viernes, 11 de marzo de 2016

La increíble epopeya de Brian Clough

Llevó al Nottingham Forest de segunda división a ganar dos Copas de Europa


Por Ignacio Pato

Que te guste o no el fútbol puede ser lo de menos cuando hablamos de historias como la de Brian Clough y su Nottingham Forest de finales de los 70.

Llovizna, bloques grises, greñas y chándals Adidas rojos. Suya es la epopeya de un hombre que daban por acabado, con supuestas tendencias autodestructivas, consiguiendo la mayor gesta del fútbol europeo. Como reza el documental que el Offside Fest de Barcelona estrena este viernes, I believe in miracles. Creo en los milagros.



1. No hay césped en las putas nubes

Hacia 1975, nadie quería trabajar con Clough. Había durado 44 esperpénticos días en el Leeds United, donde los jugadores habían acabado por ni siquiera dirigirle la palabra. Millonarios prematuros que le habían "hecho la cama".

A Brian Clough, al bocazas, al laborista. Aquel hombre que a excepción de Leeds, donde aquellos endiosados seguramente no lo merecían, siempre supo tratar a sus jugadores como hijos. Trataba de empatizar con ellos mirando más allá del dinero. Por ejemplo, buscando comodidades. Como cuando a Larry Lloyd le ofreció comprar una lavadora nueva para el club si este renovaba su contrato.

Resulta que la que había, había desaparecido. Así se dio cuenta Clough a qué decadente Nottingham Forest en Segunda había llegado aquel 1975. Venía con cariño y, por supuesto, donde hay de esto, también hay exigencia. Clough lo dijo, "vengo para ganar".

Su lema era más bien un aforismo: si trabajáis duro, podréis jugar bien, y si jugáis bien, ganaremos. La ética del trabajo socialista aplicada al fútbol en un equipo sin destacados talentos individuales.

De entrenar en parques públicos pasaron a jugar un fútbol eléctrico. Rápido delante, seguro detrás, el Forest fue estilizando su fútbol en la agria Inglaterra de la época. "Si Dios hubiera querido que jugásemos al fútbol con patadones hacia arriba, habría puesto césped en las putas nubes", decía el entrenador. Rasear, triangular, pensar y buscar al compañero mejor posicionado era lo que pedía.

El equipo subió a Primera en su segunda temporada, en 1977. Cloughie sabía que eso no era nada.

2. ¡Buen trabajo!

John Robertson era uno de los pilares del equipo. Un par de anécdotas ilustran bien la relación de Clough con sus jugadores. "John Robertson no era muy guapo. Si alguna vez estoy de bajón, me sentaré a su lado y me daré cuenta de que soy el puto Errol Flynn comparado con él. Eso sí, dale un balón y verás a nuestro Picasso".

Décadas más tarde, Robertson, preguntado por las virtudes de Clough como entrenador, diría: "Simple. Te gritaba '¡buen trabajo!'. Y eso te hacía de repente aumentar un 20% tu nivel. No podías esperar a que te llegase el siguiente balón".

Kenny Burns recuerda cómo le llegaba un bramido desde la banda: "¡Kenneth!". "Solo me llamaba así mi madre", recuerda hoy Burns, que esperaba una bronca. Entonces llegaba, de nuevo, ese well done.

A la vez que su equipo crecía, él iba absorbiendo, a través de guiños y declaraciones firmes a la prensa, toda la presión mediática. El Forest ganó la liga del 78 con solo tres derrotas y nada más haber subido a Primera.

3. Robin de Locksley conquista Europa

En verano, Trevor Francis se unía a los Peter Shilton, Viv Anderson, Tony Woodcock o Martin O'Neill. Clough tenía un plan. Algo comenzaron a intuir en Nottingham cuando el equipo eliminó en primera ronda de la Copa de Europa nada más y nada menos que al vigente campeón, el Liverpool de Dalglish.

Después cayeron AEK de Atenas, el Grasshopper suizo y el Colonia. El Forest estaba en la final de Múnich contra el Malmö sueco. "Sabía que esas libras por Francis darían resultado", debió pensar Clough cuando un cabezazo del delantero decidió que el Nottingham Forest era el campeón de Europa de 1979.

En casi ninguna imagen de la celebración se ve a Clough. Dejó que sus chicos fueran las únicas estrellas. "No sabía que vivía tanta gente aquí en Nottingham", dijo Larry Lloyd al volver a casa y ver la que se había montado.

Pero Clough seguía a lo suyo. 1980 comenzó ganándole la Supercopa al Barcelona. En la liga, eso sí, se acabó notando el esfuerzo europeo. El que le llevó a la segunda final consecutiva, en el Bernabeu ante el Hamburgo.

1-0 con gol de Robertson y el Nottingham Forest estableciendo un récord que aún dura: el único club con más Copas de Europa que ligas de su país.

No era poco haberle ganado al Hamburgo de Kevin Keegan, un jugador que había hecho la gracia de posar sonriendo y plantándole un beso a Margaret Thatcher. Imperdonable. Alegría doble para el Cloughie socialista.

Aquel tipo de chándal rojo y mejillas de 6 pintas de cerveza era más feliz que nunca. Robin de Locksley era ahora el sheriff de Nottingham.

4. Milagro ateo

Clough el rojo. Como los otros dos mejores entrenadores de la historia del fútbol inglés. Bill Shankly y Alex Ferguson. Rojos como las camisetas de sus Liverpool, Forest y ManU, pero rojos también de socialismo laborista.

No nos extrañemos. En la isla hasta hace poco ocurrían milagros como el de Nottingham. Milagros ateos. Con tipos como Clough, que creía en sus chicos y en él mismo.

Confiaba en el poder del colectivo. Ese que le hacía unirse a las manifestaciones en solidaridad con los mineros. Donde nadie era más importante que nadie, donde sin apoyo mutuo no había alegría. Como en su Forest.


"Vengo de abajo. Ahora tengo un buen coche y una buena casa y no veo ninguna razón por la que el resto de la gente no pueda tener eso también. De ese deseo de mi corazón surge el socialismo", dijo.

Clough no era Jesucristo, pero cuando se despidió de Nottingham pareció andar sobre agua de lágrimas de quien sabe que todo tiene un final.

Hoy un socialista de bronce vigila el centro de aquella ciudad trabajadora. Un simple privilegio por haberla puesto en el mapa.