domingo, 27 de mayo de 2007

La hinchada antiimperialista

Crónica de un domingo de marzo en Bogotá

Por Sandra Milena Rueda
Periodista


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Era un día bizarro, un día sin tráfico, un día aterrador, pero aun así los estadios en Bogotá y el país abrían sus puertas a las personas que dejan de lado su rutina y se embarcan en un juego de noventa minutos donde la pasión es el elemento central para entrar en una nueva realidad de resistencia y apoyo a un equipo de fútbol.

El conocido Mister Danger, George W. Bush, visitaba la capital de Colombia, aquella ciudad caracterizada por su constante movimiento y su esencia urbana y afanosa; y llegaba el séptimo día de la semana, llegaba domingo, aquel día considerado por los rolos como de descanso, para algunos de deporte, para otros, un día familiar. Y sin duda alguna para muchos: el día futbolero, el día en que las aficiones se visten de su color representativo y se movilizan masivamente a los estadios.

Por los medios corría el rumor de que por razones de seguridad los partidos de aquel domingo serían aplazados, las vías seguramente estarían intransitables, y la hinchada capitalina, acostumbrada a ver a sus equipos, no podría disfrutar del fútbol como sagradamente lo hacen cada domingo. Pero la decisión fue que sí habría fútbol, pues no le caería mal al emperadorcito que la gente se distrajera mientras él recibía la visita del patrón Bush.

Millonarios se enfrentaría ante el Cúcuta Deportivo en el estadio El Campín, y por su parte, el Independiente Santa Fe jugaría ante Seguros La Equidad en el estadio de Techo. Un hecho pocas veces visto: los dos equipos bogotanos jugarían en su ciudad sin enfrentarse el uno al otro. Un día esperado pero ahora irrumpido por alguien que llegaría del Norte.

Ese triste día de marzo se permitió a la hinchada vivir sus emociones domingueras en sus correspondientes canchas, mientras que en el centro de la ciudad se viviría un hecho histórico, importante para unos y desagradable para otros. Había que estar presente en dos sitios aquel día: el primero, como siempre en la tarde de los domingos: ver al rojo, a Santa Fe. Pero también, un día diferente como éstos, sentía un compromiso con la patria, con mis compañeros estudiantes, con mis familiares y con la sociedad. Debía hacer sentir la voz de la inconformidad de recibir en la ciudad que me vio crecer a aquel señor causante de tantas de mis tristezas diarias al ver las noticias nacionales e internacionales.

Salí aquella mañana decidida a vivir intensamente aquel concurrido domingo. Divisar la calle 26 ese día fue una de las imágenes más impactantes de mi vida: los contaminantes buses urbanos no estaban, los ruidosos automóviles no pasaban, no había ciclovía ni transeúntes deportistas. Era una calle desolada, tenebrosa, ligeramente verde, o mejor aún: exageradamente verde: un policía cada diez metros ubicados en los tres andenes de la avenida ocupaban aquella calle por la que circulo diariamente, la misma que en diciembre viste tan bella.

Necesitaba llegar a la 26 con séptima, lugar de concentración de miles de personas que llegaban allí a pronunciarse y a manifestarse en contra de ese gringo, que pasaría a pocos metros en ostentosas limosinas y caravanas.

Empecé a caminar, los policías me dirigían sus miradas como vil sospechosa, había silencio en la calle, pero no un silencio de tranquilidad. Por el contrario, un silencio abrupto y descortés. Pasé por un restaurante que a pesar de tener sus puertas abiertas no tenía clientes, y el cual con pancartas en sus ventanas pronunciaba su desacuerdo con la visita del personaje ya anteriormente dicho.

Después de caminar más de veinte cuadras llegue a un lugar aún más aterrador pero para mí algo reconfortante, al divisar que no estaba sola, que había personas que no sufren del mal del país: el mal de la indiferencia y del olvido. Todos rodeados por los famosos agentes del Esmad, bien protegidos y frente a frente con valientes muchachos que cubrían sus rostros y, sin armas, desafiaban a los encargados de la seguridad.

El ambiente estaba pesado, nunca había vivido la tan impactante escena de ver un gas lacrimógeno caer a menos de tres pasos de mí, fue inevitable sentir sus efectos, en mi pecho, en mis pulmones, las lágrimas brotaban y a pesar de saber que era consecuencia de aquel maligno gas, también había tristeza en ellos, se me dificultaba respirar. Los protestantes corrían de un lado a otro, todo era nubloso e inentendible para mí, tuve miedo, miedo inexplicable, el miedo lo sentimos todos, y tengo la certeza de que tanto policías como manifestantes sentían el miedo que se respiraba en el lugar.

Salí despavorida de allí, quería ir a ver a Santa Fe, y empecé a caminar de regreso al lugar de dónde partí, un lugar aparentemente seguro: mi hogar. Me movilicé en la tarde al estadio de Ciudad Techo, toda la capital estaba desolada. Al llegar al estadio sentí alivio una vez más, la mancha roja estaba presente a pesar de las dificultades de transporte.

La tribuna llena, los cantos y el bombo retumbaban en mis oídos, y en el sector sur una bandera tricolor se desplegaba con una insignia en letras grandes y negras que decía: “Fuera Bush”. La hinchada cardenal no era indiferente a lo que sucedía en otro punto de la ciudad, y yo una vez más sentí el placer de saber que hay quienes comprenden aquella inconformidad que me aturde y a veces no me deja dormir.

Lastimosamente la realidad de nuestro país en el estadio también se refleja. Un policía prohibió colgar la bandera que posiblemente saldría en los medios y que la hinchada con dedicación había pintado. Un típico final para un típico Colombia, sin dejar a un lado que mientras tanto en Medellín la hinchada de Atlético Nacional sí había podido enviar su mensaje por TV, con un gran trapo que decía: “Fuera Bush. Estudiantes U.N. presentes”.

Al otro día todo era normalidad, los buses de nuevo contaminantes, el tráfico insoportable y la gente continúa pasante en su rutina sin entender que posiblemente algo malo está pasando.