sábado, 11 de febrero de 2012

Cómo la política atraviesa al fútbol en Egipto

Javier Szlifman
Pelota Afuera

Una de las leyendas fundantes del fútbol dice que el deporte más popular tuvo una de sus primeras versiones a orillas del río Nilo. Allí, los obreros que trabajaban en las pirámides jugaban con algún tipo de balón cuando disponían de tiempo libre. Miles de años después, la liga de fútbol de Egipto está suspendida indefinidamente. La cúpula de la federación renunció y el propio gobierno nacional se encuentra en plena crisis. Un partido de fútbol conmovió a toda la nación.


La muerte de 74 hinchas ocurrida el pasado miércoles (1 de febrero) en Port Said, en el noreste del país, fue uno de los incidentes más graves en la historia del fútbol moderno. Tras la masacre en el partido entre el Al Masry y Al Ahly, en El Cairo otro encuentro suspendido generó un incendio junto al estadio e incidentes en las calles. Los sucesos de Port Said tienen consecuencias impredecibles en distintos ámbitos del país.

A más de un año de la caída del régimen de Hosni Mubarak, como pocas veces a lo largo de la historia un espectáculo futbolístico se convirtió en espacio de muestra de las tensiones políticas y sociales que vive la sociedad egipcia.

La revolución deportiva

“La revolución egipcia ha nacido en los campos de fútbol del Al Ahly”, dijo hace tiempo el filósofo israelí Avishai Margalit. Históricamente enfrentados, durante la revolución de comienzos de 2011 los hinchas del Al Ahly, el equipo de los barrios más populares, de tradición anticolonial, se unieron a sus rivales del Zamalek, identificados históricamente con las clases acomodadas del país, herederas del colonialismo británico.

Los miembros de esta agrupación de hinchas fueron la fuerza de choque de los miles de manifestantes que durante días ocuparon la céntrica plaza Tahrir de El Cairo. Fueron ellos los que pusieron el cuerpo en los enfrentamientos contra las fuerzas armadas, leales al presidente. Los fanáticos del Al Ahly y del Zamalek tomaron las oficinas Servicio de Seguridad del Estado y la embajada de Israel en septiembre, entre sus acciones más destacadas.

El desarrollo de estos grupos, de alta organización interna y habilidad para el combate, es un eslabón más de la pasión y el fanatismo que emana el fútbol egipcio. Así como los grupos de hinchas unieron fuerzas contra Mubarak, los fanáticos luego siguieron su militancia activa contra el gobierno de transición y la violencia en los estadios se volvió moneda corriente en el último tiempo, como informa el periodista James M. Dorsey en su blog “El Turbulento Mundo del Fútbol en el Medio Oriente”.

La política en el estadio

Durante la revuelta que derrotó a Mubarak en febrero de 2011, el fútbol fue suspendido durante tres meses. Al cumplirse un año de la caída del presidente que gobernó por más de 29 años, hace pocos días, la asociación de fútbol suspendió la 16ª fecha de la liga, para evitar que los estadios se convirtieran en un centro de manifestaciones contra el actual gobierno. Pocos días antes, el ejecutivo había concedido la amnistía a 1950 personas, entre ellos numerosos hinchas de fútbol, en un intento por calmar los ánimos de cara al aniversario de la revolución. Nada pudo evitar la tragedia.

El partido entre Masry y el Al Ahly se calentó en la previa con amenazas vía Twitter. El componente ideológico de las hinchadas se unió a su capacidad de lucha para desatar los incidentes. Testigos aseguran que, durante todo el encuentro, los hinchas del Masry cantaron a favor del actual gobierno, mientras que los del Ahly continuaron con sus reclamos políticos. Tras el final, la policía arrió a la gente al campo y la luz se apagó.

A más de un año de la salida de Mubarak, muchos hinchas continúan con su militancia contra el gobierno y se han unido a otros grupos de jóvenes en distintos enfrentamientos con la policía. Muchos fanáticos aún se perciben como los guardianes de la revolución y aspiran a llevar al país a una verdadera democracia.

Democracia incompleta

Desde el 11 de febrero de 2011, el poder ejecutivo está a cargo de Mohamed Hussein Tantawi, un militar cercano a Mubarak que encabeza una junta de transición democrática. Las elecciones parlamentarias celebradas en noviembre pasado dieron la victoria a los “Hermanos Musulmanes”, un partido islámico moderado. En el segundo lugar se ubicó un partido islámico más radical. El país cuenta con 30 millones de pobres y más del 20% de su población no tiene trabajo. Poco se ha corregido desde la revolución.

El pasado 25 de enero, a más de un año del régimen que gobernó durante 24 años, una multitud volvió a la plaza Tahrir para pedir la renuncia de Tantawi, bajo el grito de “Pan, libertad y dignidad humana”. En distintas marchas luego de los incidentes ocurridos el miércoles, ya murieron 14 personas y más de 2000 resultaron heridas.

En un espacio social de inconformismo crónico y ausencia de legitimidad democrática, sólo las fuerzas policiales garantizan la paz y el orden con su brutal represión. Los 74 muertos del fútbol resultan difíciles de soportar para cualquier país que aspira a una democracia plena, con derechos básicos para sus habitantes. Para el Egipto actual, todo eso suena lejano.