Por Dani González
Fútbol Oblicuo
El Shangai más rojo hace mucho tiempo que dejó de relacionarse con China. Ese Shangai, menos maoísta, cada vez más socialdemócrata, aunque con verdaderas raíces comunistas, se encuentra en Livorno, Toscana, la Italia rossa y amaranta. El gran puerto del oeste italiano, situado, como no podría ser de otra manera, a la izquierda del mapa. Ese Shangai también se asoma a un mar: el Tirreno. Más tranquilo, menos visitado por esas navieras con sede en Ginebra, especialmente desde que Nápoles y sus camorristas absorbieron todo el tráfico de la falsificación, de la tecnología más barata y de los dudosos juguetes chinos. Ahora Nápoles manda. Antes lo hizo Livorno. Así en el fútbol como en la vida.
En Livorno, Toscana, se fundó el Partido Comunista Italiano. Era 1921, la Gran Guerra había terminado e Italia se asomaba, ya unificada, a Europa. Shangai era y es un barrio dentro de un barrio. Una ínsula portuaria que se encuentra en la periferia de uno de los grandes centros económicos y comerciales de la Italia de la primera parte del siglo XX. Y allí, en 1975, nació Cristiano Lucarelli. Entre banderas rojas de hoces y martillos y estribillos que le decían ciao a la bella. Lo hizo un año antes de que Bertolucci filmara Novecento, tres antes de que las Brigate Rosse secuestraran y asesinaran a Aldo Moro y doce meses antes de que Andreotti, Il Divo, regresara a la presidencia del Consejo de Ministros transalpino, un gobierno democristiano sostenido entonces por el propio Partido Comunista, que poco antes había firmado el llamado Compromesso Storico.
Así llegó a la vida la némesis de Paolo di Canio. Hijo de estibador sindicalista y de ama casa. Comunista antes que todas las cosas. Diestro de pie, zurdo de corazón. Rojo de cabeza, amaranta su pasión, los colores de un equipo al que sin embargo llegó tarde. Su sueño hubiera sido entrar en la selecta lista de los One Club Men que encabeza Matt LeTissier. No pudo. No le dejaron, aunque su compromiso con su Shangai, con Livorno, con su hinchada, con su puerto, con las ideas que defendieron sus vecinos (muchas veces hasta alcanzar la propia muerte) no dejó de plasmarse en periódicos, televisiones, columnas y artículos de medio continente. También hubo críticas para Lucarelli. Llegaban desde el sur, pero también desde el norte. La eterna dicotomía transalpina. Dos países dentro de una misma frontera, eterna herencia de las ciudades estados pre Garibaldi. En el sur le llamaban pijo del norte. Eran ellos los que sufrían el olvido de la presidencia del Gobierno, no los orgullosos y prósperos toscanos, acostumbrados desde el Medioevo a disfrutar de grandes privilegios económicos y comerciales. Desde el norte en cambio le llamaban trasnochado. Qué fácil es ser comunista con una cuenta bancaria de varios ceros, escribían desde la Padania (Bossi, Lega Norte, rancia ultraderecha), donde incluso se llegó a decir que desayunaba niños para rendir más sobre el césped. Nunca necesitó más que su pasión por el juego y por las ideas que defendían sus héroes del puerto de Livorno para convertirse en un buen futbolista. Pero no llegó a la camiseta amaranta cuando quiso. Más bien cuando pudo. Comenzó la escalada en el campo base de la Serie D. No fue un juvenil mimado por un gran club. Trabajo, trabajo y trabajo, que diría Claudio Ranieri, el técnico que lo llevó a la élite europea, al Valencia. Pero antes hubo otros muchos equipos. Perugia, Cosenza, Padova, Atalanta, Valencia (inoportuna lesión incluida), Lecce y Torino. Siempre cerca del Mediterráneo. Siempre cerca del sur.
Fue a los pies de las colinas de Superga cuando consiguió la tan ansiada notoriedad deportiva internacional, aunque ya era famoso a su pesar. Habitual en la delantera de las categorías inferiores de la selección italiana, Lucarelli, comprometido e indómito, decidió celebrar uno de sus tantos en la sub 21 mostrando una camiseta con el retrato de Ernesto Che Guevara. El rival era Moldavia, país especialmente castigado por los últimos coletazos de la URSS, y las consecuencias, siempre paralelas al fútbol, llegaron antes de que se señalara el final de aquel partido. Prácticamente al mismo tiempo que bajaba el puño derecho que había levantado (como casi siempre, por otra parte) para celebrar aquel gol, Lucarelli fue sancionado por su federación, llenó editoriales de los periódicos más conservadores e incluso protagonizó una sesión en el Parlamento de Italia, con muchos menos comunistas que en aquellos gloriosos años setenta que tanto añoraban el delantero y su familia de sindicalistas portuarios. Le habían echado de la selección aprovechando hasta las últimas consecuencias una norma de la FIFA de la que bien puede hablar Frederic Kanouté.
Su imparable carrera hacia la delantera azzurra se frenó de repente, pero no sus ganas de mezclar fútbol y política. “El fútbol es política en Italia; es un reflejo de nuestra sociedad. Es así. Los que no lo quieren ver siempre son los que mandan, los poderosos, los de arriba”. Eran palabras del toscano, que rápidamente se convirtió en un icono para los hinchas de izquierda del polarizado calcio, donde las curvas se llenas de hoces, esvásticas, martillos y cruces célticas. Allí nació el movimiento ultra, muy presente en la vida del ateo Cristiano, que a su salida del Toro rechazó millones de euros para viajar de nuevo al sur, a los orígenes, a Shangai, Livorno, Toscana. Vestiría la elástica amaranta, cumplido sueño de infancia, en la Serie B. Ahí comienza su verdadera leyenda, aunque quizá puede marcarse esa fecha en el día que se decidió por su dorsal. El número elegido: el 99. Motivo: era el año en el que se fundaron las BAL (Brigate Autonome Livornesi) el grupo ultra de izquierda más radical del país, capaz de asumir más del 50% de las localidades del coqueto Armando Picchi, el estadio que institucionalizó el “Berlusconi pezzo di merda” que retumbó durante años en buena parte de los campos de fútbol italianos.
Luego llegó su encuentro con Aleida Guevara, hija del Che, provocado por el presidente del club, livornés y comunista, como prácticamente todos en esa parte de la Toscana. También el ascenso, el título de Capo Canonieri, la clasificación del equipo para la Copa de la UEFA, el éxito, la aportación de jugadores a la selección nacional campeona del Mundo en 2006 y las ofertas. Millonarias y excesivas ofertas. Y también el existencialismo. Ideas o futuro económico para su familia. Compromiso local o ambición global. Livorno o Shakhtar. Cinco ceros o seis ceros. Y volvieron a hablar de él en las rancias tertulias televisivas dirigidas por don Silvio, el verdadero Padrino del país. Y le criticaron desde las tierras de la Lega Norte, donde le caricaturizaban en sus medios afines en cuanto había ocasión. Lucarelli decidió la opción capitalista, aunque con matices. Al mismo tiempo que rastrearía los vestigios del extinto comunismo de estado, la mitad de su ficha en el poderoso equipo ucraniano, hijo de la oligarquía del carbón creada tras la desaparición de la URSS, la destinaría el futbolista a fundar Il Corriere de Livorno, con el que, siempre escorado a la sinistra, intentaría contrarrestar el empuje de los medios berlusconianos. Se iba en busca de los oscuros rublos convertidos en euros, jugaría la Liga de Campeones, volvería a ser uno de los importantes en su oficio, pero su compromiso seguía con su ciudad, con las BAL, con su puerto, con Shangai.
Igual que con el Torino, cuando en un Derby della Mole anotó un tanto a la Juventus, el imperio Agnelli sobre el césped, con el Shakhtar cumplió otro de sus sueños. Marcar contra el Milan en la Liga de Campeones. Delante de Galliani. Delante de los dirigentes que tanto intentaban controlar sus impulsos. Luego firmó otro gran contrato con el Parma y regresó cedido a Livorno para llegar a Napoli, su nuevo hogar. De nuevo cerca del Tirreno. De nuevo cerca de un gran puerto en el que, paradojas de la vida y de la propia Italia, el sindicalismo fue sustituido hace ya demasiado tiempo por el camorrismo.
domingo, 12 de febrero de 2012
sábado, 11 de febrero de 2012
Cómo la política atraviesa al fútbol en Egipto
Javier Szlifman
Pelota Afuera
Una de las leyendas fundantes del fútbol dice que el deporte más popular tuvo una de sus primeras versiones a orillas del río Nilo. Allí, los obreros que trabajaban en las pirámides jugaban con algún tipo de balón cuando disponían de tiempo libre. Miles de años después, la liga de fútbol de Egipto está suspendida indefinidamente. La cúpula de la federación renunció y el propio gobierno nacional se encuentra en plena crisis. Un partido de fútbol conmovió a toda la nación.

La muerte de 74 hinchas ocurrida el pasado miércoles (1 de febrero) en Port Said, en el noreste del país, fue uno de los incidentes más graves en la historia del fútbol moderno. Tras la masacre en el partido entre el Al Masry y Al Ahly, en El Cairo otro encuentro suspendido generó un incendio junto al estadio e incidentes en las calles. Los sucesos de Port Said tienen consecuencias impredecibles en distintos ámbitos del país.
A más de un año de la caída del régimen de Hosni Mubarak, como pocas veces a lo largo de la historia un espectáculo futbolístico se convirtió en espacio de muestra de las tensiones políticas y sociales que vive la sociedad egipcia.
La revolución deportiva
“La revolución egipcia ha nacido en los campos de fútbol del Al Ahly”, dijo hace tiempo el filósofo israelí Avishai Margalit. Históricamente enfrentados, durante la revolución de comienzos de 2011 los hinchas del Al Ahly, el equipo de los barrios más populares, de tradición anticolonial, se unieron a sus rivales del Zamalek, identificados históricamente con las clases acomodadas del país, herederas del colonialismo británico.
Los miembros de esta agrupación de hinchas fueron la fuerza de choque de los miles de manifestantes que durante días ocuparon la céntrica plaza Tahrir de El Cairo. Fueron ellos los que pusieron el cuerpo en los enfrentamientos contra las fuerzas armadas, leales al presidente. Los fanáticos del Al Ahly y del Zamalek tomaron las oficinas Servicio de Seguridad del Estado y la embajada de Israel en septiembre, entre sus acciones más destacadas.
El desarrollo de estos grupos, de alta organización interna y habilidad para el combate, es un eslabón más de la pasión y el fanatismo que emana el fútbol egipcio. Así como los grupos de hinchas unieron fuerzas contra Mubarak, los fanáticos luego siguieron su militancia activa contra el gobierno de transición y la violencia en los estadios se volvió moneda corriente en el último tiempo, como informa el periodista James M. Dorsey en su blog “El Turbulento Mundo del Fútbol en el Medio Oriente”.
La política en el estadio
Durante la revuelta que derrotó a Mubarak en febrero de 2011, el fútbol fue suspendido durante tres meses. Al cumplirse un año de la caída del presidente que gobernó por más de 29 años, hace pocos días, la asociación de fútbol suspendió la 16ª fecha de la liga, para evitar que los estadios se convirtieran en un centro de manifestaciones contra el actual gobierno. Pocos días antes, el ejecutivo había concedido la amnistía a 1950 personas, entre ellos numerosos hinchas de fútbol, en un intento por calmar los ánimos de cara al aniversario de la revolución. Nada pudo evitar la tragedia.
El partido entre Masry y el Al Ahly se calentó en la previa con amenazas vía Twitter. El componente ideológico de las hinchadas se unió a su capacidad de lucha para desatar los incidentes. Testigos aseguran que, durante todo el encuentro, los hinchas del Masry cantaron a favor del actual gobierno, mientras que los del Ahly continuaron con sus reclamos políticos. Tras el final, la policía arrió a la gente al campo y la luz se apagó.
A más de un año de la salida de Mubarak, muchos hinchas continúan con su militancia contra el gobierno y se han unido a otros grupos de jóvenes en distintos enfrentamientos con la policía. Muchos fanáticos aún se perciben como los guardianes de la revolución y aspiran a llevar al país a una verdadera democracia.
Democracia incompleta
Desde el 11 de febrero de 2011, el poder ejecutivo está a cargo de Mohamed Hussein Tantawi, un militar cercano a Mubarak que encabeza una junta de transición democrática. Las elecciones parlamentarias celebradas en noviembre pasado dieron la victoria a los “Hermanos Musulmanes”, un partido islámico moderado. En el segundo lugar se ubicó un partido islámico más radical. El país cuenta con 30 millones de pobres y más del 20% de su población no tiene trabajo. Poco se ha corregido desde la revolución.
El pasado 25 de enero, a más de un año del régimen que gobernó durante 24 años, una multitud volvió a la plaza Tahrir para pedir la renuncia de Tantawi, bajo el grito de “Pan, libertad y dignidad humana”. En distintas marchas luego de los incidentes ocurridos el miércoles, ya murieron 14 personas y más de 2000 resultaron heridas.
En un espacio social de inconformismo crónico y ausencia de legitimidad democrática, sólo las fuerzas policiales garantizan la paz y el orden con su brutal represión. Los 74 muertos del fútbol resultan difíciles de soportar para cualquier país que aspira a una democracia plena, con derechos básicos para sus habitantes. Para el Egipto actual, todo eso suena lejano.
Pelota Afuera
Una de las leyendas fundantes del fútbol dice que el deporte más popular tuvo una de sus primeras versiones a orillas del río Nilo. Allí, los obreros que trabajaban en las pirámides jugaban con algún tipo de balón cuando disponían de tiempo libre. Miles de años después, la liga de fútbol de Egipto está suspendida indefinidamente. La cúpula de la federación renunció y el propio gobierno nacional se encuentra en plena crisis. Un partido de fútbol conmovió a toda la nación.

La muerte de 74 hinchas ocurrida el pasado miércoles (1 de febrero) en Port Said, en el noreste del país, fue uno de los incidentes más graves en la historia del fútbol moderno. Tras la masacre en el partido entre el Al Masry y Al Ahly, en El Cairo otro encuentro suspendido generó un incendio junto al estadio e incidentes en las calles. Los sucesos de Port Said tienen consecuencias impredecibles en distintos ámbitos del país.
A más de un año de la caída del régimen de Hosni Mubarak, como pocas veces a lo largo de la historia un espectáculo futbolístico se convirtió en espacio de muestra de las tensiones políticas y sociales que vive la sociedad egipcia.
La revolución deportiva
“La revolución egipcia ha nacido en los campos de fútbol del Al Ahly”, dijo hace tiempo el filósofo israelí Avishai Margalit. Históricamente enfrentados, durante la revolución de comienzos de 2011 los hinchas del Al Ahly, el equipo de los barrios más populares, de tradición anticolonial, se unieron a sus rivales del Zamalek, identificados históricamente con las clases acomodadas del país, herederas del colonialismo británico.
Los miembros de esta agrupación de hinchas fueron la fuerza de choque de los miles de manifestantes que durante días ocuparon la céntrica plaza Tahrir de El Cairo. Fueron ellos los que pusieron el cuerpo en los enfrentamientos contra las fuerzas armadas, leales al presidente. Los fanáticos del Al Ahly y del Zamalek tomaron las oficinas Servicio de Seguridad del Estado y la embajada de Israel en septiembre, entre sus acciones más destacadas.
El desarrollo de estos grupos, de alta organización interna y habilidad para el combate, es un eslabón más de la pasión y el fanatismo que emana el fútbol egipcio. Así como los grupos de hinchas unieron fuerzas contra Mubarak, los fanáticos luego siguieron su militancia activa contra el gobierno de transición y la violencia en los estadios se volvió moneda corriente en el último tiempo, como informa el periodista James M. Dorsey en su blog “El Turbulento Mundo del Fútbol en el Medio Oriente”.
La política en el estadio
Durante la revuelta que derrotó a Mubarak en febrero de 2011, el fútbol fue suspendido durante tres meses. Al cumplirse un año de la caída del presidente que gobernó por más de 29 años, hace pocos días, la asociación de fútbol suspendió la 16ª fecha de la liga, para evitar que los estadios se convirtieran en un centro de manifestaciones contra el actual gobierno. Pocos días antes, el ejecutivo había concedido la amnistía a 1950 personas, entre ellos numerosos hinchas de fútbol, en un intento por calmar los ánimos de cara al aniversario de la revolución. Nada pudo evitar la tragedia.
El partido entre Masry y el Al Ahly se calentó en la previa con amenazas vía Twitter. El componente ideológico de las hinchadas se unió a su capacidad de lucha para desatar los incidentes. Testigos aseguran que, durante todo el encuentro, los hinchas del Masry cantaron a favor del actual gobierno, mientras que los del Ahly continuaron con sus reclamos políticos. Tras el final, la policía arrió a la gente al campo y la luz se apagó.
A más de un año de la salida de Mubarak, muchos hinchas continúan con su militancia contra el gobierno y se han unido a otros grupos de jóvenes en distintos enfrentamientos con la policía. Muchos fanáticos aún se perciben como los guardianes de la revolución y aspiran a llevar al país a una verdadera democracia.
Democracia incompleta
Desde el 11 de febrero de 2011, el poder ejecutivo está a cargo de Mohamed Hussein Tantawi, un militar cercano a Mubarak que encabeza una junta de transición democrática. Las elecciones parlamentarias celebradas en noviembre pasado dieron la victoria a los “Hermanos Musulmanes”, un partido islámico moderado. En el segundo lugar se ubicó un partido islámico más radical. El país cuenta con 30 millones de pobres y más del 20% de su población no tiene trabajo. Poco se ha corregido desde la revolución.
El pasado 25 de enero, a más de un año del régimen que gobernó durante 24 años, una multitud volvió a la plaza Tahrir para pedir la renuncia de Tantawi, bajo el grito de “Pan, libertad y dignidad humana”. En distintas marchas luego de los incidentes ocurridos el miércoles, ya murieron 14 personas y más de 2000 resultaron heridas.
En un espacio social de inconformismo crónico y ausencia de legitimidad democrática, sólo las fuerzas policiales garantizan la paz y el orden con su brutal represión. Los 74 muertos del fútbol resultan difíciles de soportar para cualquier país que aspira a una democracia plena, con derechos básicos para sus habitantes. Para el Egipto actual, todo eso suena lejano.
miércoles, 8 de febrero de 2012
Sports and the struggle for socialism
A window into class society
By Dylan Wilkerson
Why is the Party for Socialism and Liberation, a party of dedicated communist revolutionaries, putting a sports column on-line?
Why is the Party for Socialism and Liberation, a party of dedicated communist revolutionaries, putting a sports column on-line?

Many progressive-minded people have an understandable revulsion to professional sports. Between the Air Force fly-overs, “God Bless America” renditions, and the sometimes overwhelming racist and reactionary tone of the majority of sports journalists, professional sports can seem like a catalog of capitalist society’s contradictions.
Professional sports are a media spectacle to be sure. Every year, millions of workers in the United States turn their attention to the Super Bowl, the NBA Finals, the World Series, and other prominent athletic events. These events are huge money makers for the capitalist class. Billions of dollars change hands as corporations vie for the best advertising slots, the most prominent billboard advertisements along the field, the biggest star’s endorsement of their newest shoes, and so on.
Under capitalism, sports and other recreational enterprises are channeled into professional sports. The athletes are paid by owners who hire them to make a profit. The people, including those who enjoyed directly participating in organized athletics when they were young, are transformed almost exclusively into spectators. A socialist society would allocate resources to allow for the continued mass participation in athletics rather than relegating people to the position of pure spectator.
Sports, like so many different aspects of class society, have a contradictory character. Because of these contradictions, the spectacle of professional and amateur sports can and has been used as a platform and symbol of the struggle of oppressed people for emancipation.
During the 1960s and 70s, millions of African American workers were actively engaged in a struggle against the intense racism of American society. The civil rights and Black power movements helped politicize huge sectors of the American working class. In this historical context, great athletes like Muhammad Ali, Roberto Clemente, Tommie Smith and John Carlos inspired people across the world with their uncompromising solidarity with the oppressed. These sports heroes were often strong advocates in the struggle against racism.
The defeat of segregation in baseball
Athletics were still completely racially segregated just years earlier. As they had been for decades, “big league” sports were a white-only enterprise run by the racist capitalist class. Many white sports fans didn’t question this, but for the Black community and some whites this was a point of searing outrage and the focus of anti-racist organizing.
The first cracks in the world of sports apartheid came in baseball. Well past the first half of the twentieth century, baseball was unquestionably the most prominent professional sport in the United States. “America’s pastime” did not escape the suffocating racism of Jim Crow.
It was the home grown version of apartheid that barred Black players from the so-called Major Leagues. Some of the most prominent and talented baseball stars competed in three Black-only major league circuits in the 1930s and 1940s. In 1935, the Pittsburgh Crawfords’ lineup, a Negro League team, showcased the talents of no fewer than five future Hall-Of-Famers—Satchel Paige, Josh Gibson, Cool Papa Bell, Judy Johnson and Oscar Charleston.
It was the pressure from the Black community and the communist movement in the United States that ultimately broke the so-called “color line” in baseball. Some enlightened baseball capitalists also realized that the pool of talent in Black baseball could be accessed for their own success and profit.
When baseball began the process of integration in 1947, it was one of the country’s first signals of the social and political changes to come. The sight of African American player Jackie Robinson in Dodger blue helped inspire and embolden Black people across the country to demand greater equality in their lives and workplaces.
Labor and capital
In modern American society, workers often have very few viable options ahead of them for professional and financial advancement. The day-to-day reality of working-class life largely shatters the bourgeois myth of “upward mobility.”
Most workers have few options: prison, the military, gangs, tedious and strenuous labor, or the tiny possibility of wealth and stardom afforded by a career in pro sports. Capitalist advertisers and journalists bombard workers with images of the glory, power and prestige of superstar athletes. This is, of course, primarily marketing, but it also motivates workers to place their hopes of success in a field where only a very small handful are afforded the opportunity to succeed.
For this writer, the importance of sports is both personal and political. The love of sports, the beauty and power of athletic drama, greatly excites me and takes more of my attention than some people close to me would like. But there is a greater reason to pay attention to sports with a regular column. Sports are a huge part of our society, and this website seeks to interact with and critique what is happening in the world with a new immediacy and a Marxist analysis. We need to reach out to our fellow workers in any way we can. Sports provide a window into the best and worst of our world, our culture, our moment in time.
This is the first column. In weeks to come, each column will focus on specific stories in the world of sports. I hope that bringing a Marxist critique to sports will inspire sports fans to look at the world with a critical mind and to join the struggle for change, the struggle for socialism.
Source: LiberationNews.org
sábado, 4 de febrero de 2012
Grandes rivalidades: West Ham United - Millwall (Inglaterra)
El antagonismo de la clase obrera londinense

Por Víctor Molina Pozo
Vavel
El exjugador del Liverpool Bill Shankly tenía claro qué responder a la pregunta de sobre qué es el fútbol: "Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso". Esta premisa es acogida por dos equipos del este de Londres, West Ham United y Millwall. El odio es común y así lo testifican en cada enfrentamiento. Los orígenes de violencia se remontan a la década de los '60, acrecentándose con el paso del tiempo. La supremacía por el poder deportivo en la clase obrera les lleva a competir hasta fuera del terreno de juego, entre dos de las hinchadas más temidas en Gran Bretaña: los 'InterCity Firm' y los 'Dockers'.
En los años '60, el este de Londres vivió una huelga general que causó la división de dos sectores dedicados a la metalurgia. Los empleados de la zona de estibadores, que apoyaron apasionadamente la huelga. Sin embargo, los trabajadores del sector del metal se negaron a cooperar con el movimiento, lo que dio lugar a una obligada rivalidad, dividida en dos grupos, que encontraron en el mundo ‘hooligan’ del fútbol la perfecta excusa para destapar los trapos sucios y curar las viejas heridas del pasado: los seguidores del West Ham United (sector del metal) y los hinchas del Millwall (zona de estibadores).
Desde aquel entonces, West Ham y Millwall han llamado más la atención por lo extradeportivo que sobre lo visto en el terreno de juego, dando lugar a infinitas situaciones de violencia cada vez que se ven las caras. La cultura futbolística en Londres tiene orígenes obreros; sin embargo, durante las dos últimas décadas, West Ham United y Millwall han quedado consolidados como los máximos - y únicos – prototipos que siguen el movimiento obrero en la capital de Inglaterra.
La rivalidad entre ambos equipos no viene por cuestiones políticas (la afición del Millwall es miscelánea: hinchas de izquierdas, de derechas, racistas...), como sucede en la mayoría de los casos. El odio que se generan las dos aficiones se bifurca en dos puntos bien marcados: por lo local, como la rivalidad por ser el mejor equipo de la zona sureste de Londres, y por lo laboral, como querer imponer la predominancia del metal por encima del trabajo portuario y viceversa. Así lo confirma Matt Scott en una entrevista para la Voz de Asturias: Tanto el Millwall como el West Ham quieren ser vistos como el más fuerte. Su rivalidad viene de antaño.
Dos filosofías variadas
El carácter trabajador de los dos equipos configura la filosofía de su hinchada, fiel a viajar a los campos rivales y dispuestos a defender (habitualmente de forma violenta) el honor y el nombre de su club. El poco aprecio que generan los ‘Los Leones’ (hinchada del Millwall y también conocidos antiguamente comos ‘Dockers’) no es una excusa para no seguir con el movimiento. De hecho, es un aliciente para continuarlo, ya que muchos les consideran como los ‘hooligans’ más peligrosos y temidos de todo el Reino Unido. "No gustamos a nadie, pero no nos importa", reza su himno. Es por ello que los ‘Dockers’ sienten suyo propio el escudo y la historia del Millwall. ”Los futbolistas y directivos pasan, nosotros permanecemos” asumen como lema. Para ellos, el amor por el Millwall se convierte en una costumbre, un hábito que acompaña de padres a hijos como si de un legado histórico – y obligado – se tratase.
Tal es la importancia que, cuando crearon en 1993 el nuevo estadio del equipo – The New Den Stadium – los aficionados desmantelaron el anterior campo durante el último encuentro y se llevaron gran parte del césped, las butacas, las placas... Los Inter City Firm (hooligans de los ‘Hammers’) guardan especial mala relación con tres principales equipos del fútbol inglés: Tottenham Hotspur, Arsenal y Millwall. A estos tres equipos los cataloga en función de su afición y el nivel del club. Mientras el Millwall obtiene una “lamentable afición, peor equipo”, el Tottenham es considerado como “equipo mediocre con afición mediocre” y el Arsenal como “gran equipo con afición de mierda”.
La fama negativa y de violencia que adquieren los ‘Dockers’ no es tan exagerada como la de los Inter City Firm, que llegaron a convertirse en el grupo ultra más respetado en Gran Bretaña debido a los incidentes – de los cuales casi siempre salían victoriosos - que la televisión emitía durante sus desplazamientos. Su ideología se aproxima a los ideales izquierdistas debido a su aproximación con el movimiento obrero. Sin embargo, no atienden a este credo en sus viajes, ya que usan billetes en trenes de primera clase, con el fin de evitar relacionarse con los demás aficionados, que son acompañados por los policías hasta el estadio.
Un exentrenador del West Ham, leyenda para el Milwall
Los duelos entre West Ham y Milwall generan grandísima observación, más por lo extradeportivo – incidentes, peleas, disturbios… - que por lo que sucede en el campo. Pero no solo durante los encuentros entre ‘Dockers’ y ‘Hammers’. Durante la jornada 38 de la pasada temporada en Premier League, el West Ham United se jugaba mantener la categoría fuera de casa frente al Wigan Athletic. Dirigidos por el israelí Avram Grant, al West Ham tan solo le valía la victoria para mantener la categoría. El partido comenzó de cara para los ‘Hammers’, que por medio de Demba Ba, puso el 0-2 en el marcador a los 26 minutos de partido.
En la segunda mitad, los ‘Latics’ despertaron y empataron el partido, mientras que en el descuento, N´Zogbia sentenciaba al West Ham a la Championship con un gol que supuso el 3-2 final. Durante el partido, un avión surcaba los cielos del JJB Stadium con el siguiente lema: Avram Grant, Millwall legend. Los ‘Dockers’ se reían del descenso de los ‘Hammers’ y se frotaban las manos tras conocer que compartirían competición con su antagonista.
Los actos radicales entre ambos equipos se remontan desde 1900, por los conflictos laborales. Desde entonces, los violentos enfrentamientos entre ambas hinchadas han sido objeto del ávido deseo de la cámara, que capta las imágenes ante la atenta mirada de los espectadores. El último suceso ocurrió en 2009 cuando el sorteo de la Carling Cup deparó un West Ham – Millwall. Los ‘Hammers’ se llevaron la victoria por 3-1 aunque la noticia se generó cuando los ‘hooligans’ de ambos equipos se enfrentaron entre sí, provocando la invasión de campo y altercados post-partido, que tardaron 6 horas en ser pacificados.
Green Street Hooligans: un film con la violencia entre ‘Dockers’ y ‘Hammers’ como telón de fondo
En 2005, Lexi Alexander dirigía la película Green Street Hooligans. Un filme de drama adaptado al ‘hooliganismo’ que se vive en el fútbol de Inglaterra, especialmente entre las aficiones del Millwall y el West Ham United.
Protagonizada por Elijah Wood (Iowa, 1981; El Señor de los Anillos), Alexander cuenta la historia de Matt Buckner, un estadounidense que llega a Inglaterra tras ser expulsado de la Universidad de Harvard. Regresa a Londres, junto a su familia, donde conocerá al dirigente de las GSE (Green Street Elite), que le adentrará en el mundo del ‘hooligan’ para vivir las experiencias y hazañas violentas de los InterCity Firm.

Por Víctor Molina Pozo
Vavel
El exjugador del Liverpool Bill Shankly tenía claro qué responder a la pregunta de sobre qué es el fútbol: "Algunos creen que el fútbol es solo una cuestión de vida o muerte, pero es algo mucho más importante que eso". Esta premisa es acogida por dos equipos del este de Londres, West Ham United y Millwall. El odio es común y así lo testifican en cada enfrentamiento. Los orígenes de violencia se remontan a la década de los '60, acrecentándose con el paso del tiempo. La supremacía por el poder deportivo en la clase obrera les lleva a competir hasta fuera del terreno de juego, entre dos de las hinchadas más temidas en Gran Bretaña: los 'InterCity Firm' y los 'Dockers'.
En los años '60, el este de Londres vivió una huelga general que causó la división de dos sectores dedicados a la metalurgia. Los empleados de la zona de estibadores, que apoyaron apasionadamente la huelga. Sin embargo, los trabajadores del sector del metal se negaron a cooperar con el movimiento, lo que dio lugar a una obligada rivalidad, dividida en dos grupos, que encontraron en el mundo ‘hooligan’ del fútbol la perfecta excusa para destapar los trapos sucios y curar las viejas heridas del pasado: los seguidores del West Ham United (sector del metal) y los hinchas del Millwall (zona de estibadores).
Desde aquel entonces, West Ham y Millwall han llamado más la atención por lo extradeportivo que sobre lo visto en el terreno de juego, dando lugar a infinitas situaciones de violencia cada vez que se ven las caras. La cultura futbolística en Londres tiene orígenes obreros; sin embargo, durante las dos últimas décadas, West Ham United y Millwall han quedado consolidados como los máximos - y únicos – prototipos que siguen el movimiento obrero en la capital de Inglaterra.
La rivalidad entre ambos equipos no viene por cuestiones políticas (la afición del Millwall es miscelánea: hinchas de izquierdas, de derechas, racistas...), como sucede en la mayoría de los casos. El odio que se generan las dos aficiones se bifurca en dos puntos bien marcados: por lo local, como la rivalidad por ser el mejor equipo de la zona sureste de Londres, y por lo laboral, como querer imponer la predominancia del metal por encima del trabajo portuario y viceversa. Así lo confirma Matt Scott en una entrevista para la Voz de Asturias: Tanto el Millwall como el West Ham quieren ser vistos como el más fuerte. Su rivalidad viene de antaño.
Dos filosofías variadas
El carácter trabajador de los dos equipos configura la filosofía de su hinchada, fiel a viajar a los campos rivales y dispuestos a defender (habitualmente de forma violenta) el honor y el nombre de su club. El poco aprecio que generan los ‘Los Leones’ (hinchada del Millwall y también conocidos antiguamente comos ‘Dockers’) no es una excusa para no seguir con el movimiento. De hecho, es un aliciente para continuarlo, ya que muchos les consideran como los ‘hooligans’ más peligrosos y temidos de todo el Reino Unido. "No gustamos a nadie, pero no nos importa", reza su himno. Es por ello que los ‘Dockers’ sienten suyo propio el escudo y la historia del Millwall. ”Los futbolistas y directivos pasan, nosotros permanecemos” asumen como lema. Para ellos, el amor por el Millwall se convierte en una costumbre, un hábito que acompaña de padres a hijos como si de un legado histórico – y obligado – se tratase.
Tal es la importancia que, cuando crearon en 1993 el nuevo estadio del equipo – The New Den Stadium – los aficionados desmantelaron el anterior campo durante el último encuentro y se llevaron gran parte del césped, las butacas, las placas... Los Inter City Firm (hooligans de los ‘Hammers’) guardan especial mala relación con tres principales equipos del fútbol inglés: Tottenham Hotspur, Arsenal y Millwall. A estos tres equipos los cataloga en función de su afición y el nivel del club. Mientras el Millwall obtiene una “lamentable afición, peor equipo”, el Tottenham es considerado como “equipo mediocre con afición mediocre” y el Arsenal como “gran equipo con afición de mierda”.
La fama negativa y de violencia que adquieren los ‘Dockers’ no es tan exagerada como la de los Inter City Firm, que llegaron a convertirse en el grupo ultra más respetado en Gran Bretaña debido a los incidentes – de los cuales casi siempre salían victoriosos - que la televisión emitía durante sus desplazamientos. Su ideología se aproxima a los ideales izquierdistas debido a su aproximación con el movimiento obrero. Sin embargo, no atienden a este credo en sus viajes, ya que usan billetes en trenes de primera clase, con el fin de evitar relacionarse con los demás aficionados, que son acompañados por los policías hasta el estadio.
Un exentrenador del West Ham, leyenda para el Milwall
Los duelos entre West Ham y Milwall generan grandísima observación, más por lo extradeportivo – incidentes, peleas, disturbios… - que por lo que sucede en el campo. Pero no solo durante los encuentros entre ‘Dockers’ y ‘Hammers’. Durante la jornada 38 de la pasada temporada en Premier League, el West Ham United se jugaba mantener la categoría fuera de casa frente al Wigan Athletic. Dirigidos por el israelí Avram Grant, al West Ham tan solo le valía la victoria para mantener la categoría. El partido comenzó de cara para los ‘Hammers’, que por medio de Demba Ba, puso el 0-2 en el marcador a los 26 minutos de partido.
En la segunda mitad, los ‘Latics’ despertaron y empataron el partido, mientras que en el descuento, N´Zogbia sentenciaba al West Ham a la Championship con un gol que supuso el 3-2 final. Durante el partido, un avión surcaba los cielos del JJB Stadium con el siguiente lema: Avram Grant, Millwall legend. Los ‘Dockers’ se reían del descenso de los ‘Hammers’ y se frotaban las manos tras conocer que compartirían competición con su antagonista.
Los actos radicales entre ambos equipos se remontan desde 1900, por los conflictos laborales. Desde entonces, los violentos enfrentamientos entre ambas hinchadas han sido objeto del ávido deseo de la cámara, que capta las imágenes ante la atenta mirada de los espectadores. El último suceso ocurrió en 2009 cuando el sorteo de la Carling Cup deparó un West Ham – Millwall. Los ‘Hammers’ se llevaron la victoria por 3-1 aunque la noticia se generó cuando los ‘hooligans’ de ambos equipos se enfrentaron entre sí, provocando la invasión de campo y altercados post-partido, que tardaron 6 horas en ser pacificados.
Green Street Hooligans: un film con la violencia entre ‘Dockers’ y ‘Hammers’ como telón de fondo
En 2005, Lexi Alexander dirigía la película Green Street Hooligans. Un filme de drama adaptado al ‘hooliganismo’ que se vive en el fútbol de Inglaterra, especialmente entre las aficiones del Millwall y el West Ham United.
Protagonizada por Elijah Wood (Iowa, 1981; El Señor de los Anillos), Alexander cuenta la historia de Matt Buckner, un estadounidense que llega a Inglaterra tras ser expulsado de la Universidad de Harvard. Regresa a Londres, junto a su familia, donde conocerá al dirigente de las GSE (Green Street Elite), que le adentrará en el mundo del ‘hooligan’ para vivir las experiencias y hazañas violentas de los InterCity Firm.
miércoles, 1 de febrero de 2012
El fútbol se manchó de sangre en Egipto
Graves incidentes en el partido que disputaban los clubes Al Masri y Al Ahly en la ciudad de Port Said, en el norte de Egipto.


Al menos 73 muertos y más de mil heridos es el reporte de las agencias de prensa tras los incidentes de Port Said. Las imágenes del suceso, que le dieron la vuelta al mundo, muestran cómo los hinchas del Al Masri invaden la cancha, tras lo cual se desata la violencia dentro y fuera del estadio.
El diputado Asan al Erian afirmó que los sucesos que derivaron en la tragedia fueron planificados por seguidores de Mubarak.
Los hinchas del Al Alhy son reconocidos por su activa participación en la rebelión popular que provocó el derrocamiento de Mubarak el año pasado. (Ver La revolución de los ultras). Por su parte, al Al Masri se le reconoce por tener afinidad con Mubarak.
El 1ro. de febrero ha sido declarado como el "Día del Mártir" por el Al Ahly, que construirá una estatua en honor de los fallecidos. Varios jugadores anunciaron su retiro tras los sucesos. La liga egipcia fue suspendida indefinidamente.
El fútbol mundial está de luto.
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