Athletic de Bilbao venció 2-1 al Mirandés en la ida de la semifinal de copa. Bielsa valoró el triunfo propio y también la fiesta del Mirandés.
Marcelo Bielsa anda por las canchas de cualquier parte del mundo sin olvidarse de los olores y de las voces y de las sensaciones que palpó de chiquitito en las calles de su Rosario natal. Bielsa, el entrenador del Athletic que dio un buen paso hacia la final de la Copa del Rey, sabe también que de poco sirve el fútbol si no logra generar entusiasmos y felicidades colectivas.
“Haber participado de esta fiesta también es un gran recuerdo. Me hubiera gustado ser espectador para disfrutar en plenitud. Pero la institución y la ciudad son un orgullo como expresión de apoyo hacia su equipo. Fue una noche muy muy linda. La condición de entrenador de uno de los participantes quita la tranquilidad necesaria para poder disfrutarlo plenamente pero fue una fiesta”, afirmó el técnico argentino en la conferencia de prensa posterior al encuentro en el que su equipo se impuso por 2 a 1 ante el Mirandés como visitante.
Además de destacar la alegría de los habitantes de Miranda de Ebro por la gran actuación de su cuadro en el torneo más antiguo de España, el exconductor de la selección de Chile se dio tiempo para analizar el desarrollo del partido y, con su habitual sentido profundo de qué está bien y de qué esta mal, expresó: “Me parece que el gol que consiguieron es justo. Tuvimos un primer tiempo de superioridad que no lo pudimos extender en el segundo. Si bien podríamos haber convertido en el segundo tiempo también, ellos tuvieron opciones. Que nos conviertan en el descuento siempre genera una sensación de insatisfacción pero me parece que, en líneas generales, un gol de diferencia en este partido no puede considerarse decididamente injusto”.
Bielsa se fue de la ciudad que lucía de gala para pensar en el desafío ante el Espanyol del sábado y en la revancha del martes contra el Mirandés. Pero antes, volvió a echar una mirada a los ojos de los vecinos que poblaban las tribunas y los bares y las calles, sabiendo que no se puede pretender construir un espectáculo que valga la pena sin sentir qué pasa en el corazón de la gente.
11wsports.com
miércoles, 1 de febrero de 2012
lunes, 30 de enero de 2012
Copa Africana de Naciones: Guinea Ecuatorial vulnera los derechos humanos
Periodistas en la Copa: Prohibido girar la cabeza
Por Human Rights Watch
El gobierno de Guinea Ecuatorial, uno de los patrocinadores de la Copa Africana de Naciones que se disputa en enero de 2012, persigue a opositores políticos, intimida a periodistas y muestra una absoluta indiferencia por el debido proceso, señalaron hoy Human Rights Watch y el Comité para la Protección de los Periodistas (Committee to Protect Journalists, CPJ).
Algunos periodistas que han visitado Guinea Ecuatorial para informar sobre el país durante el último año han sido detenidos, interrogados, censurados y deportados.
Estos incidentes no son una buena señal para los periodistas deportivos que se espera que asistan a la ceremonia de inauguración que tendrá lugar en la ciudad de Bata el 21 de enero y a otros partidos programados allí y en Malabo, la capital del país. El Presidente Teodoro Obiang Nguema Mbasogo señaló el 3 de enero que considera a estos acontecimientos deportivos como una ocasión para “vender la imagen del país”.
“Auspiciar eventos internacionales es una forma de seducir a los visitantes extranjeros e intentar generar una buena impresión ante los medios, pero se trata de estrategias superficiales que no resisten ningún escrutinio”, manifestó Daniel Bekele, director para África de Human Rights Watch. “La única manera en que el Presidente Obiang podría mejorar verdaderamente su reputación es si revierte décadas de gobierno irresponsable y permite que se lleven a cabo reformas genuinas en materia de derechos humanos”.
Una campaña de intimidación y detención contra la prensa
En un incidente que anticipa los problemas que podrían esperarse durante la cobertura de la próxima Copa Africana de Naciones, los miembros de un equipo de televisión de la red alemana ZDF que se encontraban realizando un trabajo periodístico sobre fútbol femenino y otros temas en Guinea Ecuatorial en junio de 2011 fueron detenidos, interrogados minuciosamente, censurados y deportados.
Según señaló el productor del equipo de ZDF en su versión del incidente, agentes de seguridad les habrían quitado sus filmaciones y borraron o confiscaron las imágenes “negativas”. Entre estas imágenes había grabaciones de niños jugando al fútbol en uno de los barrios precarios de Malabo y entrevistas con el único miembro del parlamento que pertenece a la oposición y con un abogado de derechos humanos. A la mañana siguiente, los periodistas fueron llevados hasta el aeropuerto y obligados a irse del país. El equipo de ZDF había estado trabajando con un visado oficial y había recibido apoyo de varios ministerios gubernamentales.
Otros periodistas extranjeros que viajaron a Guinea Ecuatorial durante la cumbre de la Unión Africana (UA) celebrada en Malabo en junio de 2011 y con anterioridad a este evento contaron a Human Rights Watch que fueron detenidos por períodos breves y obligados a borrar fotografías, a pesar de que contaban con permisos de prensa otorgados por el gobierno.
Una fotógrafa de Associated Press que había tomado fotografías en un mercado público de Malabo fue llevada a una estación de policía, y recién fue liberada cuando accedió a borrar las imágenes de la cámara. Según señalaron diversos periodistas, incluso un fotógrafo que trabajaba para una empresa estadounidense de relaciones públicas y que fue contratado por el gobierno para mejorar su reputación fue detenido brevemente luego de que tomara una fotografía de la sede de la cumbre de la UA.
En marzo, el conductor de un programa en una estación de radio pública fue despedido luego de hablar sobre Libia durante una transmisión. Esta mención infringió un bloqueo informativo impuesto provisionalmente en febrero por el gobierno, que prohibía difundir noticias sobre las protestas a favor de la democracia organizadas en el marco de la primavera árabe, según indicó el CPJ.
“Es habitual que el gobierno del Presidente Teodoro Obiang invite a periodistas al país, para luego restringir sus movimientos como parte de una estrategia constante por engañar al mundo y promover una imagen inmaculada”, afirmó Mohamed Keita, coordinador de incidencia en África del Comité para la Protección de los Periodistas. “Los periodistas que cubran los eventos de la Copa Africana de Naciones deberían poder ver qué sucede detrás de esta fachada con libertad y sin temor a represalias”.
Persistencia de patrones de represión
A principios de enero, los medios oficiales informaron que el Presidente Obiang había recalcado la necesidad de garantizar “la seguridad y el control de los inmigrantes” antes de los partidos de la Copa Africana. El comentario reiteró las expresiones vertidas por el gobierno durante las semanas previas a la cumbre de la UA, cuando migrantes en Bata fueron detenidos por policías y sometidos a malos tratos mientras se encontraban a disposición de las autoridades, en el marco de un operativo represivo más amplio llevado a cabo en varias regiones del país.
Este tipo de medidas represivas han sido una característica distintiva del gobierno del Presidente Obiang, señaló Human Rights Watch. Es común que opositores políticos sean detenidos arbitrariamente y perseguidos. El poder judicial carece de independencia y se ignoran garantías básicas para los juicios justos. Pese a que existe una ley que prohíbe la tortura, esta práctica continúa representando un grave problema y los responsables gozan de impunidad casi absoluta.
El Presidente Obiang, convertido en el mandatario africano que más tiempo ha permanecido en el cargo, impulsó reformas constitucionales en noviembre que fortalecieron el poder casi absoluto del cual ya gozaba. La validez del referéndum organizado para aprobar las reformas se vio desacreditada debido a graves irregularidades. El gobierno afirmó que el 97,7 por ciento de los votantes aprobaron la medida. El Presidente Obiang ha sido reelecto también con el voto de una amplia mayoría.
Distorsión de las prioridades de gasto
El gobierno de Obiang se ha embarcado en la construcción compulsiva y a gran escala de obras financiadas con ingresos petroleros. Gran parte de estas obras están destinadas a un sector reducido integrado por la élite del país y a visitantes extranjeros, indicó Human Rights Watch. Estos gastos fastuosos no parecen ofrecer grandes beneficios a la mayoría de la población, que continúa sumida en la pobreza.
El gobierno no ha dado a conocer los gastos en que incurrió para albergar a la Copa Africana de Naciones, pero entre las mejoras que se conocen se incluyen la construcción o ampliación de estadios y otros establecimientos deportivos en Malabo y Bata. También se han realizado gastos para embellecer estas ciudades antes de los juegos, presuntamente a un alto costo. El gobierno describe a la Torre de la Libertad, una estructura revestida en granito y con un sistema especial de iluminación que cuenta con un restaurante giratorio en la parte superior, como el “monumento que corona” el nuevo paseo marítimo en la ciudad de Bata y “una de las estampas urbanas más espectaculares de toda África”.
Entre otros ejemplos recientes de proyectos gubernamentales de alto costo cabe mencionar:
Una residencia presidencial para huéspedes “diseñada con las comodidades de un hotel de 5 estrellas” que se construirá en Mongomo, en el interior del país, a un costo de US$ 77 millones, según declaraciones de la empresa a la cual se adjudicó el contrato.
Un centro de conferencias y complejo hotelero de US$ 830 millones que fue construido por el gobierno en Sipopo, en las afueras de Malabo, para albergar a la cumbre de la Unión Africana celebrada en junio. También se utilizó para la Cumbre África-Sudamérica que tuvo lugar en noviembre, y está previsto que sea la sede de futuros eventos. Entre otras comodidades de categoría, el complejo de Sipopo incluye 52 residencias de lujo a orillas de una playa artificial de una milla de extensión.
El Presidente Obiang se refirió recientemente a quienes acusan a su gobierno de desviar la riqueza generada por los recursos petroleros del país como sus “enemigos”.
“El Presidente Obiang no repara en gastos cuando se trata de construir edificios lujosos, monumentos y grandes proyectos de infraestructura”, afirmó Bekele. “Pero todas estas relucientes obras nuevas no pueden ocultar la cruda realidad de represión y pobreza extrema en que se encuentra sumida Guinea Ecuatorial bajo su gobierno”.
Por Human Rights Watch
El gobierno de Guinea Ecuatorial, uno de los patrocinadores de la Copa Africana de Naciones que se disputa en enero de 2012, persigue a opositores políticos, intimida a periodistas y muestra una absoluta indiferencia por el debido proceso, señalaron hoy Human Rights Watch y el Comité para la Protección de los Periodistas (Committee to Protect Journalists, CPJ).
Algunos periodistas que han visitado Guinea Ecuatorial para informar sobre el país durante el último año han sido detenidos, interrogados, censurados y deportados.
Estos incidentes no son una buena señal para los periodistas deportivos que se espera que asistan a la ceremonia de inauguración que tendrá lugar en la ciudad de Bata el 21 de enero y a otros partidos programados allí y en Malabo, la capital del país. El Presidente Teodoro Obiang Nguema Mbasogo señaló el 3 de enero que considera a estos acontecimientos deportivos como una ocasión para “vender la imagen del país”.
“Auspiciar eventos internacionales es una forma de seducir a los visitantes extranjeros e intentar generar una buena impresión ante los medios, pero se trata de estrategias superficiales que no resisten ningún escrutinio”, manifestó Daniel Bekele, director para África de Human Rights Watch. “La única manera en que el Presidente Obiang podría mejorar verdaderamente su reputación es si revierte décadas de gobierno irresponsable y permite que se lleven a cabo reformas genuinas en materia de derechos humanos”.
Una campaña de intimidación y detención contra la prensa
En un incidente que anticipa los problemas que podrían esperarse durante la cobertura de la próxima Copa Africana de Naciones, los miembros de un equipo de televisión de la red alemana ZDF que se encontraban realizando un trabajo periodístico sobre fútbol femenino y otros temas en Guinea Ecuatorial en junio de 2011 fueron detenidos, interrogados minuciosamente, censurados y deportados.
Según señaló el productor del equipo de ZDF en su versión del incidente, agentes de seguridad les habrían quitado sus filmaciones y borraron o confiscaron las imágenes “negativas”. Entre estas imágenes había grabaciones de niños jugando al fútbol en uno de los barrios precarios de Malabo y entrevistas con el único miembro del parlamento que pertenece a la oposición y con un abogado de derechos humanos. A la mañana siguiente, los periodistas fueron llevados hasta el aeropuerto y obligados a irse del país. El equipo de ZDF había estado trabajando con un visado oficial y había recibido apoyo de varios ministerios gubernamentales.
Otros periodistas extranjeros que viajaron a Guinea Ecuatorial durante la cumbre de la Unión Africana (UA) celebrada en Malabo en junio de 2011 y con anterioridad a este evento contaron a Human Rights Watch que fueron detenidos por períodos breves y obligados a borrar fotografías, a pesar de que contaban con permisos de prensa otorgados por el gobierno.
Una fotógrafa de Associated Press que había tomado fotografías en un mercado público de Malabo fue llevada a una estación de policía, y recién fue liberada cuando accedió a borrar las imágenes de la cámara. Según señalaron diversos periodistas, incluso un fotógrafo que trabajaba para una empresa estadounidense de relaciones públicas y que fue contratado por el gobierno para mejorar su reputación fue detenido brevemente luego de que tomara una fotografía de la sede de la cumbre de la UA.
En marzo, el conductor de un programa en una estación de radio pública fue despedido luego de hablar sobre Libia durante una transmisión. Esta mención infringió un bloqueo informativo impuesto provisionalmente en febrero por el gobierno, que prohibía difundir noticias sobre las protestas a favor de la democracia organizadas en el marco de la primavera árabe, según indicó el CPJ.
“Es habitual que el gobierno del Presidente Teodoro Obiang invite a periodistas al país, para luego restringir sus movimientos como parte de una estrategia constante por engañar al mundo y promover una imagen inmaculada”, afirmó Mohamed Keita, coordinador de incidencia en África del Comité para la Protección de los Periodistas. “Los periodistas que cubran los eventos de la Copa Africana de Naciones deberían poder ver qué sucede detrás de esta fachada con libertad y sin temor a represalias”.
Persistencia de patrones de represión
A principios de enero, los medios oficiales informaron que el Presidente Obiang había recalcado la necesidad de garantizar “la seguridad y el control de los inmigrantes” antes de los partidos de la Copa Africana. El comentario reiteró las expresiones vertidas por el gobierno durante las semanas previas a la cumbre de la UA, cuando migrantes en Bata fueron detenidos por policías y sometidos a malos tratos mientras se encontraban a disposición de las autoridades, en el marco de un operativo represivo más amplio llevado a cabo en varias regiones del país.
Este tipo de medidas represivas han sido una característica distintiva del gobierno del Presidente Obiang, señaló Human Rights Watch. Es común que opositores políticos sean detenidos arbitrariamente y perseguidos. El poder judicial carece de independencia y se ignoran garantías básicas para los juicios justos. Pese a que existe una ley que prohíbe la tortura, esta práctica continúa representando un grave problema y los responsables gozan de impunidad casi absoluta.
El Presidente Obiang, convertido en el mandatario africano que más tiempo ha permanecido en el cargo, impulsó reformas constitucionales en noviembre que fortalecieron el poder casi absoluto del cual ya gozaba. La validez del referéndum organizado para aprobar las reformas se vio desacreditada debido a graves irregularidades. El gobierno afirmó que el 97,7 por ciento de los votantes aprobaron la medida. El Presidente Obiang ha sido reelecto también con el voto de una amplia mayoría.
Distorsión de las prioridades de gasto
El gobierno de Obiang se ha embarcado en la construcción compulsiva y a gran escala de obras financiadas con ingresos petroleros. Gran parte de estas obras están destinadas a un sector reducido integrado por la élite del país y a visitantes extranjeros, indicó Human Rights Watch. Estos gastos fastuosos no parecen ofrecer grandes beneficios a la mayoría de la población, que continúa sumida en la pobreza.
El gobierno no ha dado a conocer los gastos en que incurrió para albergar a la Copa Africana de Naciones, pero entre las mejoras que se conocen se incluyen la construcción o ampliación de estadios y otros establecimientos deportivos en Malabo y Bata. También se han realizado gastos para embellecer estas ciudades antes de los juegos, presuntamente a un alto costo. El gobierno describe a la Torre de la Libertad, una estructura revestida en granito y con un sistema especial de iluminación que cuenta con un restaurante giratorio en la parte superior, como el “monumento que corona” el nuevo paseo marítimo en la ciudad de Bata y “una de las estampas urbanas más espectaculares de toda África”.
Entre otros ejemplos recientes de proyectos gubernamentales de alto costo cabe mencionar:
Una residencia presidencial para huéspedes “diseñada con las comodidades de un hotel de 5 estrellas” que se construirá en Mongomo, en el interior del país, a un costo de US$ 77 millones, según declaraciones de la empresa a la cual se adjudicó el contrato.
Un centro de conferencias y complejo hotelero de US$ 830 millones que fue construido por el gobierno en Sipopo, en las afueras de Malabo, para albergar a la cumbre de la Unión Africana celebrada en junio. También se utilizó para la Cumbre África-Sudamérica que tuvo lugar en noviembre, y está previsto que sea la sede de futuros eventos. Entre otras comodidades de categoría, el complejo de Sipopo incluye 52 residencias de lujo a orillas de una playa artificial de una milla de extensión.
El Presidente Obiang se refirió recientemente a quienes acusan a su gobierno de desviar la riqueza generada por los recursos petroleros del país como sus “enemigos”.
“El Presidente Obiang no repara en gastos cuando se trata de construir edificios lujosos, monumentos y grandes proyectos de infraestructura”, afirmó Bekele. “Pero todas estas relucientes obras nuevas no pueden ocultar la cruda realidad de represión y pobreza extrema en que se encuentra sumida Guinea Ecuatorial bajo su gobierno”.
Publicado originalmente el 13 de enero de 2012 en http://www.hrw.org
jueves, 26 de enero de 2012
La última visita a Sócrates
Sócrates será recordado como uno de los futbolistas más grandes de la historia y también como un rebelde mítico que desafió la dictadura militar brasileña. Un par de semanas antes de morir alcoholizado, el inolvidable crack de España '82 recibió al periodista Rodrigo Cavalheiro, quien escribió esta crónica en exclusiva para Soho.

Por Rodrigo Cavalheiro
Empecé otro partido”, contestó Sócrates.
El termómetro marcaba 14 grados centígrados aquella noche de martes en la sede del canal TV Cultura, en São Paulo, y el futbolista que asombró al mundo a punta de taquitos en España '82 soltaba humaradas con aires de desafío. Amigos suyos y comentaristas deportivos —como él durante sus últimos años— podían leer el humo de su cigarrillo como si fuera la burbuja de un cómic: “Sí, fumo unos días después de regatear la muerte, ¿a quién le importa?”.
El exfutbolista brasileño solo trataba de responder a la pregunta que le había hecho Soho aquel día de noviembre. ¿Si todo esto fuera un juego, en qué minuto del partido estaría usted?
Era claro: estaba en la prórroga.
En los meses anteriores, el crack había sido ingresado dos veces al hospital muy grave. Los médicos decían entonces que había estado a punto de morir por hemorragias en el estómago y en el esófago a causa de una “hipertensión en una vena que lleva la sangre del intestino al hígado”. Él mismo admitía la explicación callejera: el alcohol.
El pasado 4 de diciembre, un par de semanas después de nuestro encuentro, murió a los 57 años el gran Sócrates: ese brasileño que inmortalizó como nadie en la cancha los puntos más extremos del cuerpo: el tacón y la cabeza. Una ironía, pues “extremista” era como lo llamaban los militares de principios de los años ochenta.
Líder del Corinthians, el equipo con más afición en São Paulo (unos treinta millones de hinchas), Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira ayudó a pensar lo impensable durante una dictadura militar que duró dos décadas en Brasil. ‘Magrão’, como le gustaba ser llamado (algo como ‘Flacuchentón’), lideró el movimiento que llevó a aquel equipo a hacer solo lo que decidiera la mayoría del grupo: la concentración antes de los partidos, los pagos extras por las victorias, las rutas para tomar en los viajes largos… todo se decidía una vez a la semana a través de algo más que pintoresco en el Brasil de entonces: el voto.
En un clásico, el equipo de Sócrates causó revuelo al entrar a la cancha con una pancarta en la que se leía “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Era la llamada Democracia Corinthiana, donde el voto era igualitario: la opinión de un suplente valía igual que la del entrenador o la del presidente.
Valía igual, incluso, que la de Sócrates, estrella de la mejor selección de aquellos tiempos. Sí, Brasil tenía la mejor selección del mundo, así la irrespetuosa Italia de Paolo Rossi la derrotara 3 a 2 en los cuartos de final del Mundial de España '82. Para muchos aficionados brasileños es la derrota más dura de la historia; más, incluso, que el inolvidable Maracanazo del '50.
“Es difícil decir en qué influyó la Democracia Corinthiana para acabar con la dictadura. Lo cierto es que hablábamos de usar el voto en el fútbol, un terreno con un alcance popular inmenso. Y eso es muchísimo en Brasil”, dijo Sócrates antes de apagar el cigarrillo y entrar al estudio para grabar uno de sus últimos capítulos de Cartão verde (programa deportivo cuyo nombre en español sería Tarjeta verde).
En 1984, la presión en las calles por el fin de la dictadura que había empezado en 1964 era tremenda. Una sola protesta —hasta hoy la manifestación pública más grande de la historia de Brasil— reunió en São Paulo a un millón y medio de personas. Vestido de amarillo, el pueblo pedía en abril de aquel año “elecciones directas ya”. Las caras de ese movimiento eran artistas y deportistas pensantes y fácilmente reconocibles por las masas: Chico Buarque, Gilberto Gil, Sócrates...
Luchando contra su timidez natural, en uno de esos mítines agarró el micrófono y prometió que si una ley del Congreso aprobaba la elección popular de presidente, él se quedaba a jugar en Brasil y no aceptaba ninguna de las ofertas de varios equipos extranjeros que intentaban ficharlo desde 1982.
Para suerte de la Fiorentina, el Congreso no aprobó la ley. Sócrates se fue a taconear a Italia, más como una forma de protesta que por dinero o fama, mientras los militares gobernaban un último año (dejaron el poder en 1985).
En Europa, su vida de futbolista tampoco fue común y corriente.
“Los presidentes de los equipos italianos ya eran entonces unos fachos. Y yo quería saber cómo funcionaban los sindicatos de izquierda y todo eso”, contó el padre de seis hijos (el último bautizado Fidel), antes de sentarse finalmente en el estudio con sus tres compañeros.
Su entrenador en la ‘Fiore’, Giancarlo de Sista, cuenta haberle preguntado a Sócrates si no le atormentaban las críticas que le hacían los diarios deportivos italianos. “No sé, solo leo la parte de política”, le contestó el jugador.
Sócrates medía un metro con 93 centímetros y sus pies eran talla 37. Era contradictorio hasta en su físico y no le hacía falta la coherencia para ser un genio. Al revés: sus contradicciones y la manera como las explicaba, más que su desempeño en la cancha, lo elevaron a la categoría de mito en Brasil.

En el libro que escribió sobre la Democracia Corinthiana, Sócrates criticó a la prensa deportiva en general. Le molestaba que los grandes medios de Brasil solo hubieran alabado el sistema de voto en un club después del fin de la dictadura. “Separo la página de deportes y se la doy a los demás. Me parece demasiado superficial”, escribió el Doutor o Doctor, apodo que se ganó por haberse graduado de Medicina. Sin embargo, años después de tildar de frívolos a los periodistas deportivos, hizo parte de esa prensa que despreciaba.
Pero su contradicción más clara no tiene que ver con el fútbol, sino con su enfermedad. Él no era un Garrincha (genial analfabeto que se bebió toda su fama sin darse cuenta de lo que pasaba); cuando Sócrates hablaba de “hipertensión en una vena que lleva la sangre del intestino al hígado” entendía cada palabra. Siempre supo los riesgos de jugar con el alcohol.
“¿Entonces por qué lo permitió?”, le pregunté aquel martes. Su mujer, Katia, que estaba a algunos metros de distancia, se acercó. Ella tampoco lo comprendía y le interesaba la respuesta. Sócrates respiró profundo y miró a los ojos para contestar, algo raro en él. “Son los conflictos internos que uno tiene. No sabría explicarlo”, dijo, como quien admite que se hace la misma pregunta todos los días.
Es difícil apuntar cuándo se le salió de las manos la relación con la bebida. Es cierto que entre los “derechos básicos” de los jugadores defendidos por Sócrates durante la Democracia Corinthiana estaba el de beberse una cervejinha después del entrenamiento “sin ocultarlo de los reporteros”. De hecho, posaba para la prensa con vasos llenos y vacíos. “Mejor eso que beber muchísimo más a escondidas en la casa”, explicaba, exhibiendo unas estadísticas que probaban que el equipo había mejorado con tragos y sin concentración.
Él mismo nunca negó algunas anécdotas sobre el tema. Mazinho, compañero y amigo que lo acompañó hasta su último día, cuenta que una vez quería comprar un apartamento que pertenecía a Sócrates en Ribeirão Preto, ciudad en el interior del estado de São Paulo donde el Doutor había empezado a jugar. Este puso precio al inmueble y Mazinho se percató de que los ahorros no le alcanzaban.
“Mira, Magrão, al final no tengo lo que vale tu apartamento”, dijo Mazinho. “Oye, eres mi amigo, te lo vendo por el dinero que tengas, pero con una condición —contestó Sócrates—: me pagarás la diferencia en cervezas… en cualquier bar, de aquí en adelante, siempre pagarás tú por mis cervezas”. Y así Sócrates se ‘bebió’ parte del inmueble durante años.
Cuando dejó el hospital por última vez, claudicante, la balaca en su cabeza parecía sostener los cabellos de un viejito. La enfermedad le había comido 30 kilos. Mucho para cualquiera, más para alguien apodado Magrão.
En sus últimos días, Sócrates llevaba siempre balacas con eslóganes que lo hicieron famoso en los ochenta. “No al racismo” fue la más conocida. Usaba solamente las de color blanco. Tenía unas diez en su armario, contó su mujer. El hecho de comunicarse a través de las cintas para el pelo tenía una razón: Sócrates nunca usó la boca a la misma velocidad de los charlatanes de Maradona o de Romario (hoy un diputado federal despistado sin un técnico a quien criticar). Lo suyo era tener ideas y dejarlas caer cuando hacía falta.
En una semifinal del Campeonato Paulista de 1983, el Corinthians enfrentaba a su archirrival, el Palmeiras. Partido en el estadio de Morumbi. Lleno total. Tan lleno estaba que los trancones atraparon el bus que llevaba al Timão, apodo del Corinthians. Sócrates se percató de que el equipo no llegaría a tiempo y, en un hecho inédito, instó a sus compañeros a bajarse y caminar unas cuadras hasta la cancha. De paso calentaron en el camino y recibieron el apoyo de los hinchas enloquecidos, que no podían creer lo que veían. “Ganamos ese partido antes de llegar al estadio”, solía decir Sócrates.
En otra ocasión, durante un encuentro en una de esas canchas terribles del interior de Brasil, Sócrates no podía jugar por la cantidad de patadas que le pegaba un defensa contrario. Molesto, se acercó a la línea lateral del campo y, junto a las gradas, apuntó con el dedo al incómodo defensor que estaba a menos de dos metros. La escena llamó la atención de todo el estadio, que dejó de seguir la pelota. Minutos después, el entrenador del equipo rival se sintió obligado a sacar al jugador que había sido humillado por el Doutor.
En sus últimos días de comentarista, pocas cosas molestaban más a Sócrates que las encuestas con dos alternativas que tiene el programa Cartão verde. “Para él, nada podía ser tan simple como para resumirse en dos respuestas”, declaró su colega Vladir Lemos días después de su muerte. “Él parecía a veces incómodo con la fama de ser un jugador mítico. Quería que las personas lo escucharan, que se acordaran más de él por lo que hacía fuera de la cancha, que se convirtieran en mejores ciudadanos”, completó otro compañero, Vitor Birner.
Sócrates era también un provocador. Durante los programas, defendía la tesis de que los equipos debían tener simplemente a los mejores. No importaba si los mediocampistas Zico y Falcão, por ejemplo, estuvieran de lateral y de delantero respectivamente.
No era un tipo de chistes o sonrisas fáciles, pero le gustaba la ironía y reírse de sí mismo. Antes de entrar al estudio donde me recibió, una maquilladora intentó ocultar parte de las arrugas que lo hacían parecer de 80 años y no de 57: “Me van a dejar igualito a Raí”, bromeó. Su hermano Raí, centrocampista de la selección brasileña de la Copa del Mundo del '94, tiene fama de galán y de buen chico en Brasil. La antítesis de Sócrates.
El tema inicial del programa ese día era “Neymar o Messi”. O, mejor dicho, ¿cuándo Neymar será Messi? A Sócrates le molestaba la pregunta. Defendía sencillamente que el chico de 19 años debía quedarse en Brasil hasta el Mundial del que será anfitrión en 2014. “Ser el mejor del mundo es una felicidad relativa. Importa más estar contento y Neymar no será más feliz en ningún lugar que acá”, decía el Doutor.
La relación de Sócrates con la medicina dio origen a una de sus historias más legendarias. Era su primer entrenamiento en el Botafogo de Ribeirão Preto, el equipo donde empezó. Sócrates entró desde el banco y, al final del partido, el zaguero titular se le acercó. Quería saber dónde trabajaba, qué hacía aparte del fútbol. El joven le comentó que estudiaba Medicina y el defensa contestó: “Una lástima: si usted fuera pobre sería el mejor futbolista del mundo”.
Su jugada característica, el taconazo, resultó de la conexión de un físico que no era de atleta —siempre dijo que nunca lo fue— con una cabeza que tampoco era de un deportista corriente. La conjunción entre su altura y su piecito ponía en el campo a un tipo como mínimo raro. “Era muy lento y no podía equilibrarme bien —contaba—. Los taquitos eran una forma de darle velocidad a mi juego”. Hizo pases de gol imposibles con el taco, con este se inventó también regates mágicos y, como si fuera poco, hasta cobraba penales de taquito en entrenamientos y partidos amistosos. Ya retirado, mostraba orgulloso un callo que tenía en la parte posterior del pie.
Pero increíblemente su penalti más famoso no lo cobró de tacón. Ni le dio la gloria. Todo lo contrario. Brasil definía por penaltis contra Francia el paso a la semifinal de México '86. Dicen que no tomó impulso suficiente, que no cobró con seriedad, que pateó sin ganas. Sócrates falló y la selección se quedó sin Mundial. Y, aunque Zico había perdido otro penal en el tiempo regular, muchos acusaron al Doutor de la eliminación, otra vez en cuartos. Él quedó muy molesto. Repitió hasta su muerte que ya había pateado así, “sin espacio”, y le había salido bien.
Solía decir que el fútbol le había permitido ver dos mundos: el de la pobreza extrema y el del lujo. Él nunca fue pobre. Vivió sus últimos días en un condominio de mansiones a 30 kilómetros del centro de São Paulo. Solía escribir sus columnas bebiendo vino y fumando, siempre con música sofisticada (hizo canciones y escribió obras teatrales, pero no tuvo éxito).
Se casó en enero de 2011 y el primer viaje con su última compañera fue a Cuba, en agosto. Se publicó incluso que una cerveza cubana había sido la causa de la enfermedad. Él lo negaba. “He visto cosas cambiando para mejor en Cuba. Creo que se están haciendo las cosas bien”, decía ya después de la grabación del programa, con otro cigarrillo entre los dientes, antes de confesarse admirador de otro lento e inteligente en la cancha, el Pibe Valderrama, y de la selección colombiana que este capitaneó en los noventa.
Sócrates era el indiscutible fiscal moral del Mundial de Brasil 2014. Cuando dejó el hospital tras su primer ingreso, dijo que su plan era visitar las doce sedes de los partidos. Quería criticar, sin que esto significara echarle en cara los errores al gobierno de Dilma Rousseff, de quien era abiertamente seguidor. “Seguro vamos a tener problemas. No sé si podremos albergar a tanta gente”, dijo a Soho, para luego rematar: “El gobierno está haciendo lo que era tarea de inversionistas privados. Si no hubiera intervenido, habría sido mucho peor”.
En sus últimos días, docenas de periodistas buscaron la versión de Sócrates sobre su resurrección. “No tengo adicción, pero sí me gustaba chupar”, repetía acerca del tema más incómodo. Murió algunas horas antes de que el Corinthians se hiciera pentacampeão brasileño. Fue como si Pelé muriera en la final de un Mundial con Brasil en el campo.
A uno de los cien elegidos por la Fifa como uno de los jugadores inolvidables del siglo XX lo enterraron a las cinco y media de la tarde de aquel domingo, cuando terminaba el primer tiempo del partido. Miles de hinchas corinthianos dejaron de ver el juego para despedir en vivo con canciones al ídolo, el primer futbolista de la selección del '82 en morirse. En las páginas de internet, centenares de mensajes hablaban de él y docenas recordaban el hecho que llevaba la palabra ‘Brasileiro’ en el nombre. Alababan primero al ciudadano, después al futbolista, como si fuera posible separar los dos del Sócrates soñador que los unía: ese que creía tanto en la utopía que se volvió la imagen de ella en Brasil. Un hincha anónimo escribió en la web sobre este Sócrates: “Lástima que te fuiste tan pronto. Ya nunca podremos ganarle a Italia en 1982”.

Por Rodrigo Cavalheiro
Empecé otro partido”, contestó Sócrates.
El termómetro marcaba 14 grados centígrados aquella noche de martes en la sede del canal TV Cultura, en São Paulo, y el futbolista que asombró al mundo a punta de taquitos en España '82 soltaba humaradas con aires de desafío. Amigos suyos y comentaristas deportivos —como él durante sus últimos años— podían leer el humo de su cigarrillo como si fuera la burbuja de un cómic: “Sí, fumo unos días después de regatear la muerte, ¿a quién le importa?”.
El exfutbolista brasileño solo trataba de responder a la pregunta que le había hecho Soho aquel día de noviembre. ¿Si todo esto fuera un juego, en qué minuto del partido estaría usted?
Era claro: estaba en la prórroga.
En los meses anteriores, el crack había sido ingresado dos veces al hospital muy grave. Los médicos decían entonces que había estado a punto de morir por hemorragias en el estómago y en el esófago a causa de una “hipertensión en una vena que lleva la sangre del intestino al hígado”. Él mismo admitía la explicación callejera: el alcohol.
El pasado 4 de diciembre, un par de semanas después de nuestro encuentro, murió a los 57 años el gran Sócrates: ese brasileño que inmortalizó como nadie en la cancha los puntos más extremos del cuerpo: el tacón y la cabeza. Una ironía, pues “extremista” era como lo llamaban los militares de principios de los años ochenta.
Líder del Corinthians, el equipo con más afición en São Paulo (unos treinta millones de hinchas), Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira ayudó a pensar lo impensable durante una dictadura militar que duró dos décadas en Brasil. ‘Magrão’, como le gustaba ser llamado (algo como ‘Flacuchentón’), lideró el movimiento que llevó a aquel equipo a hacer solo lo que decidiera la mayoría del grupo: la concentración antes de los partidos, los pagos extras por las victorias, las rutas para tomar en los viajes largos… todo se decidía una vez a la semana a través de algo más que pintoresco en el Brasil de entonces: el voto.
En un clásico, el equipo de Sócrates causó revuelo al entrar a la cancha con una pancarta en la que se leía “Ganar o perder, pero siempre con democracia”. Era la llamada Democracia Corinthiana, donde el voto era igualitario: la opinión de un suplente valía igual que la del entrenador o la del presidente.
Valía igual, incluso, que la de Sócrates, estrella de la mejor selección de aquellos tiempos. Sí, Brasil tenía la mejor selección del mundo, así la irrespetuosa Italia de Paolo Rossi la derrotara 3 a 2 en los cuartos de final del Mundial de España '82. Para muchos aficionados brasileños es la derrota más dura de la historia; más, incluso, que el inolvidable Maracanazo del '50.
“Es difícil decir en qué influyó la Democracia Corinthiana para acabar con la dictadura. Lo cierto es que hablábamos de usar el voto en el fútbol, un terreno con un alcance popular inmenso. Y eso es muchísimo en Brasil”, dijo Sócrates antes de apagar el cigarrillo y entrar al estudio para grabar uno de sus últimos capítulos de Cartão verde (programa deportivo cuyo nombre en español sería Tarjeta verde).
En 1984, la presión en las calles por el fin de la dictadura que había empezado en 1964 era tremenda. Una sola protesta —hasta hoy la manifestación pública más grande de la historia de Brasil— reunió en São Paulo a un millón y medio de personas. Vestido de amarillo, el pueblo pedía en abril de aquel año “elecciones directas ya”. Las caras de ese movimiento eran artistas y deportistas pensantes y fácilmente reconocibles por las masas: Chico Buarque, Gilberto Gil, Sócrates...
Luchando contra su timidez natural, en uno de esos mítines agarró el micrófono y prometió que si una ley del Congreso aprobaba la elección popular de presidente, él se quedaba a jugar en Brasil y no aceptaba ninguna de las ofertas de varios equipos extranjeros que intentaban ficharlo desde 1982.
Para suerte de la Fiorentina, el Congreso no aprobó la ley. Sócrates se fue a taconear a Italia, más como una forma de protesta que por dinero o fama, mientras los militares gobernaban un último año (dejaron el poder en 1985).
En Europa, su vida de futbolista tampoco fue común y corriente.
“Los presidentes de los equipos italianos ya eran entonces unos fachos. Y yo quería saber cómo funcionaban los sindicatos de izquierda y todo eso”, contó el padre de seis hijos (el último bautizado Fidel), antes de sentarse finalmente en el estudio con sus tres compañeros.
Su entrenador en la ‘Fiore’, Giancarlo de Sista, cuenta haberle preguntado a Sócrates si no le atormentaban las críticas que le hacían los diarios deportivos italianos. “No sé, solo leo la parte de política”, le contestó el jugador.
Sócrates medía un metro con 93 centímetros y sus pies eran talla 37. Era contradictorio hasta en su físico y no le hacía falta la coherencia para ser un genio. Al revés: sus contradicciones y la manera como las explicaba, más que su desempeño en la cancha, lo elevaron a la categoría de mito en Brasil.

En el libro que escribió sobre la Democracia Corinthiana, Sócrates criticó a la prensa deportiva en general. Le molestaba que los grandes medios de Brasil solo hubieran alabado el sistema de voto en un club después del fin de la dictadura. “Separo la página de deportes y se la doy a los demás. Me parece demasiado superficial”, escribió el Doutor o Doctor, apodo que se ganó por haberse graduado de Medicina. Sin embargo, años después de tildar de frívolos a los periodistas deportivos, hizo parte de esa prensa que despreciaba.
Pero su contradicción más clara no tiene que ver con el fútbol, sino con su enfermedad. Él no era un Garrincha (genial analfabeto que se bebió toda su fama sin darse cuenta de lo que pasaba); cuando Sócrates hablaba de “hipertensión en una vena que lleva la sangre del intestino al hígado” entendía cada palabra. Siempre supo los riesgos de jugar con el alcohol.
“¿Entonces por qué lo permitió?”, le pregunté aquel martes. Su mujer, Katia, que estaba a algunos metros de distancia, se acercó. Ella tampoco lo comprendía y le interesaba la respuesta. Sócrates respiró profundo y miró a los ojos para contestar, algo raro en él. “Son los conflictos internos que uno tiene. No sabría explicarlo”, dijo, como quien admite que se hace la misma pregunta todos los días.
Es difícil apuntar cuándo se le salió de las manos la relación con la bebida. Es cierto que entre los “derechos básicos” de los jugadores defendidos por Sócrates durante la Democracia Corinthiana estaba el de beberse una cervejinha después del entrenamiento “sin ocultarlo de los reporteros”. De hecho, posaba para la prensa con vasos llenos y vacíos. “Mejor eso que beber muchísimo más a escondidas en la casa”, explicaba, exhibiendo unas estadísticas que probaban que el equipo había mejorado con tragos y sin concentración.
Él mismo nunca negó algunas anécdotas sobre el tema. Mazinho, compañero y amigo que lo acompañó hasta su último día, cuenta que una vez quería comprar un apartamento que pertenecía a Sócrates en Ribeirão Preto, ciudad en el interior del estado de São Paulo donde el Doutor había empezado a jugar. Este puso precio al inmueble y Mazinho se percató de que los ahorros no le alcanzaban.
“Mira, Magrão, al final no tengo lo que vale tu apartamento”, dijo Mazinho. “Oye, eres mi amigo, te lo vendo por el dinero que tengas, pero con una condición —contestó Sócrates—: me pagarás la diferencia en cervezas… en cualquier bar, de aquí en adelante, siempre pagarás tú por mis cervezas”. Y así Sócrates se ‘bebió’ parte del inmueble durante años.
Cuando dejó el hospital por última vez, claudicante, la balaca en su cabeza parecía sostener los cabellos de un viejito. La enfermedad le había comido 30 kilos. Mucho para cualquiera, más para alguien apodado Magrão.
En sus últimos días, Sócrates llevaba siempre balacas con eslóganes que lo hicieron famoso en los ochenta. “No al racismo” fue la más conocida. Usaba solamente las de color blanco. Tenía unas diez en su armario, contó su mujer. El hecho de comunicarse a través de las cintas para el pelo tenía una razón: Sócrates nunca usó la boca a la misma velocidad de los charlatanes de Maradona o de Romario (hoy un diputado federal despistado sin un técnico a quien criticar). Lo suyo era tener ideas y dejarlas caer cuando hacía falta.
En una semifinal del Campeonato Paulista de 1983, el Corinthians enfrentaba a su archirrival, el Palmeiras. Partido en el estadio de Morumbi. Lleno total. Tan lleno estaba que los trancones atraparon el bus que llevaba al Timão, apodo del Corinthians. Sócrates se percató de que el equipo no llegaría a tiempo y, en un hecho inédito, instó a sus compañeros a bajarse y caminar unas cuadras hasta la cancha. De paso calentaron en el camino y recibieron el apoyo de los hinchas enloquecidos, que no podían creer lo que veían. “Ganamos ese partido antes de llegar al estadio”, solía decir Sócrates.
En otra ocasión, durante un encuentro en una de esas canchas terribles del interior de Brasil, Sócrates no podía jugar por la cantidad de patadas que le pegaba un defensa contrario. Molesto, se acercó a la línea lateral del campo y, junto a las gradas, apuntó con el dedo al incómodo defensor que estaba a menos de dos metros. La escena llamó la atención de todo el estadio, que dejó de seguir la pelota. Minutos después, el entrenador del equipo rival se sintió obligado a sacar al jugador que había sido humillado por el Doutor.
En sus últimos días de comentarista, pocas cosas molestaban más a Sócrates que las encuestas con dos alternativas que tiene el programa Cartão verde. “Para él, nada podía ser tan simple como para resumirse en dos respuestas”, declaró su colega Vladir Lemos días después de su muerte. “Él parecía a veces incómodo con la fama de ser un jugador mítico. Quería que las personas lo escucharan, que se acordaran más de él por lo que hacía fuera de la cancha, que se convirtieran en mejores ciudadanos”, completó otro compañero, Vitor Birner.
Sócrates era también un provocador. Durante los programas, defendía la tesis de que los equipos debían tener simplemente a los mejores. No importaba si los mediocampistas Zico y Falcão, por ejemplo, estuvieran de lateral y de delantero respectivamente.
No era un tipo de chistes o sonrisas fáciles, pero le gustaba la ironía y reírse de sí mismo. Antes de entrar al estudio donde me recibió, una maquilladora intentó ocultar parte de las arrugas que lo hacían parecer de 80 años y no de 57: “Me van a dejar igualito a Raí”, bromeó. Su hermano Raí, centrocampista de la selección brasileña de la Copa del Mundo del '94, tiene fama de galán y de buen chico en Brasil. La antítesis de Sócrates.
El tema inicial del programa ese día era “Neymar o Messi”. O, mejor dicho, ¿cuándo Neymar será Messi? A Sócrates le molestaba la pregunta. Defendía sencillamente que el chico de 19 años debía quedarse en Brasil hasta el Mundial del que será anfitrión en 2014. “Ser el mejor del mundo es una felicidad relativa. Importa más estar contento y Neymar no será más feliz en ningún lugar que acá”, decía el Doutor.
La relación de Sócrates con la medicina dio origen a una de sus historias más legendarias. Era su primer entrenamiento en el Botafogo de Ribeirão Preto, el equipo donde empezó. Sócrates entró desde el banco y, al final del partido, el zaguero titular se le acercó. Quería saber dónde trabajaba, qué hacía aparte del fútbol. El joven le comentó que estudiaba Medicina y el defensa contestó: “Una lástima: si usted fuera pobre sería el mejor futbolista del mundo”.
Su jugada característica, el taconazo, resultó de la conexión de un físico que no era de atleta —siempre dijo que nunca lo fue— con una cabeza que tampoco era de un deportista corriente. La conjunción entre su altura y su piecito ponía en el campo a un tipo como mínimo raro. “Era muy lento y no podía equilibrarme bien —contaba—. Los taquitos eran una forma de darle velocidad a mi juego”. Hizo pases de gol imposibles con el taco, con este se inventó también regates mágicos y, como si fuera poco, hasta cobraba penales de taquito en entrenamientos y partidos amistosos. Ya retirado, mostraba orgulloso un callo que tenía en la parte posterior del pie.
Pero increíblemente su penalti más famoso no lo cobró de tacón. Ni le dio la gloria. Todo lo contrario. Brasil definía por penaltis contra Francia el paso a la semifinal de México '86. Dicen que no tomó impulso suficiente, que no cobró con seriedad, que pateó sin ganas. Sócrates falló y la selección se quedó sin Mundial. Y, aunque Zico había perdido otro penal en el tiempo regular, muchos acusaron al Doutor de la eliminación, otra vez en cuartos. Él quedó muy molesto. Repitió hasta su muerte que ya había pateado así, “sin espacio”, y le había salido bien.
Solía decir que el fútbol le había permitido ver dos mundos: el de la pobreza extrema y el del lujo. Él nunca fue pobre. Vivió sus últimos días en un condominio de mansiones a 30 kilómetros del centro de São Paulo. Solía escribir sus columnas bebiendo vino y fumando, siempre con música sofisticada (hizo canciones y escribió obras teatrales, pero no tuvo éxito).
Se casó en enero de 2011 y el primer viaje con su última compañera fue a Cuba, en agosto. Se publicó incluso que una cerveza cubana había sido la causa de la enfermedad. Él lo negaba. “He visto cosas cambiando para mejor en Cuba. Creo que se están haciendo las cosas bien”, decía ya después de la grabación del programa, con otro cigarrillo entre los dientes, antes de confesarse admirador de otro lento e inteligente en la cancha, el Pibe Valderrama, y de la selección colombiana que este capitaneó en los noventa.
Sócrates era el indiscutible fiscal moral del Mundial de Brasil 2014. Cuando dejó el hospital tras su primer ingreso, dijo que su plan era visitar las doce sedes de los partidos. Quería criticar, sin que esto significara echarle en cara los errores al gobierno de Dilma Rousseff, de quien era abiertamente seguidor. “Seguro vamos a tener problemas. No sé si podremos albergar a tanta gente”, dijo a Soho, para luego rematar: “El gobierno está haciendo lo que era tarea de inversionistas privados. Si no hubiera intervenido, habría sido mucho peor”.
En sus últimos días, docenas de periodistas buscaron la versión de Sócrates sobre su resurrección. “No tengo adicción, pero sí me gustaba chupar”, repetía acerca del tema más incómodo. Murió algunas horas antes de que el Corinthians se hiciera pentacampeão brasileño. Fue como si Pelé muriera en la final de un Mundial con Brasil en el campo.
A uno de los cien elegidos por la Fifa como uno de los jugadores inolvidables del siglo XX lo enterraron a las cinco y media de la tarde de aquel domingo, cuando terminaba el primer tiempo del partido. Miles de hinchas corinthianos dejaron de ver el juego para despedir en vivo con canciones al ídolo, el primer futbolista de la selección del '82 en morirse. En las páginas de internet, centenares de mensajes hablaban de él y docenas recordaban el hecho que llevaba la palabra ‘Brasileiro’ en el nombre. Alababan primero al ciudadano, después al futbolista, como si fuera posible separar los dos del Sócrates soñador que los unía: ese que creía tanto en la utopía que se volvió la imagen de ella en Brasil. Un hincha anónimo escribió en la web sobre este Sócrates: “Lástima que te fuiste tan pronto. Ya nunca podremos ganarle a Italia en 1982”.
lunes, 23 de enero de 2012
Matthias Sindelar, la dignidad primero
Elegido ‘Futbolista Austríaco del Siglo XX’, su legado va mucho más lejos de la maravillosa selección que comandó: fue un canto a la dignidad

Por Pablo Aro Geraldes
Periodismo de fútbol internacional
Austria quedaba más lejos de Uruguay en 1930 y, como otros países europeos, decidió no acudir al primer Campeonato Mundial. Sobran crónicas que lo señalan como el mejor fútbol de entonces. La Selección guiada por Hugo Meisl era llamada Wunderteam, el equipo maravilla. En su estilo fino y coordinado, comparado con una orquesta vienesa, se destacaba un largo y desgarbado violinista: Matthias Sindelar.
Era tan flaco y alto que parecía quebrarse, su imagen débil le valió el apodo de Papierene, el hombre de papel. Pero su fragilidad no importaba cuando paseaba la pelota junto a su pie derecho.
Había nacido el 8 de febrero de 1903 en Kozlov, una aldea morava que pertenecía al Imperio Austro-Húngaro. Único hijo varón entre tres hermanas, tuvo su mejor amigo en un balón que hacía correr por las calles de Viena, donde no pasó desapercibido… A los 15 años empezó a vestir la casaca del Hertha y a los 20 ya era la figura del gran FK Austria, con el que ganó tres copas nacionales en los primeros tres años. En el club, ligado a la comunidad judía de Viena, conoció a su mujer, Camila Castagnola, hija de judíos italianos.
En 1926 debutó en la Selección, donde empezó a deslumbrar a Europa. En 1931 fue el summum: Austria humilló a Escocia 5-0 en Glasgow. Para el Mundial de 1934, el Wunderteam era candidato al título mundial, pero tuvo un escollo mayor que la gran Selección Italiana en semifinales. Varios testigos aseguraron que el régimen fascista de Roma había amenazado a los árbitros, y el gol de Guaita fue el único que figuró en el score. Los dos de Sindelar no fueron cobrados por offsides. Mal sancionados, claro.
Los sueños del equipo austríaco debían esperar cuatro años, hasta el Mundial Francia ‘38. Pero no pudo ser. En marzo de ese año, el III Reich invadió Austria y en abril hubo un referéndum entre la población: el 99,73 % de los austríacos estuvo de acuerdo con la anexión. Claro, en la papeleta se debía poner una cruz en un gran casillero que decía SÍ o en uno más pequeño el NO… ¿Manipulación? Eso no era nada, se debía votar delante de los oficiales de la SS y entregarles la boleta en la mano. Austria se convirtió en la provincia de Ostmark. Ya no era un país, no podía jugar el Mundial.
Para Hitler, tal como pretendió hacerlo con los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, una victoria germana sería una gran propaganda para su delirio de la ‘raza superior’. Como los mejores futbolistas eran los austríacos, podía echar mano a ellos. Ahora, Alemania era la favorita para el Mundial. Pero Sindelar, de 35 años, alegó una lesión para no ponerse la camiseta con la cruz swastika ni hacer el repugnante saludo nazi.
Antes de la copa, el Führer organizó un ‘amistoso’ para celebrar el Anschluß, la ‘unificación’: Alemania (con los mejores jugadores del Wunderteam) contra Austria. Sindelar se curó de golpe para vestir la casaca de su país, aun en condiciones desiguales. Sabía que si Austria ganaba ante los ojos de Hitler, estaría en problemas. Pero a veces el hombre prefiere ser leal a su corazón: el viejo Matthias jugó el mejor partido de su vida y marcó los dos goles ante la escuadra nazi.
Lo ‘invitaron’ nuevamente a jugar el Mundial para Alemania, pero se negó. Entró a las listas negras. Nausch, el capitán de Austria, logró huir a Suiza junto a su esposa judía. Sindelar y su mujer no pudieron. Ya no lo dejaron jugar, tampoco andar por la calle… Los nazis ofrecieron recompensa a quien los delatara. Tuvieron que esconderse. La persecución se hizo feroz, insoportable. Los judíos encarcelados eran llevados a campos de concentración; el futuro era negro.
Todo se hubiera 'resuelto' poniéndose la camiseta alemana, pero el deseo de ser digno fue más fuerte. El holocausto estaba por comenzar, pero él no lo iba a conocer. Era 23 de enero de 1939; sabía que girando la llave del gas no podía impedir el tremendo horror que se venía. Pero ya no iban a sufrir. Cuando la policía nazi encontró los dos cuerpos, prohibió todo tipo de manifestaciones: 40 mil vieneses desafiaron al terror y acompañaron a Sindelar y a Camila hasta el cementerio. El correo colapsó ante los miles de telegramas de condolencia que llegaron desde toda Europa.
Como pudo, de un modo triste y sin retorno, el mejor jugador del mundo le hizo una gambeta al horror y a la locura de Hitler.

Por Pablo Aro Geraldes
Periodismo de fútbol internacional
Austria quedaba más lejos de Uruguay en 1930 y, como otros países europeos, decidió no acudir al primer Campeonato Mundial. Sobran crónicas que lo señalan como el mejor fútbol de entonces. La Selección guiada por Hugo Meisl era llamada Wunderteam, el equipo maravilla. En su estilo fino y coordinado, comparado con una orquesta vienesa, se destacaba un largo y desgarbado violinista: Matthias Sindelar.
Era tan flaco y alto que parecía quebrarse, su imagen débil le valió el apodo de Papierene, el hombre de papel. Pero su fragilidad no importaba cuando paseaba la pelota junto a su pie derecho.
Había nacido el 8 de febrero de 1903 en Kozlov, una aldea morava que pertenecía al Imperio Austro-Húngaro. Único hijo varón entre tres hermanas, tuvo su mejor amigo en un balón que hacía correr por las calles de Viena, donde no pasó desapercibido… A los 15 años empezó a vestir la casaca del Hertha y a los 20 ya era la figura del gran FK Austria, con el que ganó tres copas nacionales en los primeros tres años. En el club, ligado a la comunidad judía de Viena, conoció a su mujer, Camila Castagnola, hija de judíos italianos.
En 1926 debutó en la Selección, donde empezó a deslumbrar a Europa. En 1931 fue el summum: Austria humilló a Escocia 5-0 en Glasgow. Para el Mundial de 1934, el Wunderteam era candidato al título mundial, pero tuvo un escollo mayor que la gran Selección Italiana en semifinales. Varios testigos aseguraron que el régimen fascista de Roma había amenazado a los árbitros, y el gol de Guaita fue el único que figuró en el score. Los dos de Sindelar no fueron cobrados por offsides. Mal sancionados, claro.
Los sueños del equipo austríaco debían esperar cuatro años, hasta el Mundial Francia ‘38. Pero no pudo ser. En marzo de ese año, el III Reich invadió Austria y en abril hubo un referéndum entre la población: el 99,73 % de los austríacos estuvo de acuerdo con la anexión. Claro, en la papeleta se debía poner una cruz en un gran casillero que decía SÍ o en uno más pequeño el NO… ¿Manipulación? Eso no era nada, se debía votar delante de los oficiales de la SS y entregarles la boleta en la mano. Austria se convirtió en la provincia de Ostmark. Ya no era un país, no podía jugar el Mundial.
Para Hitler, tal como pretendió hacerlo con los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936, una victoria germana sería una gran propaganda para su delirio de la ‘raza superior’. Como los mejores futbolistas eran los austríacos, podía echar mano a ellos. Ahora, Alemania era la favorita para el Mundial. Pero Sindelar, de 35 años, alegó una lesión para no ponerse la camiseta con la cruz swastika ni hacer el repugnante saludo nazi.
Antes de la copa, el Führer organizó un ‘amistoso’ para celebrar el Anschluß, la ‘unificación’: Alemania (con los mejores jugadores del Wunderteam) contra Austria. Sindelar se curó de golpe para vestir la casaca de su país, aun en condiciones desiguales. Sabía que si Austria ganaba ante los ojos de Hitler, estaría en problemas. Pero a veces el hombre prefiere ser leal a su corazón: el viejo Matthias jugó el mejor partido de su vida y marcó los dos goles ante la escuadra nazi.
Lo ‘invitaron’ nuevamente a jugar el Mundial para Alemania, pero se negó. Entró a las listas negras. Nausch, el capitán de Austria, logró huir a Suiza junto a su esposa judía. Sindelar y su mujer no pudieron. Ya no lo dejaron jugar, tampoco andar por la calle… Los nazis ofrecieron recompensa a quien los delatara. Tuvieron que esconderse. La persecución se hizo feroz, insoportable. Los judíos encarcelados eran llevados a campos de concentración; el futuro era negro.
Todo se hubiera 'resuelto' poniéndose la camiseta alemana, pero el deseo de ser digno fue más fuerte. El holocausto estaba por comenzar, pero él no lo iba a conocer. Era 23 de enero de 1939; sabía que girando la llave del gas no podía impedir el tremendo horror que se venía. Pero ya no iban a sufrir. Cuando la policía nazi encontró los dos cuerpos, prohibió todo tipo de manifestaciones: 40 mil vieneses desafiaron al terror y acompañaron a Sindelar y a Camila hasta el cementerio. El correo colapsó ante los miles de telegramas de condolencia que llegaron desde toda Europa.
Como pudo, de un modo triste y sin retorno, el mejor jugador del mundo le hizo una gambeta al horror y a la locura de Hitler.
sábado, 21 de enero de 2012
Evo Morales condecora a Ronaldinho y se declara admirador suyo
El presidente boliviano entregó al astro brasileño la Medalla al Mérito Deportivo en el grado de "Forjador del deporte". También invitó a su colega peruano, Ollanta Humala, a jugar fútbol en Tiahuanaco.

El futbolista brasileño Ronaldo de Assis Moreira, conocido como Ronaldinho Gaúcho, recibió este viernes una medalla de oro al mérito deportivo del presidente de Bolivia, Evo Morales, que se declaró admirador suyo y le felicitó por levantar el nombre de Suramérica en Europa.
La condecoración le fue impuesta en la ciudad sureña de Sucre, capital oficial de Bolivia, a 2.800 metros sobre el nivel del mar, donde el club de Ronaldinho, el Flamengo, llegó esta semana para adaptarse a la altura para su partido del miércoles con el Real Potosí por la Copa Libertadores, a 4.000 metros de altura.
Morales entregó al astro brasileño la Medalla al Mérito Deportivo en el grado de "Forjador del deporte".
Según el mandatario, es un "pequeño reconocimiento con mucho respeto, con humildad, pero también con mucha admiración a Ronaldinho", porque, según dijo, "levantó en alto el nombre de Suramérica con su participación en los distintos clubes de Europa".
"Soy un admirador, he visto sus gambetas y sus goles por la televisión", dijo el gobernante boliviano, muy aficionado al fútbol, deporte que practica a menudo.
Ronaldinho respondió que "es un honor" recibir este homenaje y agradeció a los habitantes de Sucre su hospitalidad.
La llegada de Ronaldinho a Sucre el martes causó una algarada de sus aficionados, al punto que la Policía tuvo que usar gases lacrimógenos para dispersarlos.
Evo invita a Ollanta Humala a jugar fútbol en Tiahuanaco
Además, el presidente de Bolivia invitó este sábado a su colega peruano, Ollanta Humala, a jugar un partido de fútbol en una cancha inaugurada en el pueblo de Tiahuanaco, cerca de las ruinas de una ciudadela de la antigua cultura Tiahuanacota.
En su discurso, el mandatario boliviano recordó que en las pasadas fiestas de Navidad, mientras visitaba Cuzco, durante sus vacaciones, derrotó a un equipo encabezado por Humala que luego le pidió la revancha en Bolivia.
Antes de la inauguración de la cancha de césped sintético, los pobladores aimaras de Tiahuanaco le hicieron un homenaje a Morales a propósito de sus seis años en el Gobierno que cumple este domingo.
EFE

La condecoración le fue impuesta en la ciudad sureña de Sucre, capital oficial de Bolivia, a 2.800 metros sobre el nivel del mar, donde el club de Ronaldinho, el Flamengo, llegó esta semana para adaptarse a la altura para su partido del miércoles con el Real Potosí por la Copa Libertadores, a 4.000 metros de altura.
Morales entregó al astro brasileño la Medalla al Mérito Deportivo en el grado de "Forjador del deporte".
Según el mandatario, es un "pequeño reconocimiento con mucho respeto, con humildad, pero también con mucha admiración a Ronaldinho", porque, según dijo, "levantó en alto el nombre de Suramérica con su participación en los distintos clubes de Europa".
"Soy un admirador, he visto sus gambetas y sus goles por la televisión", dijo el gobernante boliviano, muy aficionado al fútbol, deporte que practica a menudo.
Ronaldinho respondió que "es un honor" recibir este homenaje y agradeció a los habitantes de Sucre su hospitalidad.
La llegada de Ronaldinho a Sucre el martes causó una algarada de sus aficionados, al punto que la Policía tuvo que usar gases lacrimógenos para dispersarlos.
Evo invita a Ollanta Humala a jugar fútbol en Tiahuanaco
Además, el presidente de Bolivia invitó este sábado a su colega peruano, Ollanta Humala, a jugar un partido de fútbol en una cancha inaugurada en el pueblo de Tiahuanaco, cerca de las ruinas de una ciudadela de la antigua cultura Tiahuanacota.
En su discurso, el mandatario boliviano recordó que en las pasadas fiestas de Navidad, mientras visitaba Cuzco, durante sus vacaciones, derrotó a un equipo encabezado por Humala que luego le pidió la revancha en Bolivia.
Antes de la inauguración de la cancha de césped sintético, los pobladores aimaras de Tiahuanaco le hicieron un homenaje a Morales a propósito de sus seis años en el Gobierno que cumple este domingo.
EFE
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