jueves, 13 de agosto de 2009

De fútbol somos, televisados seremos

Por Luis Abrego
Argenpress

La ruptura del contrato que ligaba a la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) con la empresa Televisión Satelital Codificada (TSC) deja al descubierto muchas de las razones que fundamentan la condición argentina. Política y pelota, una formidable dupla de ataque.

“Por el fútbol podemos saber que nuestro optimismo es una simpática forma de inmadurez. Que nuestro optimismo es siempre una depresión al revés. Que cuando decimos que estamos tocando fondo, somos recurrentemente optimistas. Porque cancelamos alegremente toda posibilidad de algo peor. Y esa negación nos lleva siempre a un fondo que queda más abajo”, dice Rodolfo Braceli en su querible texto De fútbol somos, la condición argentina.

Y hay que coincidir con el maestro Braceli que en Argentina -en general- el cielo y el infierno están a un paso; y que en el deporte que -en particular- más nos “espeja” (neologismo también acuñado por Rodolfo) la gloria y el oprobio son las caras de una misma moneda que indefectiblemente indica arco o saque.

Desde siempre el fútbol nos espeja en nuestras miserias y en nuestras vanidades. El fútbol nos pierde porque tal vez tiene la virtud de encontrarnos. De mostrarnos como somos, como nos gustaría ser o al menos como no queremos que nos vean cuando se prenden las luces y se encienden las cámaras.

Cuando el fútbol era la magia de los fantásticos relatos de la radio, la única manera de hacer cuadrar la imaginación con la realidad era devorar con fruición las páginas de El Gráfico, o en su defecto, la revisa Goles. La otra era, a la temporada siguiente, ver las caras de los ídolos en las figuritas coleccionables cuyos álbumes nunca alcanzábamos a llenar.

Poco a poco, la televisión se fue adueñando del maravilloso imaginario colectivo que genera el fútbol. Año a año, las pantallas se fueron superpoblando de cientos de miles de horas de goles, análisis y especulaciones que más que saciar la inagotable sed de los fanáticos, parecen destinados a solidificar y reproducir las bases de un negocio extraordinario.

Un fenomenal y millonaria transacción de la que la propia Asociación del Fútbol Argentino (AFA) nunca fue ajena, como ahora pretende querer aparecer, y sí (por inocencia o complicidad) corresponsable de una situación contractual que hoy denuncia como “leonina”.

En esa victimización de la AFA, en el endurecimiento de la histórica postura de su presidente, Julio Grondona para denunciar el contrato con Televisión Satelital Codificada (TSC), se esconde la explícita intención de dejar en claro que ahora hemos tocado fondo. Que está todo mal. Que así no se puede seguir. Que este pesimismo que ahora nos lleva a romper todo y cambiar las reglas del juego (buenas o malas, pero hasta no hace mucho acatadas en silencio y defendidas a los gritos) no es más que la formidable intuición argentina de que dentro de muy poco todo va a estar muy bien.

Ese optimismo (“una depresión al revés” diría Braceli), se funda en las frías cifras de pasar de un contrato de 268 millones de pesos por año, a repartir entre los clubes de Primera División, Primera B Nacional y Primera B Metropolitana (y obviamente la AFA), a uno nuevo que duplicaría esa cifra.

Según trascendidos nunca confirmados ni por el Gobierno nacional ni por la AFA, esos casi 600 millones de pesos anuales ahora provendrían del Estado nacional para alimentar sus dos señales: Canal 7 Argentina y Encuentro, el canal del Ministerio de Educación de la Nación. Eventualmente, también Telefé, el competidor más importante de Canal 13 (la principal pantalla del Grupo Clarín) podría verse beneficiado con el nuevo esquema de la televisación del fútbol argentino.

Sin embargo, algo está claro pese a las evasivas. Si no hubiera un plan B atado y anudado fuertemente ningún dirigente del fútbol (señores que si algo los caracteriza no es precisamente la inocencia) habrían avalado semejante patada en el tablero. Nadie en su sano juicio se tira a una pileta vacía, mucho menos si además esa audacia le va a costar muy caro. Y muchísimo menos si ese personaje se llama Julio Humberto Grondona.

Es por eso que en la reunión ampliada del Comité Ejecutivo de la AFA en la que además participaron muchos de los presidentes de clubes de todo el país, se hizo hincapié en la responsabilidad de las instituciones ante una eventual demanda -ya anunciada- por la empresa poseedora de los derechos de televisación del fútbol argentino hasta el 2.014. Las estimaciones dan cuenta de una avanzada judicial de por lo menos 1.500 millones de pesos.

Al margen de la buena ecuación económica que hizo prevalecer las intenciones de Grondona para mudar el fútbol y romper lanzas con un socio que hasta no hace mucho tiempo atrás era definido como fundamental, no debe eludirse del análisis la evaluación política.

El kirchnerismo devaluado ha elegido al fútbol como un formidable vehículo de reinserción en la simpatía popular. En su batalla de supervivencia cree dar un golpe de efecto que además tiene una enorme carga simbólica: al atacar una de las unidades de negocios del Grupo Clarín, le moja la oreja al más emblemático de sus enemigos.

Ese discurso le permitirá seguir aglutinando detrás de sí a cierto progresismo consignista que parece conformarse con frases que luego el varieté televisivo consagra, como el “¿qué te pasa Clarín, estás nervioso?”. Pero que a la par que las pronuncia, el propio Néstor Kirchner le habilita al poderoso grupo la fusión de Multicanal y Cablevisión lo que le permitió consolidarse como el principal cable operador del país con el 47% del mercado de la tevé por cable.

La supuesta “estatización” del fútbol, o para mejor decirlo la vinculación estratégica entre la AFA y el Estado Nacional resulta simpática desde la óptica nación que justifica tener a la gran familia argentina frente al televisor viendo un Boca-River ¡¡sin pagar un peso!! “Vieja, no lo puedo creer…” dirá el jefe del hogar rememorando los panes dulces prometidos que nunca se multiplicaron.

Sin embargo, y si finalmente las cosas suceden tal cual como se preanuncian en un esquema en el que el Estado tendrá un rol protagónico en el sistema de televisación del fútbol, habrá que preguntarse si los 600 millones prometidos de las arcas públicas resultan una asignación justificable más allá del folclore peronista.

Seguramente muchos pensarán que la felicidad del pueblo es incalculable. Otros, que los placebos caros tienen efecto dudoso, y que por ello mismo y en virtud de una crisis que la misma presidenta Cristina Fernández usó como referente para llamar a la racionalidad, resulta difícil entender una erogación de estas características.

“El fútbol no necesita de zalamerías populistas ni del asco de los demonizadores intelectualudos”… dice en otro párrafo Araceli. Y agrega: “fuera de la obsecuencia o del asco, un poco de respeto por el fútbol. Ni inocente ni culpable. El fútbol es entretenimiento prodigioso. Y si no bajamos la mirada, el espejo que mejor nos espeja. No rompamos el espejo porque, además, incluye un ojo. Un ojo de cerradura”. Un resquicio por el que además de ver, podemos observarnos intactos, patéticos, televisados, en cada uno de los movimientos de nuestra simpática forma de inmadurez.