viernes, 20 de abril de 2012

Sobre la prensa española y la nacionalización de YPF

"A toda esta gente no le gusta lo que está pasando en Latinoamérica, del mismo modo que no le gusta lo que está pasando con los indignados en sus propias plazas".

Por Hernán Casciari
Orsai


Estoy leyendo mucho la prensa española estos días, porque Argentina está saliendo en la tapa de los diarios con letra grandota. La última vez que salimos en la tapa con letra grandota fue cuando renunció De la Rúa. Corralito. Cinco presidentes en una semana. Caos. Después hubo un gran silencio de nueve, diez años. No salimos más en la tapa. Y eso es bueno. Cuando Argentina no sale en la tapa de la prensa española, todo está tranquilo.

El único argentino que sale en la tapa, casi todas las semanas, es Messi. Desde hace unos días fantaseo con algo imposible. Fantaseo con que mañana, en el clásico Madrid Barcelona, Messi haga un gol, se levante la camiseta frente a las cámaras y abajo haya un cartel que diga «YPF es Argentina». Y que después haga un gol Higuaín, el gol del empate, y se levante la camiseta y diga «YPF es Argentina».

Sería un problemón gigantesco para los que deciden las fotos de tapa de los diarios españoles.

Los diarios españoles ya son casi todos de derecha. El último diario de izquierda se llamaba Público y quebró hace dos o tres meses. El otro diario que no es abiertamente neoliberal se llama El País, pero es de una izquierda europea, es decir, de derecha.

España se está cayendo a pedazos pero no hay debate político. Nadie propone que el Estado intervenga. Los dos partidos mayoritarios piensan lo mismo, pero fingen pelearse en público, para que la gente no se duerma de aburrimiento. Pelean como Karadagián y como Peucelle, de mentira, pero con mucho espamento.

Desde hace varios años los dueños de España son seis o siete empresarios poderosos: banqueros, petroleros, dueños de telefónicas. Los políticos y los medios de comunicación son empleados de esta gente de corbata. Todos son caretas, en el sentido más argentino de la palabra.

Gente encorbatada, aburridísima, mayores de sesenta, incapaces de enviar un archivo adjunto sin equivocarse, gente que nunca aprendió inglés, gente que está en contra de descargarse una película pero que tampoco sabría cómo hacerlo.

A toda esta gente no le gusta lo que está pasando en Latinoamérica, del mismo modo que no le gusta lo que está pasando con los indignados en sus propias plazas. Para ellos las dos cosas son la misma cosa: tienen miedo de que las personas que no son caretas tomen la sartén por el mango.

Le tienen miedo, le tienen bronca, desprecian a los que no son caretas. A los que asumen el poder y, en vez de usar corbata, usan camisa o pulóver. A los que en los discursos hablan con normalidad, sin poner un casete, sin frases vacías. A los que se cagan en las falsas reglas de la economía global —que siempre patea para el mismo lado— y proponen otras reglas, a los que le pegan patadas a los tableros de ajedrez, a los que están hartos de siempre lo mismo.

Esta semana la prensa española le dedicó muchísimas páginas al tema YPF, pero casi ninguna explica los argumentos argentinos. Le da pánico explicar los argumentos argentinos, porque son los mismos argumentos de los indignados que ocupan las plazas. Sus propios hijos son los que están hartos.

Los caretas españoles creen que el enemigo es Argentina, creen que Repsol es patria y que Argentina les está robando la identidad. Pero en la calle son sus hijos los que no tienen trabajo, los que no tienen futuro, los que también están pidiendo a gritos que el Estado intervenga y se ponga del lado de la gente.