viernes, 15 de julio de 2016

¿Y cuándo hablamos de paramilitares en el fútbol?

Mucho se viene hablando y escribiendo sobre la presencia de narcotraficantes en el fútbol, pero pocos hablan de la injerencia paramilitar en este deporte. ¿Será porque es muy reciente y sus efectos aún se sienten?


Por Juan Diego Restrepo E.*

Un directivo del equipo capitalino de los Millonarios abrió una puerta que muchos contribuyeron a cerrar en el pasado con gruesas aldabas para que no brotaran verdades que involucran a un sector como el fútbol, deporte en el que algunos de sus protagonistas –directivos, futbolistas, árbitros, empresarios y periodistas– operan como una logia en la que se tapan todos los hechos “sucios” e impera la ley del silencio.

Tal como lo han reseñado algunos analistas, observadores, hinchas y hasta ciudadanos del común, el directivo fue osado al abrir la puerta de la historia del narcotráfico en el fútbol a través de un valiente gesto simbólico al proponer la devolución de dos estrellas, las que, al parecer, fueron ganadas gracias a la presencia económica del narcotraficante José Gonzalo Rodríguez Gacha, ‘El Mexicano’, en el equipo. El debate aún sigue abierto.

Sin embargo, hay un capítulo que debería complementar la reflexión que vienen haciendo varios sectores del país en relación con la presencia de capitales ilegales en este deporte. Se trata de la injerencia paramilitar de finales de la década del noventa y durante buena parte de la década del 2000 en la dinámica de algunos equipos de la división profesional y aficionada.

Esa es una verdad a la que pocos hacen referencia y si la de los narcotraficantes estuvo bajo llave por varios años a pesar de las evidencias, la del paramilitarismo está, si se me permite la figura, en una pesada caja fuerte, que nadie quiere abrir. Es más, ni siquiera ha surgido en los tribunales de Justicia y Paz, donde se juzga a los exmiembros de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

Diversos análisis explican que los narcotraficantes se “metieron” al fútbol por varias razones, entre las que se destacan la inserción social, exhibición de poderío económico y lavado de activos provenientes de sus negocios ilegales. Pero los paramilitares fueron más allá y convirtieron sus gustos por este deporte no sólo en un circo, sino en un entramado donde confluyeron capitales legales e ilegales, públicos y privados, y eso ya le da otro cariz al tema.

¿Van a negar algunos futbolistas de primera división, aún activos, que atendieron invitaciones que poderosos jefes paramilitares extraditados a Estados Unidos les extendieron para que asistieran a sus fincas a jugar aquellos famosos ‘picaditos’ con el fin de satisfacer sus gustos, estimular las apuestas y brindar espectáculos a los hombres en armas? Jamás podrán alegar que viajaron a esas zonas bajo presión, porque a estas alturas esa excusa no sería creíble. Fueron porque, como dirían ellos, los invitó “el patrón”; además, les pagaban hasta diez millones de pesos por partido, una suma generosa y un “sobresueldo”.

¿Cómo entender que en zonas de fuerte presencia paramilitar y en la que muchas de las inversiones provenían de sus arcas, se crearan equipos de fútbol que hoy no existen? ¿Serán capaces directivos, técnicos, jugares de fútbol y hasta exalcaldes de hacer memoria y contar cómo fueron esas épocas, que son recientes realmente, y explicar cómo fue el sistema de contratación, cuánto ganaban, cómo se articulaban las administraciones locales y por qué hoy ya no existen o vendieron sin ningún problema su ficha deportiva a otros equipos?

Ese poderío también se sintió en algunos estadios del país. Hace varios meses me contaron la siguiente historia: en un estadio repleto de espectadores a finales del 2003 se iba a jugar un encuentro de Copa Libertadores. En esa ocasión y por disposiciones de seguridad, se prohibió que los jugadores saltaran a la cancha con menores de edad, como es habitual en partidos locales.

Pese a ello, uno de los jugadores del equipo local quería salir al gramado con un niño en brazos; de inmediato, fue abordado por un directivo quien le explicó que, en esa ocasión, eso no estaba permitido. El jugador le respondió que lo tenía que hacer y agregó: “usted no sabe de quién es este niño, lo mejor es que me deje llevarlo”. El directivo insistió en la prohibición, pero alguien fue hasta el sitio donde estaba el jefe paramilitar y le explicó lo que pasaba. El tipo bajó de la tribuna a la zona de camerinos, golpeó al directivo y exigió que su hijo saliera a la cancha con el equipo, lo que en efecto pasó. Varias personas se le acercaron al directivo y le recomendaron que no hiciera nada contra el agresor, “es mejor que se quede quieto, que usted no sabe quién es”. Una vez enterado del asunto, el directivo se vio obligado a pedirle disculpas al paramilitar.

Hay jugadores también, hoy en retiro y aún jóvenes, que deberían explicar cómo, de la noche a la mañana, se convirtieron en empresarios del fútbol. ¿De dónde sacaron el capital con el cual comenzaron a comprar fichas de jugadores extranjeros y a venderlos en equipos colombianos? ¿Será que estuvieron “apadrinados” por jefes paramilitares y por eso tanto silencio?

Pero hay más gente que debería hablar, sólo para hacer memoria, si quieren. Se trata de líderes de las barras de algunos equipos de fútbol que, por varios años, fueron controladas y patrocinadas por jefes paramilitares. Esa injerencia allí tuvo que ver con una dinámica de control urbano mucho más amplia en tiempos que había que cuidar la imagen de una de las principales ciudades del país.

En el año 2003, las barras de uno y otro equipo, rivales históricos, se descompusieron y comenzaron una serie de refriegas callejeras inaguantables no sólo para los hinchas que iban con sus familias al estadio, sino para los vecinos del complejo deportivo. Para poner orden, aparecieron mandos medios de una organización paramilitar y dejaron un mensaje muy claro: “o se componen o los componemos”. Ese disciplinamiento costó varios muertos. ¿Negarían los líderes de las barras aquellas tensas reuniones con un experimentado paramilitar y narcotraficante que los citaba “para saber cómo iban las cosas” y les imponían condiciones para mantener a los integrantes de las barras calmados?

Si se trata de hacer memoria de la presencia de sectores ilegales en el fútbol, que sea integral y no por episodios distantes. Aún hay mucho responsable de esa injerencia paramilitar en la calle que hoy posa de “hombre de bien” y que debería, por lo menos, estar contando la verdad. Sólo eso.

* Periodista e investigador. Texto publicado originalmente en Semana.com