viernes, 10 de agosto de 2012

El sueño de un niño de Livorno

Por Enric González

Dinero, celebridad y comodidad son las tres llamadas irresistibles de los tiempos que corren. Existe, sin embargo, un tipo que no cedió al reclamo y prefirió, en cambio, un sueño. Se llama Cristiano Lucarelli, tiene 29 años, juega como delantero centro y en su ciudad será recordado por muchas generaciones. Pagó mil millones de liras, digamos cien millones de las antiguas pesetas, por una oportunidad: la oportunidad de realizar sus sueños y pasar a la historia. Y no falló.

Entre quienes guardarán en la memoria las gestas de Lucarelli no figuran, seguramente, los aficionados del Valencia, que le soportaron durante una temporada mediocre en 1998-1999. Tampoco tendrá monumentos a la entrada de los estadios del Perugia, el Cosenza, el Padua, el Lecce y el Torino, todos los equipos por los que pasó en diez años de carrera profesional. Ni quedará en los anales de la selección italiana. Su carrera internacional terminó en 1997, cuando, con la Sub-21, marcó un gol a Moldavia y se quitó la camiseta azurra para mostrar a las cámaras de televisión, en riguroso directo, la que llevaba debajo: una con la efigie del Che Guevara. Por alguna razón, aquello molestó a la Federcalcio. No volvió a ser convocado, ni con los jóvenes ni con los mayores.

Video del gol de Lucarelli donde muestra debajo de su camiseta la imagen del Che Guevara.

Lucarelli es de Livorno y comunista, lo que equivale, casi, a decir de alguien que es de Osaka y tiene los ojos rasgados. El Partido Comunista Italiano nació en Livorno, el puerto industrial de Toscana, en 1921. Y la ciudad siempre ha sido de izquierdas. Como Lucarelli, que se ha puesto en el móvil la melodía de Bandiera Rossa. Nació en un barrio marítimo de mala fama conocido como Shanghai, hijo de un estibador portuario militante del partido y del sindicato. El niño Cristiano estuvo rodeado desde el principio de banderas rojas, por el PCI, y granas, por el Livorno. De mayor quería ser el delantero del Livorno que marcara el gol del ascenso a Primera. Hoy recuerda que, pese a su pasión total por el Livorno, tenía una esquina del alma con los colores del Inter, “porque ellos tampoco ganaban nunca”. Lo cual da una idea del personaje y del Livorno, una de las sociedades con menos historial del calcio. Ganó una Copa en 1987, y ya está. Por resumir: desde 1949 merodeaba entre Segunda, en las temporadas triunfales, y Regional, en las normales.

En primavera de 2003, Lucarelli estaba en el Torino y su representante, el abogado Carlo Pallavicino, le estaba buscando nuevo equipo. Las ofertas, todas de clubes de Primera, eran razonables: casi un millón de euros por año. Pero resultó que el Livorno subió a Segunda. Y Lucarelli le encargó a Pallavicino que le encontrara un puesto en su equipo del corazón, donde no había jugado nunca. El Livorno no podía pagar más que unos cientos de miles. Lucarelli aceptó, renunciando a sueldos que ascendían a más del doble, a la fama televisiva de otros clubes y a la comodidad de un puesto secundario. El propio Carlo Pallavicino ha publicado un libro sobre esa decisión y sobre lo que ocurrió después. “Quedaos con los mil millones”, se titula.

Lo que ocurrió después fue que Cristiano Lucarelli volvió a su ciudad y vistió el grana de su equipo convertido en el jugador mejor pagado del Livorno y en símbolo del sueño secreto de decenas de miles de livorneses: poner el pie en Primera, 55 años después. Lucarelli, un hombre con más pasión que capacidad reflexiva, se echó la responsabilidad a la espalda como si nada y jugó como nunca en busca del sueño de su infancia.

El día en que marcó el gol número 25 de la temporada, el milagro estaba hecho. El Livorno ascendió.

Lucarelli anotó ayer otros dos tantos que valieron tres puntos. El presidente de la República, el impecable Carlo Azeglio Ciampi, livornés y livornista, debió celebrarlo por todo lo alto. El Livorno se acercó un poco más a la mitad de la tabla y al objetivo de la permanencia.

Cristiano Lucarelli es un tipo que ha cumplido sus sueños, que vive entre los suyos y que será recordado por muchísimo tiempo en su ciudad. Y sólo ha pagado mil millones de liras por todo eso.

Publicado originalmente el 13 de diciembre del 2004 en Historias del calcio

jueves, 9 de agosto de 2012

El santo zurdo

Orgullo de millones en Alemania, el Sainkt Pauli es un particular club de izquierda en ese país, y tiene como principal rival al fascismo.


Por Gerardo Sosa
Marcha.org.ar

Con las características del folclore de nuestro futbol, sería llamativo (cuando no quimérico) que un equipo local levante banderas antifascistas, antisexistas y antirracistas, cuando justamente el fundamento y el compuesto de la interpelación para con las hinchadas de otros equipos son condimentos fascistas, machistas y racistas. No obstante, aunque lejos de estos lares, existe un club que esgrime aquellas reivindicaciones que, a nuestra cotidianeidad, resultan por demás extrañas. El St Pauli, club que milita actualmente en la segunda división del futbol alemán -la Bundesliga 2-, cuenta con esos estandartes, que son su orgullo y le delimitan un singular carisma. Lejos de ser desconocido, cuenta con una afición que supera los 11 millones sólo en Alemania, fue fundado hace poco más de cien años y es una de las mayores atracciones del estado de Hamburgo, además de poseer más de 200 clubes de fans en todo el mundo.

Reconocido como el club de la clase trabajadora y con la bandera pirata como su logo (además de la del Che Guevara), el “cuadro del puerto” es mundialmente célebre por su anticapitalismo. Ícono de la izquierda a nivel global, tiene una gran amistad con otras hinchadas que se declaran antifascistas y libertarias, como las del Celtic Glasgow de Escocia, el Livorno de Italia o el Rayo Vallecano de España. Corny Littmann, ex presidente del club, se declaró abiertamente homosexual y bajo su mandato se promovieron políticas de inclusión en barrios bajos alemanes, como el proyecto que actualmente se lleva a cabo en la ciudad de Kick, con el cual el club alienta el deporte en niños -varones y mujeres por igual- de 7 a 17 años. También resultan llamativas la participación y el poder de decisión que detentan los seguidores en la cotidianeidad del St Pauli. En el año 2002, los directivos del club retiraron de su estadio, el Millerntor, los carteles con publicidad de la revista “Maxim” tomando en cuenta un planteamiento de sus hinchas, que consideraron que se trataba de un anuncio ofensivo e injurioso para con las mujeres. Por estas maneras de conducirse en materia de género es que en los partidos que el St Pauli juega de local, las tribunas tienen una abrumadora presencia femenina.

Como todo cuadro que despierta muchas pasiones, el St Pauli tiene un “superclásico”. Su antagonismo se materializa contra el Hansa Rostock, y la antinomia no es en términos deportivos sino políticos: su archirrival tiene facciones neo-nazis en su hinchada y es el equipo de una ciudad donde es fuerte la extrema derecha. En Rostock, en período de elecciones, los candidatos de esa vertiente ideológica tienen una gran cantidad de votos. En el marco de la aversión contra sus reaccionarios rivales, el St Pauli dio a luz a uno de sus ídolos máximos: Deniz Naki. Fichado a mediados del 2009, el delantero de descendencia turca logró una gran idolatría por parte de la afición cuando, en un partido jugado en casa del Hansa, hizo ante la tribuna rival la señal de cortarles el cuello, y acto seguido clavó en el césped la bandera de su club, cual guerrero clava su estandarte en territorio enemigo, secundado por la arenga de sus compañeros. El St Pauli ganó ese encuentro por 2 a 0 y Naki convirtió el segundo gol. Al año siguiente a su fichaje colaboró con siete goles para el ascenso del equipo a la máxima categoría del fútbol alemán.

Sin poseer un palmarés abultado ni ostentar participación en torneos a nivel continental, el St Pauli y sus seguidores festejan a lo grande sus contados logros. Uno de sus recuerdos imborrables es su victoria en la temporada 2001/2002 sobre el Bayern Munich por 2 a 1. En ese entonces el Bayern era campeón europeo e intercontinental (había vencido a Boca por 1 a 0 en Japón). En aquel momento, “Los piratas” divulgaron por toda Alemania la frase “Weltpokalsiegerbesieger”, traducido como “los vencedores de los campeones mundiales”, adjudicándose ese mote.

También es reconocido el tributo que le rinden al St Pauli numerosas bandas de música alternativa con compromiso político, como Bad Religion, los noruegos Turbonegro o los ingleses Art Brut, quienes le compusieron una canción e incluso asistieron a varios partidos. “Los piratas” cuentan además con un estricto ritual musical, el de salir al campo de juego cuando oficia de local con el tema de AC/DC “Hells Bells” como himno de batalla, además de introducir el enérgico estallido del tema de Blur “Song 2” cada vez que el equipo mete un gol. Todas estas particularidades hacen de este club una rara avis a nivel mundial, aunque quizás no sean pocos los que bregarían por la existencia de muchos St Pauli, en todas las latitudes.

miércoles, 1 de agosto de 2012

Giggs lidera rebelión para no cantar el himno británico

Ni él ni los otros cuatro galeses del equipo, ni las escocesas de la selección femenina cantan el 'God save the Queen' por considerarlo un símbolo meramente inglés.


Ryan Giggs, capitán de la selección olímpica británica de fútbol, ha creado una polémica en el Reino Unido al negarse a cantar el himno nacional al inicio de los encuentros, al igual que otros jugadores galeses de ese equipo.

Giggs, a sus 38 años icono futbolístico de la Liga inglesa y capitán del combinado nacional en este torneo, considera que el "God save the Queen" ("Dios Salve a la Reina") es más un himno inglés que británico.

El silencio de Giggs ha sido secundado por los también galeses Craig Bellamy, Joe Allen, Aaron Ramsey y Neil Taylor, lo que ha generado en el Reino Unido un acalorado debate sobre patriotismo, nacionalismo e identidad.

No obstante, el propio Giggs ha pedido respeto. "Todo himno nacional, no importa que sea el de tu peor enemigo, dura sólo uno o dos minutos y hay que estar en silencio y demostrar respeto", dijo el delantero del Manchester United y de la selección nacional galesa.

La situación no es nueva, pues las jugadoras escocesas de la selección de fútbol tampoco lo cantan. Pero el brillo de una estrella mundial como Giggs ha magnificado el debate en un país que se dio un baño de patriotismo tras el éxito de la ceremonia inaugural de estos Juegos Olímpicos.

Al parecer, nadie reparó en que Giggs es un galés "orgulloso" de su país cuando el seleccionador nacional, Stuart Pierce, le nombró capitán del equipo porque, al final, decidió no convocar a David Beckham, un jugador inglés, londinense y muy monárquico. El veterano extremo del Manchester United se ha declarado orgulloso de poder participar en unos Juegos, pero no de representar al Reino Unido.

"La posibilidad de competir en el evento deportivo más grande del mundo era una oportunidad que no podía rechazar", ha asegurado Giggs, quien nunca ha podido disputar una fase final de un torneo futbolístico internacional con Gales. Como Escocia, Irlanda del Norte e Inglaterra, los "dragones" tienen su propia federación nacional y compiten como equipo independiente en los torneos organizados por la FIFA o la UEFA.

Con EFE

domingo, 29 de julio de 2012

Libardo Mora Toro: el atleta comunista que corrió por Santa Fe

Libardo Mora Toro fue un atleta y militante comunista que corrió con los colores del Club Independiente Santa Fe. Ingresó al Ejército Popular de Liberación y cayó en combate en 1971.

Por Ricardo Ávila Palacios
El Espectador


A mediados del siglo veinte el discurso marxista-leninista torció el destino de un atleta alto, de calvicie prematura y dueño de una zancada impresionante para los de su época. De las pistas saltó a la guerrilla, donde permaneció hasta su muerte.


Una protesta inusual rompió la tranquilidad en los VI Juegos Deportivos Nacionales, celebrados a comienzos de 1950 en Santa Marta y cuya importancia radicaba en que allí se seleccionaría al equipo colombiano que días después intervendría en los Juegos Centroamericanos de Guatemala.

Al terminar su actuación en el campeonato atlético, Libardo Mora Toro (vencedor en los 800 y 1.500 metros e integrante del cuarteto que dominó la posta larga), en un acto de rebeldía, devolvió a la Asociación Colombiana de Atletismo las tres medallas de oro que ganó, en rechazo por su exclusión de las justas centroamericanas. Debido a su polémica determinación, Mora recibió una sanción de 18 meses, durante los cuales no pudo competir.

El castigo no tenía razón de ser desde el punto de vista exclusivamente deportivo, si se tiene en cuenta que ese año Mora fue uno de los mejores atletas en Colombia, al imponer tres nuevos registros nacionales en un lapso de ocho días en la milla, los 800 y 3.000 metros. Sin embargo, un año después participó en los I Juegos Panamericanos de Argentina, donde fue eliminado en las primeras de cambio en los 1.500 metros.


Nacido en Alcalá (Valle del Cauca), en 1924, hablar de Mora, un hombre alto, delgado, de calvicie prematura, poseedor de una zancada impresionante para los de su época, competidor aguerrido y valiente que siempre corrió por el departamento de Caldas, es remontarnos a un polémico personaje de los años 50, que dejó huella en su paso por la vida. Inclusive, formó parte del plantel de atletas que a finales de los años 40 corrió por la camiseta del Independiente Santa Fe, cuando esa institución era un verdadero club deportivo.

El guerrillero

En el ocaso de la década del 50, el espíritu deportivo del atleta cedió a la seducción de las ideas de izquierda que se debatían en los pasillos de la Universidad Libre —donde se graduó como abogado—. Entonces el discurso marxista-leninista, en plena vigencia de la Guerra Fría entre las flamantes superpotencias, lo absorbió y poco después de su última competencia internacional en los III Juegos Bolivarianos de Caracas-61 (allí fue subcampeón en 800 y 1.500 metros), Mora representó los intereses del Partido Comunista Colombiano (PCC) en Moscú, donde intervino en el Congreso de Juventudes Comunistas, un encuentro que marcaría su nacimiento como agitador de alto turmequé.

El 11 de marzo de 1962, meses después de su actuación en la capital soviética, “el Comité Ejecutivo Central de la Juco (Juventudes Comunistas) expulsó de sus filas a Libardo Mora Toro (cofundador del PCC-ML) y Víctor Medina Morón (cofundador del Eln)”*. Al parecer, sus recias críticas a la dirección del partido desencadenaron la ira de los altos mandos, que tomaron la decisión de apartarlos de ese colectivo. Otras versiones no descartan que ambos participaban en un complot.

Medina, tras ser acusado por la muerte de otro guerrillero del Ejército de Liberación Nacional (Eln), acabó sus días frente a un pelotón de fusilamiento el 22 de marzo de 1968.

Al ser indagado sobre el momento en que Mora ingresó a las filas de la guerrilla, el ingeniero
José Briceño —exatleta, periodista e ingeniero civil actualmente radicado en Canadá, y quizá el colombiano más erudito en temas de atletismo— señala que “no hay precisión sobre la fecha de su vinculación como miembro directivo y combatiente del Ejército Popular de Liberación (Epl), en Santander”.

Pero sí recuerda que “por esa época revolucionaria de los años 60 viajaba por tierra y se vestía con ruana y sombrero, camuflándose como campesino, al decir de alguien que una vez lo encontró en una fonda por los lados de Antioquia. Se desconoce también cuántas veces estuvo en Cuba, pero tenía buenos contactos con los líderes de la revolución castrista y después de su muerte (fue dado de baja en combate en diciembre de 1971), sus hijos recibieron becas para irse a ese país”.

Briceño también rememora que durante su vida en la clandestinidad Mora participó en diferentes ataques armados y “oficialmente” fue dado de baja en combate por lo menos cinco veces, hasta que sus compañeros de revolución confirmaron su deceso en diciembre de 1971. Sin embargo, su cadáver nunca fue entregado a su familia, no obstante la tramitomanía que cumplieron para obtener el certificado de defunción. Hace 40 años un reducto subversivo del Epl fue bautizado como
Frente Libardo Mora Toro, en homenaje al combatiente caído.

En 1963, Mora intervino en una reunión de las Juventudes Comunistas (Juco) en Alemania. “Allí se le encomendó trasladarse a Bucaramanga para organizar el sabotaje a oleoductos e instalaciones petrolíferas, trabajo que al parecer tuvo algunos frutos, pero que, sobre todo, determinó sus estrechas conexiones con jóvenes estudiantes y dirigentes sindicales del petróleo que más tarde fundaron el Ejército de Liberación Nacional (Eln), donde militó por algún tiempo”, según un artículo del diario El Tiempo, publicado el 29 de diciembre de 1971, con ocasión de su muerte.

“(…) hasta enero de 1968 poco se volvió a saber de él públicamente. El 9 de ese mismo año y mes, una patrulla militar halló sobre el cadáver del cabo Luis Mendoza —muerto en combate— un documento firmado por Mora, en el cual aparecía como miembro de la Junta Patriótica Regional del Alto Sinú y Alto San Jorge.

Públicamente sus últimas actuaciones conocidas fueron el 20 de mayo de 1969, cuando fue designado integrante del Comité Ejecutivo Central del PCML, y la del 9 de agosto de 1971, cuando firmó un volante en que invitaba a los atletas nacionales a abstenerse de participar en los Juegos Panamericanos de Cali”, reseñó ese diario.

Esa es la historia de Libardo Mora Toro, que se perdió en el tiempo y en la ingratitud. Hoy, dice Briceño con nostalgia, “nadie lo recuerda, quizá porque no marcó un gol o porque no abrió las nubes grises del firmamento para que Dios viera una gambeta como lo hacían los famosos jugadores del momento. Lo único que hizo Mora fue correr y correr”.

Nota:

sábado, 28 de julio de 2012

El Che Guevara: el deportista prohibido

Por Ariel Scher
11wsports.com


Carlos Espejo Pérez sabía hacer del agua una ruta, una fiesta o una gloria. Nadaba como un crack y, a veces, hasta mejor. Por eso ganó carreras en tantísimas piletas, por eso alcanzó en 1947 el récord sudamericano de los 200 metros en estilo pecho y por eso, también por eso, hubo una época argentina en la que muchos chicos se enfundaban convencidos en sus trajes de baño, inflaban los pectorales aún mínimos y se ilusionaban con que sus cuerpos navegaran sin ayuda como el de ese deportista de brillo. Pasaba especialmente en Córdoba, la tierra de origen del gran Espejo Pérez, donde mover los brazos, atrapar el aire o, aunque sea, salpicar hacia los costados igual que un nadador de los buenos representaba una hazaña que le daba sentido a la infancia. No hay un solo registro de cuántos jovencitos se dieron el gusto de alcanzar alguno de esos objetivos, pero sí se conoce que uno de ellos hizo el intento con un hermano de Espejo Pérez, Luis Juan de Dios, como breve maestro. El pibe portaba doce años, un empecinamiento que le permitiría enfrentar a adversarios mucho más encarnizados que los que habitan en una piscina y, por entonces, saludaba y sonreía cada vez que le decían "Ernestito". Estaba en el Sierras Hotel, de Alta Gracia, y pocos necesitaban nombrarlo añadiendo su apellido: Guevara. Todavía faltaban décadas, maduraciones, viajes, luchas y revoluciones para que en todas las aguas y en todas las tierras del mundo fuera exactamente el Che.

Tanto se destacó Espejo Pérez que llegó a ser olímpico. Le sucedió en 1948, cuando se convirtió en uno de los 17 nadadores argentinos que surcaron la Empire Pool, uno de los escenarios de unos Juegos que cerraban la brecha sin competiciones que se abrió por la Segunda Guerra Mundial. Terminó en el puesto 19 en aquella aventura, seguro de que no desplegó la más eficiente de sus actuaciones y sin suponer la paradoja que construiría a través de los años la Londres en la que había participado. Curiosa Londres olímpica: en 1948, le dio espacio a los movimientos del hermano de un circunstancial orientador de Ernesto Guevara en las piletas; en 2012, en cambio, el Comité Organizador de los Juegos, en esa misma Londres, dispuso que el rostro de ese chico que fue alumno de natación no apareciera en los lugares en los que se salta, se corre, se nada y se sueña.

Cierto es que, emblema de Cuba y de muchísimas voluntades transformadoras que dan vueltas por el universo, Guevara fue y es notorio por otras cuestiones antes que por el deporte. Espejo Pérez, el nadador campeón cuando el Che se educaba no sólo en nadar, resultó tema de muchísimos artículos periodísticos y hasta arribó a la tapa de la mítica revista El Gráfico en el número 1.436, en 1947: allí, su rostro joven emergía de unas aguas azules y plateadas, con la boca abierta como para apropiarse del oxígeno entero del planeta y con los hombros tensos y perfectos, listos para ir detrás del rumbo correcto. El Che, por contrapartida, fue más cronista deportivo -de su querido rugby, en 1951, en la revista Tackle- que entrevistado deportivo. Sin embargo, también apareció en El Gráfico. Ocurrió en mayo de 1950, al cabo no tanto más tarde que en la edición de la tapa de Espejo Pérez. En el número 1.606 de la publicación -con Adolfo Paraja, futbolista de Quilmes, ocupando la portada-, Guevara era Ernesto Guevara Serna y se lo veía, muy envuelto en ropas, en una publicidad de un motorino (una bicicleta con motor), en la que resaltaba las virtudes técnicas del vehículo con el que vibró durante 4.000 kilómetros sobre la superficie diversa y fascinante de una docena de provincias argentinas. La humanidad está enterada, por medio de biografías pormenorizadas y emocionantes, de que luego vendrían viajes más largos y más decisivos que no saldrían en El Gráfico.

El Che prohibido por las autoridades de Londres 2012 fue asesinado en Bolivia en octubre de 1967, justo cuando el prestigioso politólogo francés Jean Meynaud derrotaba a unos cuantos prejuicios y empezaba a publicar trabajos sobre los lazos entre el deporte y la política, un tema hasta ese momento percibido como menor en el ámbito académico. En esos materiales, que desembocarían en un libro notable, titulado en español como "El deporte y la política. Análisis social de unas relaciones ocultas", Meynaud recorrió con detalle las lógicas del olimpismo en el que detectó, como en casi cualquier construcción humana, esplendores y esperanzas que siguen conmoviendo y, también, miserias que no paran de doler. Se detuvo, en especial, en un punto al que llamó "el apoliticismo deportivo y sus límites". Con claridad, tornó evidente que el "apoliticismo" es una toma de posición política y marcó la diferencia entre "el apoliticismo-ilusión" (una especie de ingenuidad desde la que se cree que es posible que una competición transcurra sin que ninguna situación de poder, de potencialidades económicas y de historias culturales gravite en ella) y "el apoliticismo-táctica", que con frecuencia se enarbola desde sectores de poder: se argumenta que la política y el deporte no tienen que vincularse para, en el fondo, hacer que se vinculen de un determinado modo político.

"El apoliticismo-táctica" se puede comprender evocando dos gestos famosos de la historia olímpica: en los Juegos de 1936, los deportistas alemanes desfilaron en Berlín haciendo el saludo nazi ante Adolfo Hitler y no recibieron ningún castigo del Comité Olímpico Internacional, tal vez porque expresaban lo dominante, una porción de poder que no ponía en cuestión el mundo en el que vivían las élites directivas y ricas del olimpismo; en los Juegos de 1968, al revés, los atletas negros que se subieron al podio de los 200 metros e hicieron el símbolo del Black Power fueron sancionados con dureza, precisamente porque su protesta se oponía a la realidad -no deportiva sino política y social- que los potentados de la conducción olímpica no querían que se moviera.

La imposibilidad de ingresar a los recintos olímpicos con la imagen del Che estampada en las remeras es una definición política tomada bajo el recurrente argumento de "no mezclar la política con el deporte". Del otro lado, hubo más generosidad: Guevara no se prohibió incluir en su existencia a las imágenes olímpicas. En el libro "Che deportista", el cubano William Gálvez recogió un testimonio maravilloso de José Arbezu, un funcionario en la embajada de Cuba en Egipto que, unos cuantos lustros después, permanecía asombrado. Es que, de gira por África en 1965, el Che desatendió ciertas recomendaciones de seguridad y salió a la calle con un plan irrompible: se fue al cine a ver un documental sobre los Juegos Olímpicos de Tokio de 1964. Le interesaba más que mucho.

Suena tan burda la proscripción del Che en los Juegos que tienta encontrar una interpretación alternativa. Quién sabe. Los expertos en imaginar grotescos quizás dirán que semejante disposición es atribuible a que su apetito deportivo central fue el rugby, un deporte que recién regresará al programa olímpico, en la versión de siete jugadores, en 2016 y que anduvo distante, como enojado, del símbolo de los cinco anillos entrelazados desde su paso por París en los Juegos de 1924. Y sí, es innegable: Guevara fue menos olímpico que rugbier. No sólo ejerció como redactor de la revista Tackle sino que jugó y jugó, desafiando a los rivales y al asma que le envolvió los bronquios desde la primera niñez. Era un inside aguerrido que, cuando se sentía arrasado por las maldiciones de la respiración, apelaba al inhalador que le alcanzaban desde el costado del campo algunos preadolescentes entre los que, por ejemplo, se contaba el periodista Diego Bonadeo, testigo y narrador de esa experiencia.

Alberto Granado, el extraordinario compañero de itinerarios y de esperanzas del Che, obró en Córdoba como introductor al rugby de ese inside singular al que Bonadeo vio aferrarse a una pelota ovalada sobre suelo bonaerense en equipos como Yporá. "Estudiantes -evocó Granado cada vez que se lo requirieron- era un club desprendido de otro, más antiguo, llamado El Tala. Yo jugaba allí junto con mis hermanos y era el entrenador de la segunda división. En septiembre u octubre de 1942, vino Ernesto y me dijo que quería jugar al rugby. Había un problema. El tenía asma y la gente tenía miedo de que jugara porque varias veces se nos quedó duro en medio del campo. Pero como yo también había sido muy discriminado en el rugby porque era petiso y flaco, le dije 'te voy a enseñar'. Y él aprendió".

De cualquier manera, el propósito de los organizadores olímpicos de restringir a Guevara llegó tarde. El Che fue cronista y reportero gráfico de un acontecimiento de la misma órbita en 1955, cuando su circunstancial residencia en México lo puso en el tiempo y en la geografía precisas para cubrir los segundos Juegos Panamericanos. Los ojos atentos para las fotos y los dedos listos para los textos poblaron sus envíos para la Agencia Latina, una empresa que jamás le pagó por su labor. Dos argentinos con futuro de censura olímpica se entrecruzaron en México sin intuir que lo serían: uno, el Che, el de la efigie que no podrá exponerse en las vestimentas de Londres; el otro, Osvaldo Suárez, un excepcional fondista al que Guevara le destinó artículos por el tranco increíble que lo transportó hasta dos medallas doradas, alguien ausente en la convocatoria olímpica de Melbourne, en 1956, a pesar de sus perspectivas de ascender al podio, a causa de las resoluciones marginatorias e indefendibles de la dictadura que la Argentina inauguró en 1955.

El fútbol como identidad argentina y la pertenencia a Central por el nacimiento rosarino, el golf con lecciones cordobesas y los ensayos de tenis, unas búsquedas universitarias de atletismo y una observación cubana del béisbol, el montañismo en los días prerevolucionarios y el hallazgo temprano de los vuelos guiado por un tío. Eso y más que eso constituyó el deporte del Che y, sobre todo, el ajedrez, el juego que lo avisó en 1939 de la existencia de Cuba cuando el campeón José Raúl Capablanca expuso su genio en Buenos Aires, el mismo juego que lo apasionó hasta el final.

En Tucumán, su hogar en la actualidad, Espejo Pérez conserva recuerdos de Guevara. "Mi hermano me contó que el Che tenía un carácter muy fuerte y una gran voluntad de ganar", dice. De ese carácter, de esa voluntad victoriosa y de algunas otras cuestiones están enterados muchos en el mundo: como símbolo, como protesta, como rostro o como idea, el Che sigue presente. Podrán prohibirlo esta vez en la Londres olímpica y fascinante, pero sólo será un detalle. Nadie borra tan fácil del corazón de la historia a un tenaz aprendiz de natación.