistente técnico del equipo turco. Estallaron en el banco de suplentes. Neymar y Kylian Mbappé, estrellas de PSG, se sumaron a las recriminaciones. “No podemos jugar con este tipo”, instó Mbappé, de padre camerunés. Y los futbolistas, unidos contra el racismo, abandonaron el campo de juego del Parque de los Príncipes. Nunca había sucedido en la historia de los torneos de la UEFA. En las calles de Francia, semana tras semana, hay marchas que piden derogar la “ley de seguridad global”, que prohíbe filmar abusos policiales, resistida por antiinmigrante y antimusulmana. En 2020, los deportistas de élite, desde el fútbol y la NBA hasta el tenis y la Fórmula Uno, se organizaron: lucharon por sus derechos y se involucraron en asuntos sociales. En el año de las competiciones en “burbujas” por la pandemia, muchos salieron de la burbuja real que a veces los aísla en sus vidas. Humanizaron el deporte.

“Cállate y juega”, le había dicho Laura Ingraham, una de las periodistas más reconocidas de Fox News, a LeBron James. Era febrero de 2018. Crítico de Donald Trump, LeBron le respondió: “No nos vamos a callar y vamos a jugar”. Replicó las protestas de Colin Kaepernick, el jugador de fútbol americano que se arrodillaba ante el himno por la vergüenza que le producía un país que perseguía a su pueblo. El Black Lives Matter (“Las vidas de los negros importan”). En junio, después del asesinato de un policía blanco a George Floyd, LeBron se convirtió en el principal exponente en el reclamo de justicia. Y en un líder anti Trump. Lo apoyaron otras figuras de la NBA. Pero en septiembre, después de que un policía le disparara siete tiros al ciudadano negro Jacob Blake, organizó una asamblea en el epicentro de la “burbuja” de Disney, donde se cerraba la temporada de la NBA, y votaron un paro histórico que se replicó en otros deportes. Como en el Masters 1000 de Cincinnati, que se frenó a pedido de la tenista Naomi Osaka, de padre haitiano. “Antes que deportista, soy una mujer negra -dijo Osaka, japonesa, 23 años, quien ya ocupó el Nº 1 del ránking de la WTA-. Ver el genocidio de personas negras a manos de la policía me enferma”. Osaka, ganadora del US Open, mostró barbijos con nombres de víctimas de la brutalidad policial. “Odio cuando dicen que no deberíamos involucrarnos en política y solamente entretener”.

“Los atletas se despertaron en 2020 -dice Dave Zirin, editor de deportes en la revista The Nation- porque vieron las manifestaciones más grandes en la historia de Estados Unidos, después de que el asesinato policial de George Floyd fuera grabado y viralizado por todo el mundo. La burbuja que rodea a los atletas profesionales estalló”. En la Premier League inglesa, la liga más millonaria del fútbol, los jugadores salieron con camisetas del Black Lives Matter y se arrodillaron en las canchas. Marcus Rashford, delantero de Manchester United, uno de los diez futbolistas mejor pagos de Inglaterra, volvió a marcarle la cancha al gobierno conservador de Boris Johnson: le pidió al Parlamento que cubra “todas las comidas infantiles durante los días festivos y las vacaciones hasta el verano de 2021”. A mitad de año, después de publicar una carta, el gobierno había dado marcha atrás con el recorte de comidas en las escuelas en plena pandemia. En asociación con una editorial, lanzó ahora una campaña de lectura infantil. Hijo de Melanie, madre soltera que trabajaba 14 horas por día, Rashford es centro de ataques de partidos y medios de derecha, que le cuentan la compra de propiedades. “Tengo 23 años -les respondió-. Vengo de tener muy poco. Necesito proteger mi futuro y el de mi familia. Por favor, no escriban estos artículos haciendo referencia a mi 'campaña'”.

Lewis Hamilton, el campeón negro de la Fórmula Uno, horadó en el automovilismo, un deporte más cerrado que otros. Se arrodilló en las pistas y subió a podios con buzos que reclamaban el arresto de “los policías que mataron a Breonna Taylor”, ciudadana estadounidense. “Algunos de ustedes figuran entre las más grandes estrellas y sin embargo permanecen silenciosos frente a la injusticia”, les dijo el inglés a los demás pilotos. “Nadie mueve un dedo en mi industria, un deporte dominado por blancos. No se levantaron y se pusieron a nuestro lado”. Siete veces campeón de la Fórmula Uno (igualó a Michael Schumacher), piloto que más dinero ganó en la historia, Hamilton sufrió bullying y racismo en la escuela del barrio de Stevenage y, también, en los años iniciales de karting. Aprendió karate para defenderse, mientras dormía con un póster de Ayrton Senna en la pared de su habitación.

“Ya hemos estado aquí antes, con los proyectos de Derechos Humanos en los Juegos Olímpicos y la Democracia Corinthiana de Sócrates, por ejemplo. Pero sí, este año se ha experimentado un fuerte aumento. Es Black Lives Matter, pero también un número creciente de activistas climáticos entre los deportistas (Héctor Bellerín, Patrick Bamford) y contra la pobreza y el hambre (Rashford) -explica el sociólogo inglés David Goldblatt, autor de libros de fútbol-. Muchos deportistas se están volviendo más seguros a medida que toman más control sobre sus carreras ante los clubes y las federaciones. La antipolítica en el deporte está disminuyendo. Hay atletas más reflexivos y más educados también porque los gobiernos y los oligarcas han hecho del deporte lo que los atletas finalmente se dan cuenta”.

Son deportistas “incómodos”, como la estadounidense Megan Rapinoe, mejor futbolista del mundo, defensora de los derechos de la comunidad LGBT. El cambio propiciará otros a corto plazo. La revista Sports Illustrated eligió a LeBron como el “atleta activista” de 2020. Lo siguió Osaka. Pertenecen a una generación que levanta la voz ante las injusticias y comunican desde las propias redes sociales, un sentido diferente de ser. Sus voces son escuchadas. No sólo permanecen y transcurren. Son los continuadores modernos de Muhammad Ali, el boxeador que le dijo “no” a la Guerra de Vietnam. De los atletas del Black Power, que levantaron el puño con un guante negro en los Juegos de México 68. De Diego Maradona, que se le plantó a la FIFA en el Mundial 86 por los horarios de los partidos en el mediodía mexicano y que creó un sindicato de futbolistas. Fueron símbolos. Excepciones. Ahora parece ser colectivo.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Maradona por Eduardo Galeano


Jugó, venció, meó, perdió. El análisis delató efedrina y Maradona acabó de mala manera su Mundial del 94. La efedrina, que no se considera droga estimulante en el deporte profesional de los Estados Unidos y de muchos otros países, está prohibida en las competencias internacionales.

Hubo estupor y escándalo. Los truenos de la condenación moral dejaron sordo al mundo entero, pero mal que bien se hicieron oír algunas voces de apoyo al ídolo caído. Y no sólo en su dolorida y atónita Argentina, sino en lugares tan lejanos como Bangladesh, donde una manifestación numerosa rugió en las calles repudiando a la FIFA y exigiendo el retorno del expulsado. Al fin y al cabo, juzgarlo era fácil, y era fácil condenarlo, pero no resultaba tan fácil olvidar que Maradona venía cometiendo desde hacía años el pecado de ser el mejor, el delito de denunciar a viva voz las cosas que el poder manda callar y el crimen de jugar con la zurda, lo cual, según el Pequeño Larousse Ilustrado, significa «con la izquierda» y también significa «al contrario de como se debe hacer».

Diego Armando Maradona nunca había usado estimulantes, en vísperas de los partidos, para multiplicarse el cuerpo. Es verdad que había estado metido en la cocaína, pero se dopaba en las fiestas tristes, para olvidar o ser olvidado, cuando ya estaba acorralado por la gloria y no podía vivir sin la fama que no lo dejaba vivir. Jugaba mejor que nadie a pesar de la cocaína, y no por ella. Él estaba agobiado por el peso de su propio personaje. Tenía problemas en la columna vertebral, desde el lejano día en que la multitud había gritado su nombre por primera vez. Maradona llevaba una carga llamada Maradona, que le hacía crujir la espalda. El cuerpo como metáfora: le dolían las piernas, no podía dormir sin pastillas. No había demorado en darse cuenta de que era insoportable la responsabilidad de trabajar de dios en los estadios, pero desde el principio supo que era imposible dejar de hacerlo. «Necesito que me necesiten», confesó, cuando ya llevaba muchos años con el halo sobre la cabeza, sometido a la tiranía del rendimiento sobrehumano, empachado de cortisona y analgésicos y ovaciones, acosado por las exigencias de sus devotos y por el odio de sus ofendidos.

El placer de derribar ídolos es directamente proporcional a la necesidad de tenerlos. En España, cuando Goicoechea le pegó de atrás y sin la pelota y lo dejó fuera de las canchas por varios meses, no faltaron fanáticos que llevaron en andas al culpable de este homicidio premeditado, y en todo el mundo sobraron gentes dispuestas a celebrar la caída del arrogante sudaca intruso en las cumbres, el nuevo rico ése que se había fugado del hambre y se daba el lujo de la insolencia y la fanfarronería.

Después, en Nápoles, Maradona fue santa Maradonna y san Gennaro se convirtió en san Gennarmando. En las calles se vendían imágenes de la divinidad de pantalón corto, iluminada por la corona de la Virgen o envuelta en el manto sagrado del santo que sangra cada seis meses, y también se vendían ataúdes de los clubes del norte de Italia y botellitas con lágrimas de Silvio Berlusconi. Los niños y los perros lucían pelucas de Maradona. Había una pelota bajo el pie de la estatua del Dante y el tritón de la fuente vestía la camiseta azul del club Nápoles. Hacía más de medio siglo que el equipo de la ciudad no ganaba un campeonato, ciudad condenada a las furias del Vesubio y a la derrota eterna en los campos de fútbol, y gracias a Maradona el sur oscuro había logrado, por fin, humillar al norte blanco que lo despreciaba. Copa tras copa, en los estadios italianos y europeos, el club Nápoles vencía, y cada gol era una profanación del orden establecido y una revancha contra la historia. En Milán odiaban al culpable de esta afrenta de los pobres salidos de su lugar, lo llamaban jamón con rulos. Y no sólo en Milán: en el Mundial del 90, la mayoría del público castigaba a Maradona con furiosas silbatinas cada vez que tocaba la pelota, y la derrota argentina ante Alemania fue celebrada como una victoria italiana.

Cuando Maradona dijo que quería irse de Nápoles, hubo quienes le echaron por la ventana muñecos de cera atravesados de alfileres. Prisionero de la ciudad que lo adoraba y de la camorra, la mafia dueña de la ciudad, él ya estaba jugando a contracorazón, a contrapié; y entonces, estalló el escándalo de la cocaína. Maradona se convirtió súbitamente en Maracoca, un delincuente que se había hecho pasar por héroe.

Más tarde, en Buenos Aires, la televisión trasmitió el segundo ajuste de cuentas: detención en vivo y en directo, como si fuera un partido, para deleite de quienes disfrutaron el espectáculo del rey desnudo que la policía se llevaba preso.

«Es un enfermo», dijeron. Dijeron: «Está acabado». El mesías convocado para redimir la maldición histórica de los italianos del sur había sido, también, el vengador de la derrota argentina en la guerra de las Malvinas, mediante un gol tramposo y otro gol fabuloso, que dejó a los ingleses girando como trompos durante algunos años; pero a la hora de la caída, el Pibe de Oro no fue más que un farsante pichicatero y putañero. Maradona había traicionado a los niños y había deshonrado al deporte. Lo dieron por muerto.

Pero el cadáver se levantó de un brinco. Cumplida la penitencia de la cocaína, Maradona fue el bombero de la selección argentina, que estaba quemando sus últimas posibilidades de llegar al Mundial 94. Gracias a Maradona, llegó. Y en el Mundial, Maradona estaba siendo otra vez, como en los viejos tiempos, el mejor de todos, cuando estalló el escándalo de la efedrina.

La máquina del poder se la tenía jurada. Él le cantaba las cuarenta, eso tiene su precio, el precio se cobra al contado y sin descuentos. Y el propio Maradona regaló la justificación, por su tendencia suicida a servirse en bandeja en boca de sus muchos enemigos y esa irresponsabilidad infantil que lo empuja a precipitarse en cuanta trampa se abre en su camino.

Los mismos periodistas que lo acosan con los micrófonos, le reprochan su arrogancia y sus rabietas, y lo acusan de hablar demasiado. No les falta razón; pero no es eso lo que no pueden perdonarle: en realidad, no les gusta lo que a veces dice. Este petiso respondón y calentón tiene la costumbre de lanzar golpes hacia arriba. En el 86 y en el 94, en México y en Estados Unidos, denunció a la omnipotente dictadura de la televisión, que estaba obligando a los jugadores a desplomarse al mediodía, achicharrándose al sol, y en mil y una ocasiones más, todo a lo largo de su accidentada carrera, Maradona ha dicho cosas que han sacudido el avispero. Él no ha sido el único jugador desobediente, pero ha sido su voz la que ha dado resonancia universal a las preguntas más insoportables: ¿Por qué no rigen en el fútbol las normas universales del derecho laboral? Si es normal que cualquier artista conozca las utilidades del show que ofrece, ¿por qué los jugadores no pueden conocer las cuentas secretas de la opulenta multinacional del fútbol? Havelange calla, ocupado en otros menesteres, y Joseph Blatter, burócrata de la FIFA que jamás ha pateado una pelota pero anda en limusinas de ocho metros y con chófer negro, se limita a comentar:

—El último astro argentino fue Di Stéfano.

Cuando Maradona fue, por fin, expulsado del Mundial del 94, las canchas de fútbol perdieron a su rebelde más clamoroso. Y también perdieron a un jugador fantástico. Maradona es incontrolable cuando habla, pero mucho más cuando juega: no hay quien pueda prever las diabluras de este inventor de sorpresas, que jamás se repite y que disfruta desconcertando a las computadoras. No es un jugador veloz, torito corto de piernas, pero lleva la pelota cosida al pie y tiene ojos en todo el cuerpo. Sus artes malabares encienden la cancha. El puede resolver un partido disparando un tiro fulminante de espaldas al arco o sirviendo un pase imposible, a lo lejos, cuando está cercado por miles de piernas enemigas; y no hay quien lo pare cuando se lanza a gambetear rivales.

En el frígido fútbol de fin de siglo, que exige ganar y prohíbe gozar, este hombre es uno de los pocos que demuestra que la fantasía puede también ser eficaz.

*Tomado de "El fútbol a sol y sombra".

jueves, 27 de agosto de 2020

Las protestas contra el racismo paralizan el deporte en Estados Unidos

La MLB (la liga de béisbol), la MLS (la de fútbol), la WNBA (la de baloncesto femenino) y el tenis se unen al histórico boicot en la NBA por el caso de brutalidad policial en Wisconsin. 


Por Diego Fonseca
El País

Primero fue la NBA, que suspendió los tres partidos de playoffs programados para la jornada del miércoles en la burbuja de Disney World después de que los Milwaukee Bucks boicotearan, en una decisión sin precedentes, el encuentro ante Orlando Magic y no comparecieran en protesta por el caso de brutalidad policial en el que un agente tiroteó por la espalda al afroamericano Jacob Blake en la ciudad de Kenosha (Wisconsin). Y después fueron la MLB (la liga de béisbol), la MLS (la de fútbol), la WNBA (la de baloncesto femenino) y el tenis, con la jornada suspendida en el Masters 1000 de Cincinnati, los que se sumaron al histórico boicot y paralizaron el deporte en Estados Unidos en protesta por la violencia racista y policial en el país.

La tenista Naomi Osaka, ganadora de dos Grand Slam y una de las jóvenes con más talento del circuito, anunció en sus redes sociales que no iba a jugar este jueves la semifinal del Masters 1000 de Cincinnati contra la belga Elise Mertens. ”Antes que una atleta soy una mujer negra. Y siento que hay asuntos mucho más importantes que necesitan atención inmediata en vez de verme jugar al tenis”, argumentó en el comunicado la japonesa, de 22 años. La tenista afirmó que estaba cansada del “continuo genocidio de gente negra a manos de la policía”. “¿Cuándo será suficiente?”, se preguntó en el mensaje, en el que incluyó el nombre de víctimas de violencia policial como Jacob Blake, Breonna Taylor, Elijah McClain y George Floyd, cuyo asesinato a manos de la policía en mayo desencadenó una ola de protestas en todo el mundo bajo el paraguas del movimiento Black Lives Matter. Tras la decisión de Osaka, la ATP y la WTA decretaron la suspensión de la jornada en Cincinnati. “Como deporte, el tenis está adoptando colectivamente una postura contra la desigualdad racial y la injusticia social que, una vez más, ha pasado a primer plano en los Estados Unidos. La USTA, el ATP Tour y la WTA han decidido reconocer este momento en el tiempo pausando el juego en el Western & Southern Open el jueves 27 de agosto. El torneo se reanudará el viernes 28”, anunciaron los organizadores en un comunicado.

Los equipos de la MLS tampoco disputaron la séptima jornada de la liga por el caso de brutalidad policial contra Blake, de 29 años, que el fin de semana recibió siete disparos en la espalda por parte de la policía. Los primeros en tomar la decisión fueron los jugadores del Inter Miami y el Atlanta United, que se enfrentaban en el Inter Miami Stadium (Fort Lauderdale, Florida) y decidieron no jugar el partido. Los deportistas de ambas formaciones posaron abrazados junto a los árbitros en el centro del campo antes de que se suspendiera el encuentro. La mecha prendió y ocurrió lo mismo en el choque entre los Dallas FC y los Rapids de Colorado en Frisco, en el Real Salt Lake-Los Ángeles FC, en el San Jose Earthquakes-Portland Timbers y en el enfrentamiento entre Los Angeles Galaxy y Seattle Sounders, que anunciaron que tampoco saldrían al terreno de juego.

La protesta se hizo extensiva en la MLB y en la WNBA. Los Milwaukee Brewers y los Cincinnati Reds no jugaron su partido de liga en el Miller Park, en Milwaukee. Tampoco se disputó el encuentro entre San Francisco Giants y Los Angeles Dodgers ni el que enfrentaba a San Diego Padres con los Mariners de Seattle, el club con la mayor cantidad de jugadores negros de la competición. En la liga femenina de baloncesto se cancelaron tres encuentros. El sindicato de las jugadoras emitió un comunicado en el que piden enfocar el problema: “Lo que hemos visto en los últimos meses, y más recientemente con el brutal tiroteo policial de Jacob Blake, es abrumador”.

El boicot emprendido por los jugadors de la NBA provocó la cancelación este miércoles de los tres partidos de los playoffs de la competición agendados para la jornada: Milwaukee-Orlando, Oklahoma-Houston y Lakers-Portland. Este jueves, después de que algunas plantillas –sobre todo los Lakers de Lebron James y los Clippers de Kawhi Leonard– pusiesen sobre la mesa la posibilidad de forzar la cancelación de lo que queda de temporada, los jugadores han decidido terminar las eliminatorias.

Muchos deportistas de la NBA habían revelado hacía tiempo su malestar por el racismo policial. Por ejemplo, algunos participaron en las manifestaciones y marchas celebradas en varias ciudades de EE UU en protesta por el asesinato de George Floyd, fallecido por asfixia el 25 de mayo en Minneapolis después de que el agente de policía blanco Dereck Chauvin le clavara la rodilla en el cuello durante 8 minutos y 46 segundos mientras protestaba porque no podía respirar.

El caso de Blake, como el de Floyd, fue grabado en vídeo. En un fragmento de 20 segundos se ve cómo el afroamericano, de 29 años, recibe siete disparos de un agente en la espalda mientras intenta entrar por la puerta del lado del conductor de su vehículo, en el que se encontraban tres de sus hijos. Antes, el propio policía, con un compañero, intentan detenerlo, pero él no les hace caso. El hombre permanece grave en un hospital y los médicos temen que se quede parapléjico. Su muerte desencadenó en Wisconsin protestas antiracistas y contra la violencia policial que en la noche del martes –la tercera consecutiva con disturbios– dejaron dos muertos y un herido.


domingo, 5 de julio de 2020

"Que la industria del fútbol no descubra que puede prescindir de los espectadores": Bielsa

El entrenador Marcelo Bielsa considera "injusto" dejar de valorar lo que el aficionado representa.


Marcelo Bielsa dijo en una rueda de prensa que desea "que la industria del fútbol no descubra que puede prescindir de los espectadores".

El técnico argentino, actual entrenador del Leeds United en la segunda división del fútbol inglés, se refirió a la reanudación de las ligas europeas sin público en las gradas debido a la pandemia del coronavirus.

"Sinceramente no recuerdo haber pasado por una situación de este tipo de jugar sin público. Sería injusto no valorar lo que el aficionado representa para cada equipo", explicó.

Con la declaratoria de la pandemia, la mayoría de ligas de fútbol profesional suspendieron las competiciones. Algunas de ellas se han reanudado sin la presencia de hinchas en los estadios, como el caso de Inglaterra.

Esta situación excepcional ha sido criticada por agrupaciones de aficionados, que consideran que jugar a puerta cerrada protege los intereses económicos de las transmisiones televisivas, mientras deja de lado a los hinchas y los reduce a telespectadores.